El secreto de habitar una muy buena casa por 700 euros al mes
“No es como un alquiler, que cuando se te acaba el contrato no sabes si te lo subirán, si te lo renovarán o si tendrás que marcharte. Aquí sabes que esto no ocurrirá y que la cuota mensual no aumentará más de lo que sube el coste de la vida”. Pol Díaz (32 años) habla de su piso en La Sala, el primer proyecto de vivienda cooperativa en cesión de uso para jóvenes que existe en el país, según Sostre Cívic, la organización que está detrás de esta iniciativa. Habitar este tipo de vivienda le ha dado tranquilidad económica, dice.
Su bloque está ubicado en el municipio catalán de Calonge i Sant Antoni (Girona), un pueblo de la costa brava muy turístico y, por eso mismo, con precios de alquileres disparados. Pero en su edificio, diseñado para el ahorro de agua y energía –tiene una caldera de biomasa (de pellets), placas solares fotovoltaicas, coche eléctrico compartido entre los vecinos e instalaciones comunes que reducen la demanda de recursos– los pisos no son de alquiler, ni tampoco se venden. Son viviendas destinadas al disfrute de los socios de la cooperativa. Cada miembro paga una cuota de uso, similar a un alquiler –pero mucho más barato– y una entrada, una aportación inicial que es parcialmente recuperable, y que ayuda a impulsar el proyecto: contribuir a pagar al promotor, financiarlo desde sus inicios o afianzar su compromiso. Cada uno tiene derecho a habitar el piso hasta que se vaya de la cooperativa. Pero no es suyo, no la puede dejar en herencia ni ponerla en venta o en alquiler. En La Sala, los socios y residentes pagan entre 280 euros y 400 euros al mes por cada piso. La aportación inicial no supera los 5.500 euros.
La vida así, cuenta Díaz, resulta más fácil, no solo por la renta mensual, mucho más baja de la que impone el mercado, también por la ayuda continua entre vecinos, difícil de ver en el modelo de vivienda convencional.
Así piensa también Alicia Conejero, residente de La Balma, otro edificio de la cooperativa de vivienda Sostre Cívic. Vive aquí desde los inicios del proyecto, situado en el barrio de Poblenou, en Barcelona. Desde la azotea de La Balma, a la sombra que dan las placas solares, uno puede apreciar sus vistas privilegiadas, de cara al barrio. Este espacio abierto, donde también hay un columpio para los niños, es uno de los lugares de uso común del edificio. Desde allí arriba se pueden avistar las dos almas del distrito: a un lado, la herencia de su pasado obrero e industrial, con viviendas bajas de ladrillo visto; al otro, las edificaciones imponentes, brillantes y polémicas del Distrito 22@, el área de negocios destinada a la concentración estratégica de actividades intensivas en conocimiento. Según el portal Idealista, un piso de unos 50 metros cuadrados, la media en esta zona, se alquila a 1.300 euros al mes. Los residentes de La Balma pagan 700 euros de media por una casa de igual tamaño y muchos más espacios de uso común. No solo es que paguen menos; viven de otra manera y, según la mayoría de ellos, mucho mejor.
En La Sala, los socios y residentes pagan entre 280 euros y 400 euros al mes por cada piso. La aportación inicial no supera los 5.500 euros
Unas escaleras de madera conectan la azotea de La Balma con sus distintas plantas, en las que los pisos individuales se comunican a través de un pasillo exterior repleto de plantas. La luz entra por todos lados y las puertas de cada hogar son de cristal transparente; si sus habitantes están dispuestos a la convivencia, dejan los estores subidos en forma de invitación a un café de improviso, al cuidado de familiares o a la cesión de una pizca de sal. Si quieren intimidad, los bajan.
En cada planta hay espacios de uso común: un coworking con varias pantallas, mesas y sillas de oficina, una sala de curas con una bañera grande, un cuarto de lavandería, habitaciones de invitados, una sala polifuncional que han conquistado los niños con sus juguetes y, como joya de la corona, una gran sala común en la planta baja, con una cocina a disposición de todos los residentes, un taller anexo para los manitas y varios útiles donados al colectivo. El espacio, así, ya no es solo de paso, de saludos indiferentes en el ascensor: es de disfrute. “El edificio es nuestra casa”, resume Conejero.
