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Te conocí, mascarilla

Auterretrato final. Homenaje y eterna gratitud a © J.Morgan. (LEANDRO BETANCOR)

Cuando este tiempo extraño de pandemia paró en seco el desarrollo de toda actividad y desplazamiento y modificó para siempre nuestra relación con el tiempo y el espacio, algunos todavía tenían pintura en las caras y antifaces en sus ojos por las muchas verbenas de carnaval disfrutadas (y las que todavía quedaban) a lo largo y ancho de nuestras islas. Hubo que guardar los disfraces, limpiar los rostros y quitar las máscaras en ese ya lejano marzo de 2020. Y cuando dos meses después, por fin, pudimos volver a ocupar (lenta y responsablemente) las calles, éstas nos encontraron en aquel punto y seguido carnavalero donde y cuando todo se paró, pasando del antifaz a la mascarilla y tratando de asumir esta nueva normalidad, escondiendo nuestras caras en el reencuentro pero sin poder ocultar la alegría por el mismo.

Es ahí donde surgió “¿Me Conoces Mascarilla?” y me propuse fotografiar a los trabajadores esenciales, a mis vecinos, a gentes de la cultura, el deporte, la política, el entretenimiento, etc. Un conjunto diverso de personas entre rostros anónimos y reconocibles del imaginario isleño. Y convertir estos retratos en un homenaje a todos cuantos han aportado y soportado lo suyo en este tiempo de blancos y negros que nos ha tocado vivir. De ahí el recurso estilístico de estos retratos en los que el único color visible termina siendo el de ese trapo que nos cubre la cara, elevado a símbolo carnavalero al contrastar con el blanco y negro restante. Salíamos de los grises hacia el color.

Como rezaba el texto que abrió estas galerías durante las seis semanas que se publicaron, la Nueva Normalidad nos desafía a intuirnos más que a reconocernos. Protegernos y proteger a los demás es fundamental pero el uso de la mascarilla sanitaria nos obliga, más que nunca, a mirarnos a los ojos. Y aunque la expresividad de las miradas es potente, nada se compara si a esta le acompaña una sonrisa. Estos retratos, como esas mascarillas, esconden sonrisas de oreja a oreja que, en este caso, hablan por los ojos.

Se me acumulan las palabras y los recuerdos al hacer balance tan pronto de algo que recién acaba de ocurrir. Pero si algo saco en claro de esta experiencia y me es urgente gritar es GRACIAS, agradecimiento infinito a todos cuantos se pusieron delante de mi cámara para regalarme su sonriente mirada, por hacer que yo me viera también reflejado en ellas. A todos cuantos me ayudaron a tejer las redes de contacto, cuadrar las agendas y facilitarlo todo. Nombraré delegado de todos ellos y ellas a Alexis González, que no sabe el mundo del cine, en el que trabajo, el productor que se está perdiendo.

En la modesta esperanza de su autor esta serie aspira a ser una pieza más del interesante caleidoscopio fotográfico que este tiempo extraño ha parido. Un tiempo de pausa que, además de obligarnos a una reflexión profunda sobre el sentido de nuestras miradas, nos ha reencontrado en ellas, en las de los otros, como reflejo del espejo que debieran ser.

Pongo aquí un punto y seguido a esta serie. Buscaré la manera de cristalizarlo en otros contextos y en otros formatos, con el ánimo de que permanezca en la memoria colectiva de un lugar y de un tiempo, Canarias, en el que, pese a todo, salimos sonriendo del mayor envite de nuestras vidas.

Si esta columna tuviera música de fondo quiero que imaginen el sonido de una comparsa que va viniendo de lejos, que se acerca desde las calles vecinas, en un crescendo decibélico hasta que la melodía, ya cercana, casi ensordecedora, nos haga llevarnos las manos a las orejas para sacarnos definitivamente los elásticos de las mascarillas y volvamos a entregarnos al baile y al jolgorio.

Que las sonrisas venzan los miedos, acallen a los agoreros, despejen el cielo de nubes y nos ayuden a resistir, compartir y vencer.

Como repite, pinta e insiste el cómico Andreu Buenafuente, “Reir es la única salida”.

Gracias por este regalo.

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Publicado el
28 de junio de 2020 - 06:30 h

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