Se tiró a la piscina. Lo mismo hay agua
Esta carrera ya se acaba. Y comienza una nueva. Unos y otros tendrán que medir muy bien las escasas fuerzas con las que han acabado la prueba para saber con qué recursos físicos pueden encarar el largo camino hacia la nueva cima. Sobre todo el Gobierno, el PSOE y Pedro Sánchez, abrasados por ocho años terribles de acontecimientos imprevisibles. El Covid, Filomena, La Palma, Valencia, los incendios, el apagón, Adamuz… y hasta un hantavirus que se nos coló por Canarias como un turista más de los cien millones que nos van a llegar este año. Y el Gobierno, digan lo que digan los demás, ha salido bastante airoso de todas y cada una de las pruebas. Queda, cierto, el gran elefante de Ceuta, que parece en vías de solución.
Se equivoca quien crea que el destino, la Providencia, el Dios de los cielos, Alá o la Pachamama han sido los más peligrosos enemigos a los que se ha tenido que enfrentar la lanza de San Jorge desde La Moncloa. Qué va. Cuánto peor ese PP degradado hasta la infamia por un ridículo liderazgo –qué risa- de Núñez Feijóo, pálida sombra del mentiroso Aznar, rebosante de Tellados, Cucas, Álvarez de Toledo o Díaz Ayuso, sí, la misma que llamó hijo de puta al presidente en el Congreso o que ayer, miserable, lanzó advertencias grotescas sobre el voto por correo. Obviemos a Vox, que el dragón lanzallamas es tan ostentoso que no amerita mayores palabras. Pero ahí están cientos de jueces, negras togas en su campaña decidida contra el Gobierno -¿tienen ustedes alguna duda sobre este desastre?- bien secundados por las cloacas policiales que dejaron activas Rajoy y Fernández Díaz, más esos aguerridos militares que tanto añoran los luceros del franquismo. ¿Me dicen algo del CNI? No pretenderán que el Ojo calle en esta lista de sospechosos habituales a esos medios de comunicación indignos y salvajes, ahítos de bulos y rebosantes de insultos. Sumen a la Iglesia o a las organizaciones empresariales. ¿Maniobras de Trump y Netanyahu? Venga, venga, más madera, no se queden cortos. Y todo este gigantesco y poderosísimo conglomerado forman un ejército, tan numeroso y tan bien engrasado por las gentes de los dineros, que lo que extraña es que aún quede algún ladrillo en pie del gobierno de Sánchez.
Y llegamos a Mari Carmen, esa llamita que encendió la mecha de la explosión del inaguantable problema de la vivienda y surge, con esa imagen terrible de una anciana arrancada de su casa en una camilla, la llamada ventana de oportunidad para el PSOE, que el agua ya ha sobrepasado el mentón. ¿Es este el mejor momento para echar el cierre y abrir una nueva tienda, redecorada por los Javis y con muchas lucecitas? Pues digan y profeticen lo que gusten los campanudos politólogos, pero permitan ustedes al Ojo aventurar que nada vamos a saber hasta que los ciudadanos se acerquen a sus colegios electorales e introduzcan las papeletas en la urna correspondiente. Porque hay pelea. Claro que hay pelea, y ya que a la derecha le gustan tanto los eventos taurinos, habrá que recordarles que hasta el rabo todo es toro, o incluso que no conviene vender la leche ante de ordeñar la vaca. Porsiaca, que dicen los castizos de parpusa.
Porque este Gobierno, tan golpeado por sus casos de corrupción -¿cómo olvidar las vergüenzas Ábalos, Koldo o Cerdán?- y otros errores evidentes, puede presumir, y debe hacerlo a bombo y platillo, si es que sabe, de los avances sociales que ha protagonizado, desde la pacificación de Cataluña -¡cuántos pelos en la gatera y cuánta traición de sus beneficiados!- a una situación económica potente y un descenso del paro desconocido, como no había conseguido antes ningún otro Gobierno.