Los socios, como parte de la cooperativa, poseen el edificio en su conjunto, y pueden habitar las viviendas de forma indefinida. Pero no son suyas, sino del colectivo. El modelo se mantiene al margen del mercado inmobiliario y, por lo tanto, del lucro, de los fondos buitres y de la especulación; y tampoco es un alquiler sujeto a la inestabilidad y al abuso de poder de la propiedad. Los cooperativistas participan para que todos puedan acceder a un inmueble digno, también en el día a día, en la organización del edificio, en los cuidados y en la convivencia conjunta.
La crisis de la vivienda en todo el país encuentra en Catalunya, y en concreto en Barcelona, uno de sus epicentros; y también una respuesta social y organizativa contundente. En esta provincia, el coste medio del alquiler residencial se situó en julio de 2025 en 1.155 euros, la cifra más alta del país, según el Observatorio del Alquiler. El valor medio de un piso en la ciudad condal asciende a los 377.000 euros, inasequible para amplias capas de la mayoría. Y los jóvenes, bajo este panorama, encuentran muros infranqueables; más de ocho de cada diez catalanes (el 82,4%) entre 16 y 34 años siguen viviendo en el hogar familiar, según el Consejo de la Juventud de España, una cifra que asciende al 84,8% en el caso del conjunto de los jóvenes.
La aportación inicial media de cada residente en La Balma es de 33.000 euros y la cuota de uso media es de 712 euros
En este contexto, el modelo cooperativista coge aire y fuerzas. La aportación inicial media de cada residente en La Balma es de 33.000 euros y la cuota de uso media es de 712 euros. Algo muy por debajo de los precios de Poblenou (y en general, de la capital) pero por encima de otras viviendas de la cooperativa Sostre Cívic, que cuenta con proyectos más centrados en el derecho de acceso. Gracias a la Ley Catalana de Vivienda, estas organizaciones pueden acceder a la compra en condiciones ventajosas de edificios deshabitados y, mediante una “rehabilitación energética de mínimos” ponerlos a disposición de socios a cambio de una especie de renta antigua, muy asequible durante toda la vida, con aportaciones de capital de máximo 8.000 euros y unas cuotas de 300 ó 400 euros, detallan desde la cooperativa.
“A mis nietas les encanta La Balma. Es que no quieren ir a ningún lado. Les digo: vamos a la playa, a un parque, al cine. No, no, no, dicen. Porque toda La Balma es su casa”, explica Conejero. Los niños entran y salen dentro del entorno seguro del edificio de la cooperativa, corren, juegan, conquistan la sala polivalente; sin la necesidad de que los adultos estén al cuidado de ellos sino que basta con que haya un adulto atento, por si surge algún problema. “Hay otro niño que su madre teletrabaja y muchas veces, si está enfermo y tal, se baja a mi casa. Pero ya es que ni me lo dice. O se viene a ver una serie, o a jugar con los juguetes de mis nietas”.
La crianza así no es en tribu, pero tampoco gira en torno a la familia tradicional en exclusiva, se amplía. Los vecinos quedan cada dos por tres para cenar, unos cocinan y otros solamente gozan del menú. Y en la siguiente se invierten los roles; el chat grupal bulle de favores cruzados y pertenencias que se prestan y se devuelven; y el hogar se extiende. “Sabes que si pasa algo, siempre hay una vecina al lado. Y que puedes tocar una puerta y no es alguien desconocido. Te sientes mucho menos sola”, dice. Y no solo se refiere a la calidez de la compañía en sí, sino al hecho de saber que, al otro lado de la pared, “hay alguien que sabe en qué momento vital estás”, cuenta Conejero.
