De Santa Cruz a la Santa Sede

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 El presidente de Club Deportivo Tenerife ha ido al Vaticano para regalarle una camiseta del equipo al Papa Francisco, que seguro que le hizo una ilusión tremebunda y por eso no durmió esa noche. Aprovechando los cien años de la refundación del club, el presidente del equipo reconoció que le había pedido al Papa que le echara una manita para ascender después de que estuviera a punto de hacerlo este año. 

 El presidente del Tenerife, un señor que fue condenado por estafa como tantos otros presidentes de clubes de fútbol en España, no fue solo a la Santa Sede sino que se hizo acompañar de una comitiva en la que estaban entre otros el presidente del Gobierno de Canarias, el presidente del Cabildo de Tenerife, el obispo de la diócesis y el alcalde de Adeje. 

 Desconozco si la representación canaria fue a ver al Papa como líder religioso de la Iglesia católica o como jefe del Estado Vaticano, aunque me inclino por la primera opción. Si fuera la segunda también podrían haber visitado al presidente de Italia o al rey de Marruecos. 

 No sé qué les pasa a los dirigentes deportivos y a los políticos con las cuestiones religiosas en una España que desde 1978, cuando se aprobó la Constitución, es un Estado aconfesional. Utilizan la religión, que debería ser una actividad íntima y personal, para proyectarse socialmente y lograr un reconocimiento público para una entidad privada. 

 A pesar de todo ello, parece de obligado cumplimiento la visita que cada año hacen los equipos de fútbol y baloncesto más representativos de Canarias a la Virgen de la Candelaria y a la Virgen del Pino de Teror. Parece que la religión vende como lo hacía antaño. Más incluso que los influencers y los youtubers. Todavía hay mucha gente que cree en los milagros. 

 Aunque estamos acostumbrados a esas imágenes, resulta sorprendente ver cómo cada año los equipos de fútbol y basket de las dos provincias canarias acuden a los pueblos donde tienen su sede las dos principales vírgenes isleñas. Seguramente nadie verá durante todo el año a ninguno de esos directivos y jugadores en una iglesia participando en las actividades y liturgias propias del catolicismo. Sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. 

  Muchos de esos futbolistas y dirigentes son ateos o agnósticos pero así y todo peregrinan cada año para pedir a la Virgen el ascenso. La vírgenes canarias deben ser un poco duras de oído o acaso son muy incompetentes porque los dos equipos de fútbol más representativos de las islas llevan más años en segunda que en Primera División. 

  Es una falta de respeto (incluso para un ateo) utilizar las figuras religiosas para pedir por intereses tan mundanos o pedrestes como los relacionados con el balompié. Muchos jugadores se persignan cuando entran en el terreno de juego de la misma manera que otros saltan a la pata coja para entrar en el campo con el pie derecho. La religiones y la supersticiones siempre han ido de la mano. 

 Esto podría entenderse si estuviésemos en las épocas medievales de las tinieblas y la oscuridad pero en pleno siglo 21 parece una obscenidad relacionar la religión o la superstición con el simple y sano deporte. No solamente en ocasiones como estas se mezcla la política con la religión o el fútbol. 

 Lo que no comprendo es por qué las autoridades religiosas no sacan a patadas a los políticos que no creen en la divinidad ni en nada sobrenatural pero que en cambio aprovechan el tumulto y la muchedumbre festiva para colarse en la iglesia, salir en la tele y sacarse la foto para meterse en el bolsillo a sus paisanos más creyentes. Un voto es un voto y un vaso es un vaso, que diría M. Rajoy. 

 Los obispos deberían comportarse como Jesucristo cuando expulsó a los mercaderes del templo pero no lo hacen porque también necesitan a los gobernantes para pedirles favores o conseguir subvenciones para reformar el ala oeste de la catedral. Los mercaderes de hace dos milenios son los políticos de hoy. Y mucho curas también. 

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