¿Supone de verdad este momento una ventana de oportunidad para la izquierda? Parece evidente, cierto, que la marea por una vivienda digna, el fin de los desahucios salvajes, el aumento de los alquileres o la batalla contra los fondos buitre se correspondería mejor con un gobierno de izquierdas. Pero lo ha habido, lo hay, y la derecha de todo pelaje –incluido Junts, faltaría más- han atado de pies y manos al gobierno. Es dudoso que se pueda ofrecer más a los ciudadanos sin peligro de fallarles una vez más. ¡Qué bien hace Sánchez en forzar la aprobación de los decretos tumbados por los infames! Y de cara a la campaña, hay tiempo para elaborar otro plan de vivienda que ilusione a los jóvenes y devuelva el sosiego a los ancianos. Ahora hay margen, que ya no se trata de parchear en una semana esa coalición que tenía goteras por todas las esquinas. En el acierto de las propuestas para solucionar los problemas arriba citados está la madre del cordero. ¿Respeto a la propiedad privada? Claro. Usted a mí no me va a arrebatar mi piso, pero regular a los fondos buitres por supuesto que sí. O acabar con la desvergüenza delictiva de los apartamentos turísticos, o hacer algo con los pisos desocupados, etcétera, etcétera.
Otrosí. Es de suponer que Ceuta, dentro de un mes, haya desaparecido como problema urgente. Así que quizá lo que conviene no es tanto hacer una campaña de aquí te pillo, aquí te mato, sino ahondar en las corrientes subterráneas de asuntos tan complejos como los del techo o la emigración. Así, poco a poco, vamos llegando al eje de lo que debería ser la campaña de la izquierda. Decimos, lo primero, ilusionante. El Ojo, dado que no tiene que gobernar nada, se inclina, ya ven, por una campaña a cara de perro. Ideológica, por supuesto, que los insultos y las infamias hay que dejárselas a la derecha, ese barro pútrido.
Una somera explicación: está bien, yo diría que es imprescindible, articular una salida lo más limpia posible para el nudo de Ceuta, tan visible y tan aireado – o incluso facilitado- por la derecha montaraz. Pero la guerra de verdad estará en defender, de pleno, con convicción, con energía, con continuos llamamientos a la racionalidad pero también a los derechos humanos, a los inmigrantes que quieran venir a España y, por supuesto, que no se nos olvide, a los que ya están aquí y que han logrado que la macroeconomía reluzca como un querubín, pero también que nuestros abuelos estén atendidos, nuestras fresas recogidas y hacer posible que esas casas que tanto se necesitan puedan construirse, porque solo podrán levantarse con el trabajo de sol a sol de latinoamericanos y africanos. ¿Regular ese flujo? Lo que el sentido común y los derechos humanos permitan. Pero tendrán que plantarse y denunciar a gritos el odio, el racismo que enarbola la derecha para oponerse, de manera tan feroz como hipócrita, a la inmigración.
Todos recordamos, o habrá que repetirlo una y mil veces, aquella frase del empresario de El Ejido: “Necesitamos emigrantes a las ocho de la mañana, pero no los queremos a partir de las ocho de la noche”. Hay que acabar con los infundios de que no quieren trabajar y vienen a delinquir, para a continuación, además son estúpidos, quejarse de que quitan el trabajo a los españoles. O sorben o soplan. Y no nos saturan ellos los centros de salud, sino los Quirones variados y la política sucia de privatizaciones de la derecha. La izquierda debe desplegar una y otra vez todas las estadísticas que niegan las acusaciones de los políticos racistas, que por cierto no están incrustados solamente en las listas de Vox. Expurguen en las del PP, pregunten por derecho y ya verán las respuestas, repugnantes por xenófobas, de un partido cada vez más inclinado a la extrema derecha. Como está ocurriendo en media Europa. O en América Latina.
Porque esa es otra. Es obvio que la izquierda está dividida, pronto iremos a ello. Tan real e innegable como que la derecha está unida, el Ojo diría que adherida, soldada, encadenada, o incluso subsumida en la ultraderecha brutal de Vox. Dicen algunos analistas biempensantes que ya no sirve de nada alentar el miedo a la ultraderecha. No es que sirva o no sirva, es que es necesario, imprescindible, ahuyentar de la cabeza de los votantes, jóvenes y maduros, hombres y mujeres, por falsa y mentirosa, que la derecha de Feijóo-Abascal va a respetar los logros sociales conseguidos a golpe de esfuerzos titánicos por la izquierda. Ya enseñan la patita –aquel cuento de Las siete cabritillas de los hermanos Grimm- en las comunidades o ayuntamientos donde gobiernan, pero aún se contienen para no mostrar su cara más fea y deleznable. Los que vivimos en Madrid, gozamos, por ejemplo, de una presidenta de la Comunidad capaz de reírse de Mari Carmen y un alcalde que enseña cuchillos para el humus. ¿Verdad que son moderados, que no se mueven como los siervos de los más poderosos, que no padecen de aporofobia? Ténganlo claro todos los votantes: podemos tener en el Gobierno a la ultraderecha más brutal, a los herederos directos del Cara al Sol y el Oriamendi. Miedo, no: pánico.