Su historia con la vivienda cooperativa comenzó en 2015, cuando un viaje a Grecia, en plena crisis de refugiados, le hizo cambiar el chip. “Me puse a cooperativizar mi vida”, asegura; y en ese proceso encontró a Sostre Cívic. Vivía de alquiler y estaba apuntada a la lista municipal para acceder a una Vivienda de Protección Oficial (VPO). Precisamente por no tener propiedades, cumplía los criterios de la cooperativa para acceder a una vivienda en cesión de uso en el inmueble. Y le cambió la vida. “Yo vivía sola y a mí me gusta la soledad, o sea, no la he sufrido, pero aquí vivo mejor”, concluye.
No hay una lavadora en cada piso, hay un cuarto de lavadoras; no hay bañera en todos los pisos, sino una en un cuarto específico por si algún residente la necesita o la quiere disfrutar
Los residentes de su edificio habitan un concepto ampliado del hogar que no solo les facilita el derecho a una vivienda digna y asequible, también la vida en sí. Cuentan con el apoyo mutuo indispensable ante las inclemencias, y de paso sus viviendas tienen un menor consumo y aplican criterios de eficiencia –ecológica, energética, temporal–. No hay una lavadora en cada piso, hay un cuarto de lavadoras; no hay bañera en todos los pisos, sino una en un cuarto específico por si algún residente la necesita o la quiere disfrutar. Los arquitectos del inmueble, junto a los socios, diseñaron un edificio bien aislado y calefactado con geotermia, que aprovecha el calor de la tierra para repartirla por conductos dentro del edificio.
“Este sistema también les permite hacer free-cooling y refrigerar los pisos durante los meses cálidos sin aporte energético, solo con la circulación de agua refrescada por el mismo terreno”, explican desde el estudio de arquitectura, que inciden en un diseño del edificio pensado para maximizar la captación solar en las plantas bajas y reducir la radiación excesiva en las altas. La madera utilizada en la mayor parte de la infraestructura, y ya común en los edificios de Sostre Cívic, requiere entre un 60% y un 80% menos de energía para su obtención que el cemento, según el instituto de Arquitectura Econova, y es muy eficaz a la hora de aislar las viviendas, que necesitan menos calefacción en invierno y menos aire acondicionado en verano.
De lo individual a lo colectivo
Pero el camino para llegar hasta aquí no ha sido fácil. “Hay que hacer un cambio de chip de lo individual a lo colectivo”, explica Conejero. Y en esa transición hay distintas velocidades y preferencias. Algunos residentes, por ejemplo, eran reacios a ceder sus herramientas al taller colectivo y siguen siendo reacios a la creación de una pequeña biblioteca en la sala común. Y en las asambleas, a veces, saltan chispas.
Las decisiones en La Balma se toman de manera democrática entre los socios, con una interlocución constante con la cooperativa, Sostre Cívic, y su junta rectora. “Aquí somos diferentes. A la hora de la verdad, siempre llegamos a acuerdos, pero si te tienes que fijar solo en las discusiones del grupo de Telegram dices: 'uf, qué horror de sitio'”, se ríe Conejero. “Todos se responsabilizan, pero hay gente que se pone más fácilmente y otra que menos… y al final hay que entender que no es lo que yo quiero, es lo que el grupo quiere o lo que el grupo necesita”.
Hay conflictos, claro. “Pero muchas veces son conflictos mucho menores de los que tiene cualquier comunidad de vecinos que se reúne a ver si ponen el ascensor. No se trata de que el conflicto no exista, sino de saber gestionarlo”, aseguran: hay unos estatutos, unas sanciones disciplinarias en caso de incumplimiento grave y un protocolo de violencia machista, así como vías para recurrir a “instrumentos legales” al margen de la autogestión de la cooperativa, instrumentos que, por ahora, no se han tenido que aplicar.
Homera Rosetti vive en Cirerers, un edificio de vivienda cooperativa en el barrio barcelonés de Roquetes. Es, a día de hoy, el edificio de madera más alto del país, con ocho plantas. Junto a la madera, el otro material más utilizado aquí es el mortero de cal en las fachadas y las placas de yeso en los interiores. “Todos son materiales biodegradables y de baja huella ecológica, pues su producción, transporte y reciclaje comporta muy pocas emisiones de CO2 ”, resaltan desde Sostre Civic.
