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CANARIAS Y LA SELECCIÓN ESPAÑOLA FEMENINA DE BALONCESTO

Lourdes Peláez: la alero perfecta (1996-2001)

Jugadora completa, capaz de anotar, rebotear y asistir, Lourdes Peláez brilló en la elite femenina durante tres lustros, pero no tuvo continuidad en la selección española

Capítulo 13 del libro ‘Canarias y la selección española femenina de baloncesto’, del que es autor Luis Padilla. Publicado por AyB Editorial con el patrocinio de la Federación Insular de Baloncesto de Tenerife

Con el seleccionador Vicente Rodríguez (quinto por la izquierda, de pie) y su cuerpo técnico, las jugadoras españolas posan en Barajas al regreso del Eurobasket de Francia con su medalla al cuello: Ferragut, Sánchez, López, Peláez, Zurro (de pie); García, Pons, Aguilar, Gallego, Cebrián, Mirchandani y Anula. Un tercio del equipo nacional era canario.

Con el seleccionador Vicente Rodríguez (quinto por la izquierda, de pie) y su cuerpo técnico, las jugadoras españolas posan en Barajas al regreso del Eurobasket de Francia con su medalla al cuello: Ferragut, Sánchez, López, Peláez, Zurro (de pie); García, Pons, Aguilar, Gallego, Cebrián, Mirchandani y Anula. Un tercio del equipo nacional era canario.

Biografía

Lourdes Peláez San Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 16-5-1976)

Selección española: 24-4-1996 / 23-09-2001 (Debut / despedida)

Veces internacional: 19 (16-3 victorias / derrotas)

Puntos: 75

Torneos oficiales:

  • Eurobásket Francia 01 (Bronce)

La alero perfecta

Lourdes Peláez fue el primer prototipo de alero moderna salido de la inagotable cantera del CB Islas Canarias. Un producto poco común en la fábrica que Domingo Díaz y Begoña Santana tenían montada en el Rodríguez Monroy, en pleno barrio de Escaleritas. De allí habían salido bases superlativas como Patricia Hernández o Rosi Sánchez, capaz de jugar de escolta gracias a su tiro sobresaliente; y también vieron la luz interiores que alcanzaron la internacionalidad absoluta como Puri Mbulito, Oranda Rodríguez o Emma del Pino Negrín, pero nunca una alero de 184 centímetros.

Con el tiempo, aunque algunas ya se criaron en La Paterna, también alcanzaron la selección española playmakers del nivel de Leo Rodríguez y Leticia Romero, amén de gigantes como Eva Montesdeoca y Astou Ndour. O lo que es lo mismo, más bases y más centers. Eso sí, lo más parecido a una alero salida de aquella factoría fue Blanca Ares, una escolta obligada a jugar de tres en el equipo nacional por la carencia de centímetros de las exteriores de aquel grupo. Peláez era otra historia: con 1,84 metros, sólo en sus inicios jugó cerca del aro para convertirse con el tiempo –y las enseñanzas de Begoña Santana– en una alero superlativa.

Lourdes tiraba de tres puntos con mucha frecuencia y buenos porcentajes, por rapidez podía defender a las exteriores rivales y por fuerza a alguna interior, sabía entrar a canasta con decisión, capturaba rebotes, lideraba al equipo en asistencias y hasta colocaba algún tapón. Formada en las Salesianas de Guanarteme, con doce años entró en un Kerrygold con el que logró tres títulos nacionales en las categorías de base [dos de categoría cadete y uno como júnior] a las órdenes de Domingo Díaz y Begoña Santana, “dos técnicos que se aplican con mucha intensidad y saben sacar lo mejor de cada jugadora”.

Un vistazo a las estadísticas del mejor Sandra Gran Canaria de la historia, aquel que en el curso 98-99 logró un doblete con la conquista de la Copa Liliana Ronchetti y la Copa de la Reina, confirma las impresiones de tres lustros en la élite. En esa campaña, Lourdes participó en todos los partidos y fue la segunda jugadora de la plantilla en minutos jugados (31 por partido, sólo por detrás de Mirchandani), la líder en puntos (13,9 de promedio) y triples anotados (un total de 64), mientras en rebotes (4,6) sólo la superaba Hicks y en asistencias (más de dos) lo hacía Mirchandani. “Hacía de todo y lo que más me gustaba era rebotear y salir al contraataque”, explica.

