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Opinión - El problema de los tres gorros. Por Elisa Beni
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El mar, la mar

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Qué es el campo: un mito. Qué es la ciudad: otro. Y entre ambos se construye el antiguo menosprecio de corte y alabanza de aldea. Las coyunturales levantadas del sector primario, agricultores y ganaderos, están más cerca de una novela pastoril que de un cantar de gesta, aunque todo se confunda en “El Quijote”. Después del domingo electoral gallego, es una bonita semana para los tractores, la Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea y los buenos propósitos.

Tanto, que al ministro de la cosa le dio un vahído en el congreso mientras intentaba responder a un populachero. Si me lo hubiera imaginado así, el presente, me habría refugiado más en Rosa Chacel, en su “Teresa” o en “Novelas entes de tiempo”, le hubiera prestado más atención cuando la conocí. Ella era octogenaria larga, yo un imberbe periodista veinteañero y aprendiz, como siempre, de futuras ediciones. Sonreía mucho, con esa distancia de la ironía castellana. Ni con ella ni sin nadie, ni con Delibes, mucho menos con todos los noventayochistas, soy capaz de entender la pretendida belleza del paisaje castellano.

De esa Castilla que me separa del mar, de la mar océana de mi casa, el Atlántico. Un pretendido esteta catalán de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo, años ha, en una entrevista en “El Viejo Topo”, -más bien proclamó- que el mar era fascista. No le volví a leer, por la simplificación. Por eso no voy a emitir opinión sobre la Tierra de Campos, Valladolid y alrededores, son la antesala del paraíso de mi infancia y adolescencia.

Tampoco de las secuencias y consecuencias del resultado galaico. Tan solo escribiré que alguien quiere copiar los aprovechamientos del independentismo catalán a ver si cuela algo parecido allí para que Pedro Sánchez saque la chequera: hay mucho esencialismo de pacotilla en los votos del BNG. El PS de G, el psoe gallego, que no se llama PSG por un viejo litigio con Beiras, está a verlas vir. Besteiro es un buen hombre al que han apaleado durante siete años desde la corte de una jueza independiente, ¡qué risa! Y sin embargo, el compañeiro se mueve. Frente a la sociedad chantajeada, las aceras limpias, el chocolate espeso, el presidente del gobierno puede irse la cárcel cuando quiera, así de mezclados están los servicios informativos de cualquier cadena de televisión.

Hay una audiencia primaria consumidora de tretas y asechanzas. No es de la que se reían Fernando Delgado en la SER (tristeza: se fue esta semana) y Elvira Lindo haciendo las voces de Manolito Gafotas. Hay otras audiencias que llaman a Suiza, es un decir, y no les entienden. Qué cosas.

Rosa Chacel había conocido muchos mares, México, Buenos Aires y Brasil, quizás volviendo a su casita de Valladolid. Y en cuatro décadas de exilio, y antes, tejió una de las narrativas mas bellas en lengua española. Qué habrá penado para que ni en estos tiempos de alta reivindicación femenina se la recuerde como merece. Aquí va.

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