No cambiaría su vivienda ni su modo de vida en él, pero destaca que los comienzos no fueron para nada sencillos. “Hubo un currazo para aterrizar el proyecto, acabar de diseñar el edificio y tirar adelante la obra” codo a codo con los arquitectos; un proceso que se interrumpió por la pandemia y se complicó por el ascenso del coste de los materiales. “Y para nosotros eso era más dinero que poner, buscar más financiación y se nos complicaba la cosa”, relata. En abril de 2022, finalmente, entraron a vivir e inauguraron el edificio con una gran fiesta.
“El primer año de todos estos proyectos, que eso no lo sabíamos nosotros, se nos presentaron un montón de incidencias que tuvimos que ir resolviendo”. Si el edificio es nuestra casa, las goteras del edificio también son nuestras. “Eso y los desajustes a nivel comunitario”, pues una de las familias que residía en Cirerers se marchó. “No es para todo el mundo esta forma de vivir, tan comunitaria”, relata Rosetti.
A vueltas con la propiedad
Conejero apunta a otro cambio de chip importante: la relación con la propiedad de la vivienda. La casa es tuya y se tiene que sentir hogar, a diferencia de la desposesión del alquiler. Pero no es tuya en el sentido estricto de la propiedad inmobiliaria, es de la cooperativa. Y se nota en la relación con el espacio, que debe ser diferente. “Yo puedo pintar la casa del color que quiera, pero tenemos una norma que dice que consumimos ecológico, por lo que a lo mejor me sale más cara la pintura. Tampoco puedo tirar o poner un tabique si me apetece, porque tengo que pensar que detrás de mí vendrá otra persona.
No la va a heredar mi hija, porque esto no es heredable. Tienes que pedir permiso“. Si un residente de uno de los pisos tiene que abandonarlo temporalmente –porque se marcha al extranjero a trabajar unos años, por ejemplo– puede pedir una excedencia; pero si se va definitivamente, otro socio de la cooperativa ocupará su lugar. No se puede ni alquilar ni vender.
Conejero dice que su hija “está encantada”, a pesar de que no heredará el patrimonio. Es consciente de que su madre está mucho menos sola, que el acceso a la propiedad inmobiliaria era difícil, en plena escalada de precios y la familia extendida lo celebra. “En Navidad nos juntamos todos los hermanos y los hijos y cenamos en la sala común”, con unas instalaciones mucho más espaciosas y cómodas que las de cualquier piso medio.
Un sector en alza que quiere más
En Catalunya existen 67 edificios de vivienda cooperativa, que albergan un total de 1.190 hogares, según datos de la Federación de Cooperativas de Vivienda de Cataluña (Habicoop). Desde 2016, ha crecido una media anual del 53%. Desde Sostre Cívic reconocen, no obstante, que “es difícil” sin unas instituciones favorables a este modelo, como las que hay en Barcelona. “En mercados completamente desregulados es muy difícil que puedas desarrollar modelos de vivienda asequible a precio de coste”, sentencia un portavoz. Las cooperativas de vivienda en Barcelona tienen acceso a financiación en condiciones favorables a través del Instituto Catalán de Finanzas; mediante el derecho de tanteo y retracto que establece la Ley Catalana de Vivienda pueden comprar a bajo precio edificios que, de otra manera, acabarían en manos de fondos con ánimo de lucro; y el ayuntamiento les cede suelo gratis, lo que abarata los proyectos.
Los cuidados del futuro
Conejero reflexiona sobre cómo se imagina el futuro en La Balma. Espera que se alcancen acuerdos para que instalen aire acondicionado. A su juicio, el ecodiseño del edificio no basta para soportar el verano barcelonés, cada vez más difícil en un contexto de cambio climático. A la vez, está convencida de que los cuidados que necesita van a estar a la altura. “Yo tengo una enfermedad crónica y cualquier día necesitaré ayuda. El grupo me ha dicho que cuando llegue el momento lo solucionaremos. Yo tengo confianza plena en que cuando pase, se solucionará”, dice, porque ya ha visto cómo los residentes de La Balma se vuelcan en las necesidades específicas que surgen. La confianza, añade, surge desde el conocimiento de que el modelo funciona para vivir mejor.