“Era un tres alto o un cuatro que podía jugar abierto y tirar de tres o penetrar y pasar”, resume con sencillez Lourdes, que antes ya había recorrido las categorías inferiores de la selección española. Miembro de la generación del 76 con Amaya Valdemoro, Elisa Aguilar o Sandra Gallego, fue plata en el europeo cadete de 1993 celebrado en Eslovaquia tras perder la final (65-66) ante Rusia en una cita en la que también estuvo su paisana Arminda Moreno. Y al año siguiente, con un grupo al que se había incorporado la tinerfeña Lidia Mirchandani, repitió plata en el europeo júnior de Bulgaria, cayendo esta vez en la final contra Italia (68-74).

Para la alero grancanaria, “jugar esas finales europeas me hizo ver el básket de otra forma. Me divertía jugando y además tenía el privilegio de representar a mi país con una generación que ya se veía que iba a ser muy buena”, apunta. En todo caso, fue un paso más en un crecimiento que en la campaña 94-95 la lleva a alternar el primer equipo con el filial, que logra el ascenso a Primera División... al que renuncia por estar vinculado al Sandra Gran Canaria. También tiene minutos con las mayores y participa en la final de la Copa de la Reina perdida en Godella ante el Dorna. “No era tan duro. A esas edades lo que quieres es jugar; y cuanto más, mejor”, sonríe.

La temporada siguiente, con 19 años, ya se convirtió en titular en un Sandra que fue eliminado en las semifinales de los playoffs por el título por el imbatible Godella. ¿El premio? Fue convocada por Manolo Coloma para unos amistosos previos al preeuropeo de Oviedo, en el que España debía ganarse una plaza para el Eurobásket de Hungría 97. Ausentes las veteranas Mújica, Messa o Sánchez, el seleccionador no le dió continuidad a Lourdes y al final optó por su paisana Rosi Sánchez y por otras dos componentes de la generación del 76 como Aguilar y Valdemoro. Y la situación se repitió un par de años después, ya con Cholas Rodríguez como técnico.

Peláez jugó algún amistoso y participó en dos citas clasificatorias para el Eurobásket de Francia, pero no dispuso de continuidad en una selección con poca presencia: al no clasificarse para el Eurobásket de Polonia 99, no tuvo opciones de ir a los Juegos de Sidney 2000. Son, ya se ha dicho, los mejores años de Lourdes con el Sandra: tres finales de Copa de la Reina seguidas, saldadas con derrota ante el imbatible Pool Getafe (63-86) y con victorias frente al Ensino Lugo (69-44) y el Burgos (73-48). Un detalle: en esas tres finales, Peláez firmó partidos soberbios y fue siempre la máxima anotadora de su equipo con 17, 26 y 20 puntos, respectivamente.

En medio de esos éxitos coperos, la temporada 98-99 se culminó con la conquista de la Copa Liliana Ronchetti. La gesta, con trece puntos de Peláez, se consumó en un abarrotado Centro Insular con un 64-54 que volteó los siete puntos de ventaja que traía el Ramat Hasharon de Israel, aunque la primera piedra de la remontada la puso Lourdes en Tel Aviv con un canastón desde mediocampo en el último segundo que suavizó una derrota que llegó a superar los veinte puntos de margen. “Perdíamos de diez y ellas tiraron un triple y fue la típica jugada que me gustaba hacer de coger el rebote y salir al contraataque, pero como quedaba poco, tiré de mediocampo”, explica.

“Cuando metí aquel triple, todas nos abrazamos porque sabíamos que siete puntos levantábamos. En ese torneo ya le remontamos 34 puntos [con un 98-57 en Gran Canaria] a un equipo de Ucrania y 14 al Priolo de Italia. Y en la final, cuando llegamos al Centro Insular dos horas antes, ya estaba el primer anillo lleno, la gente animando... Fue algo único. Y encima, con diez canarias”, explica. Tal vez por ello, hasta supo a poco “la muy buena” campaña del Sandra 99-00: campeón de la Copa de la Reina, subcampeón de la Ronchetti y subcampeón liguero al caer en el tercer y decisivo encuentro del playoff final ante el Celta en Gan Canaria.

“Hubiera sido lo máximo ganar la Liga, pero al final se nos fue el tercer partido y no hubo forma”, recuerda Peláez, cuyos números reflejan la importancia que tenía en aquel equipo: 31 minutos por partido, en los que firmaba promedios de 12,6 puntos, casi cinco rebotes y más de dos asistencias. Eso sí, la selección seguía siendo la asignatura pendiente, aunque participó de la medalla de oro lograda por España en la Universiada de Mallorca (1999). Todo cambió en la primavera de 2001 tras otro curso sobresaliente con el ya rebautizado como Caja Rural, con promedios de 17,4 puntos y 5,5 rebotes, con casi tres triples por partido.

