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La identidad corporativa y los floreros

De un tiempo a esta parte, en medio de esta babilonia moral que no respeta a nada ni a nadie, ni siquiera la edad, están saltando a los medios de comunicación denuncias y/o sentencias que ponen sobre la mesa los abusos, la podredumbre y lo torticero que puede llegar a ser el mundo de la publicidad y de las firmas comerciales que pululan a su alrededor.

Hasta ahora, al igual que ha venido pasando con otros temas, se daba por aceptado que para promocionar, por ejemplo, un vehículo a motor, una bebida refrescante, una máquina para lavar la ropa y/o los platos, sólo por poner unos pocos ejemplos, había que incluir, a lado del producto, a una hembra muy sonriente, a ser posible rubia, vestida con un provocativo vestido, muy arreglada y sobre unos tacones de vértigo. Poco importaba la relación que esta imagen tan sensual y atractiva, tal y como defendían los teóricos de antaño, NO tuviera ninguna relación con el producto y solamente sirviera para fomentar unos estereotipos que denigraban a las mujeres. La sociedad era, y es, un feudo del macho dominante y las marcas se volcaban en saciar las ansias de quienes llevaban los pantalones y traían el jornal a casa.

El tiempo pasó, pero los modos y las maneras, no. Así, aunque las mujeres empezaron a formar parte del tejido productivo de la sociedad, a ganar su propio salario, las marcas continuaron apuntalando su identidad corporativa en los mismos esquemas de antaño -salvo gloriosas excepciones- y la sociedad continuó impávida ante el trato degradante anteriormente citado.

Como es lógico, las cosas siguieron una curva descendente y hace unas semanas se conoció la sentencia tras una denuncia interpuesta contra una conocida marca comercial. ¿La razón? Pues muy simple: los responsables de dicha empresa -más la agencia que contrató a un grupo de azafatas- se empeñaron en que éstas llevaran un atuendo totalmente inapropiado, el cual, además de vulgar, no las protegía de las inclemencias del tiempo, llegando a prohibirles protegerse con una prenda de abrigo, dado que, de hacerlo, no se verían las siglas de la marca comercial en cuestión. Queda claro que nadie se enteró de un pequeño detalle; es decir, el evento que patrocinaban era al aire libre y durante los días en los que se desarrolló la climatología era más bien adversa, por decirlo de forma educada.

Imagino que, si algún responsable y/o alto ejecutivo de la empresa se dejó caer por allí, se dedicó más al “levantamiento de copas” o al postureo tan políticamente correcto en estos días que a defender la identidad corporativa de su empresa y de ahí que suceden estas cosas.

Lo que me ha quedado MY CLARO al leerlas estas noticias -más si se tienen conocimientos y experiencias previas- es que el siglo XXI no ha llegado a todos por igual y que son legión los que se mueven por unas normas y/o postulados y/o ESTEREOTIPOS que mejor se hubieran olvidado, décadas atrás.

Lo peor del caso es que, en muchos casos, quienes someten a las mujeres al trato degradante citado en el párrafo anterior no son hombres, sino mujeres que tiempo atrás olvidaron lo que supone pasarse doce horas vestidas con un ridículo traje, subidas sobre unos tacones innecesarios y sonriendo como retrasadas ante los continuos embates de quienes, detrás de sus trajes de diseño, sus nudos de corbata mal hechos y sus fragancias de vendedor de tercera no disimulan sus más bajos instintos.

Se supone que lo hacen, quienes se comportan así, para defender una identidad corporativa que sufre y padece, en vez de beneficiarse de la ignorancia de todos estos pendejos y/o pendejas endomingados.

Para rematar la faena, si me permiten el símil taurino, cuando todo el espectáculo termina, ni siquiera el salario que perciben justifica tanta iniquidad, pero ya se sabe que en nuestro país sólo unos pocos reciben lo que se merecen, más bien, lo que NO se merecen, pero así son las cosas.

Si de verdad quisieran defender y/o proteger la identidad corporativa de una empresa, lo mejor sería preocuparse de formar a quienes, por ejemplo, deben atender un stand en una feria especializada, en vez de colocar a unos cuantos floreros con forma de mujer. Ocurrencias como éstas, o cambiar los recogepelotas de un torneo de tenis por modelos, demuestran la ínfima capacidad y nula formación de quienes prefieren degradar en ver de dar una imagen de marca coherente con lo que sus creadores pretenden.

El problema viene cuando alguien, mayoritariamente varón, valora a una tripulante de cabina de pasajeros -cuya labor NO es servirle un refrigerio, sino salvarle la vida si hay un percance- por la longitud de sus piernas y por su talla de sujetador. Mientras esto suceda, la identidad corporativa se seguirá valorando por la “belleza” de quienes están colocadas, cual estatua en el stand de turno y no por la buena información que en dicho stand se de al visitante y todo eso está MAL.

Además, las mentes preclaras que articulan este discurso se olvidan, comportándose así, de un target; es decir, el compuesto por la comunidad gay masculina, el cual cada vez tiene más importancia, pero que continúa siendo invisible para quienes se mueven en los esquemas del pasado siglo XX. Al hacerlo, no sólo demuestran su enorme estrechez de miras, sino su falta de perspectiva y sentido para los negocios en el siglo en el que estamos.

Al final, nada cambia y todo se pudre un poco más, para deleite de los gorrinos anteriormente citados y vergüenza de quienes pensamos que este tipo de comportamientos deberían ser erradicados de raíz, y sin derecho a la apelación. Y si tanto los les gustan los tacones y los trajes ridículos, mejor que se los pusieran ellos y ellas, las del colmillo retorcido, que pagan sus frustraciones y sus miserias con las nuevas generaciones.

Si lo hicieran, la astracanada sería digna de verse y algo hubiéramos ganado.

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