¡Ah!, esa izquierda de nuestros pecados, siempre el Monty Python del Frente Popular de Judea, el Frente Judaico Popular y la Unión Popular de Judea. Pues queda poco tiempo, queridos amigos, para que el electorado de izquierdas más allá del PSOE pueda tener a la hora de elegir una papeleta una opción viable, que no chorree la sangre de las luchas intestinas que tanto daño han hecho. Y hacen. Es bueno y atractivo el nombre de Frente Amplio. ¿Pero cuánto es de amplio? ¿Podemos por libre? ¿Las izquierdas autonomistas? ¿Y qué me dicen de las posibles listas unitarias para el Senado? La izquierda lo tiene complicado, muy complicado, pero si el PSOE sólo tiene un desierto de fuerzas peleadas a su lado, apaga y vámonos, que decía el clásico. Proclaman ellos, lindo verbo, que quieren hacer muchas cosas, ayudar a los más necesitados, defender a los humildes. Y entonces, ¿por qué prefieren el chiringuito de amiguetes, pá rojos nosotros, a la búsqueda de un ariete fuerte y capaz de atraer votos, por ejemplo de todos esos movimientos, como los de inquilinos, que han mostrado estos días su fuerza por toda España? En 2016, esa izquierda, entonces bajo la rúbrica de Podemos, superó el 21%. Bastaría con un 16% o, mejor, un 18%. “No hay nada imposible para quien lo intenta”, aseguran que dijo Alejandro Magno. O lo mimo fue Pepe Palote, vaya usted a saber.
Máxime cuando PNV y Junts, sobre todo Junts, los que deberían englobarse en la firme defensa de un Estado “plurinacional y periférico” como representaba esta alianza que ha permitido gobernar a Sánchez, han sembrado el pánico con su guillotina en los decretos sobre vivienda. Quizá piensen Pradales y Puigdemont, qué pronto vamos a verle por aquí, que les va a ir mucho mejor, diríamos que de cine, con Vox en el Gobierno. ¡Cómo nos vamos a divertir con los acuerdos de financiación autonómica entre ellos y el Gobierno de PP y Vox! Entonces no podrán quejarse porque ellos mismos, tan listos, tan auténticos, se han metido en el pozo de buen grado y sonriendo. Junts. ¿Verdad que Puigdemont y sus coroneles están convencidos de que un Gobierno de derecha de pedigrí franquista les habría concedido la amnistía? Ni tienen honor ni tienen cabeza, asustados ante el auge de esa delirante Aliança Catalana allá en sus tierras.
Hay otros muchos temas, obviamente, para articular una campaña electoral progresista y atractiva, tiempo habrá de recorrerlos, sin olvidar qué nos pueden ofrecer las elecciones de noviembre en Estados Unidos. A Feijóo y sus chicos les duele la gran fuerza de Pedro Sánchez, ganada a pulso en todo el mundo, pero ese debe ser otro de los logros de los que presumir. Palestina y el genocidio como bandera, por supuesto, todos contra Netanyahu y su régimen criminal.
De una batalla perdida puede salir una guerra victoriosa. No sé si la frase la ha dicho alguien antes, pero al Ojo le ha quedado de lujo.
O sea, que a por ellos que son pocos y cobardes.
Adenda. Mencionábamos América Latina y ahí tienen Brasil. Flávio Bolsonaro, 45 años, ultraderechista y ultraliberal de libro, ha ganado la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Flávio, rodeado de escándalos, es hijo del famoso Jair Bolsonaro, el jefe de la tribu, presidente de 2019 a 2023 y defensor a ultranza, por ejemplo, de las brutales dictaduras militares que asolaron el país en los años sesenta y setenta. Jair, un tipo extremadamente violento, incluso intentó arrancarse la pulsera penitenciaria con un soldador, fue condenado en septiembre de 2025 a 27 años de prisión por el Tribunal Supremo brasileño. Los cargos: liderar un complot e intentar un golpe de Estado para impedir que Lula da Silva asumiera el poder tras las elecciones de 2022. A los ultras les da igual. Como con Trump, un delincuente convicto. Son nuestros delincuentes.
Argentina, Chile, Colombia, El Salvador, Perú… Queda una segunda vuelta en Brasil para evitar que casi todo el hemisferio sur, qué decir de gran parte del norte, se vista de miseria neofascista.
¿Se les ocurre algo? Poco, ¿verdad? Pues luchen, al menos, porque esa morralla no se instale en La Moncloa.
Eso sí pueden hacerlo.