Incluida en la lista de “14 preseleccionadas”, Peláez se ganó una plaza definitiva en el grupo que viajó al Eurobásket de Francia al exhibirse ante Lituania en Puerto de la Cruz o Australia en Castellón. Sin embargo, apenas tuvo protagonismo en Orleans y Le Mans. Y salió del campeonato con una medalla de bronce, pero una presencia decreciente: titular ante Ucrania, jugó 17 minutos frente a Polonia pero sólo sumó siete más en la fase final. Totalizó 59 minutos y cumplió en rebotes (7), asistencias (6 ) y robos (4), pero estuvo desacertada en el tiro, una de sus especialidades. “El entrenador nunca confió en mí”, resume.

“Un día salía de titular, jugaba cinco minutos y se olvidaba de mí. Y otro, ni jugaba. No me dieron confianza y así es difícil rendir. No había feeeling con Vicente [Vicente Rodríguez]. Celebré la medalla de bronce, pero me queda la espina de que ese día, contra Lituania, fui la única que no jugó ni un segundo. Cuando acabó el partido, [el técnico] vino y me pidió perdón, pero me pareció que me hizo un feo sin necesidad”, explica Lourdes, que no volvería a la selección. Y no por no hacer méritos en el Caja Rural. Un ejemplo: en el curso 02-03, en las vísperas del Eurobásket de Grecia, rubricó promedios de 15,7 tantos, 4,3 rebotes, dos asistencias... y casi tres triples anotados por partido.

“Claro que molesta no volver a la selección. Y más en 2003, porque me eligieron para el mejor quinteto de la Liga, incluyendo nacionales y extranjeras. Y que luego no te lleven al Eurobásket, pues duele. Había hecho un buen trabajo, pero estaba claro que el entrenador no confiaba en mí. Fue una pena, porque en mi mejor época, primero España apenas jugó partidos... y luego llegó Cholas [Vicente Rodríguez] de seleccionador”, apunta Peláez, a la que le queda la satisfacción de participar en el nacimiento de una España que ha logrado ocho medallas [dos oros, una plata y cinco bronces] en los nueve campeonatos de Europa disputados en el siglo XXI.

“A partir de ahí se ha visto a la mejor España”, explica una jugadora que ve a la actual selección nacional, “con opciones de medalla” en el Mundobásket 2018. “El equipo es bueno, ha tenido continuidad y puede aspirar a todo porque el público va a ayudar”, apunta Lourdes, quien no tiene dudas de que la celebración de un torneo así en Canarias “debería poner al deporte femenino en primer plano” y puede suponer “un atractivo añadido para muchas niñas que se dedican al baloncesto o empiezan a aficionarse, aunque es necesario que los padres las lleven a la cancha”. “Lo que genera un Mundial es mucho y hay que aprovecharlo”, sentencia.

Además, está convencida de que el público de Tenerife “va a acudir a los pabellones, porque allí la gente sabe disfrutar de los acontecimientos especiales”. Lo dice con conocimiento de causa. Nacida en Gran Canaria, camino de los 35 años puso punto final a su carrera deportiva en el Uni Tenerife 10-11 que disputó –sin éxito– una fase de ascenso a Primera División. Antes, en el verano de 2003, había puesto punto final a más de una década en el CB Islas Canarias para irse cuatro temporadas al Hondarribia-Irún, un proyecto muy bien construido que durante ese período acumuló experiencia en las competiciones europeas.

Peleando siempre en la zona alta de la tabla, el equipo vasco cayó en las semifinales de los playoffs por el título con gigantes como Ros Casares, Perfumerías Avenida o Universitat-Barça. “Salir de casa fue un acierto. Estaba cansada mentalmente del baloncesto y me iba a retirar, pero surgió la opción de ir a Irún y fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Era un proyecto muy bueno, con una estructura profesional, jugadoras con contrato y mucha ambición”, explica Lourdes, que aún jugaría una temporada más en la élite con el Extremadura Dato de Badajoz, para en el curso 08-09 irse a jugar al Clermontois, al norte de Francia.

“No me fue bien por unos problemas que surgieron entre la Federación y el presidente del equipo y no podía jugar”, por lo que aceptó irse al UPV de San Sebastián y acabar la campaña en el Hondarribia-Irún, ya como especialista en el tiro de tres puntos. Con los estudios de Enfermería acabados, Peláez decidió alejarse del básket profesional y regresar a casa para jugar en el Básket Tara, en la liga autonómica, “pero me llamó el Uni Tenerife y me animé a seguir”. Cumplidos los 35 años sí dejó el baloncesto para vivir en Las Palmas y trabajar como enfermera en hospital Doctor Negrín, “orgullosa” de haber sido internacional absoluta.

También formó parte del mejor Sandra Gran Canaria de todos los tiempos. Y lo hizo como la primera gran alero moderna salida de la fábrica del Rodríguez Monroy.

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