CINE
La familia según Jim Jarmusch

Jim Jarmusch recibe el León de Oro del Festival de Venecia.

Alberto García Martín

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Durante mucho tiempo disfruté del cine de Jim Jarmusch sin terminar de entender por qué sus personajes vagaban por ahí como si estuvieran fuera del tiempo, como si pertenecieran a una realidad paralela, desencajados del sistema, sin grandes objetivos, seres raros dentro de lugares reconocibles, como fantasmas habitantes de las ciudades. Entonces vi su primera película, Permanent vacation, y ahí lo entendí todo: Jarmusch había creado una serie de extraños personajes que estaban en vacaciones permanentes, desligados del practicismo social, ácratas del arco narrativo de Hollywood. Ahora, tras ver su última película, recién estrenada en HBO Max, Father, mother, sister, brother me doy cuenta, por primera vez, de que Jim es un auténtico revolucionario, pero uno sin bandera. Un rebelde anticapitalista sutil, que deja que sus personajes se expresen por sí mismos. 

Me doy cuenta ahora, en mi mediana edad, de que mi, desde hace décadas, idolatrado Jim Jarmusch ha elaborado una cinematografía de carácter profundamente social pero profundamente sutil, porque la ha construido sin elementos panfletarios, sin evidentes soflamas políticas. Una cinematografía construida alrededor de personajes apátridas, como ya sugería con otro de sus primeros títulos, Extraños en el paraíso. Un universo donde ha colocado a las diferentes etnias y culturas de un modo natural pero profundamente simbólico, como aquel nativo americano que criaba palomas en Ghost dog, en la azotea de un edificio, fuera del sistema, aislado de la corriente social, desterrado y libre. 

Icono del cine indie, el director ha modelado una obra con la materia prima del tiempo, sabiendo que para desvelar la realidad que nos circunda es necesario esculpir el tiempo, como dijo aquel cineasta ruso, con objeto de crear una nueva realidad cinematográfica, que nos recuerde a nuestra realidad pero que a la vez sea otra cosa. Porque el cine ha de ser la vida pero pasada por un filtro que nos aleja a la vez que nos acerca a ella. Dicho de otro modo, en las películas de Jarmusch hay realismo pero también hay extrañeza, los ritmos no son los propios de la vida, los personajes no hablan como hablan exactamente como se habla en la vida real pero de ese modo penetra en el mundo actual de un modo único, desvelándonos algunas de las verdades más incómodas de la modernidad. 

En su última película, Father, mother, sister, brother el cineasta nos habla de las relaciones entre padres e hijos por medio de tres historias diferenciadas pero complementarias. 

En Father, los hijos van de visita a casa del padre viudo, del que no saben cómo sobrevive, al que no conocen demasiado y al que el hijo de vez en cuando le presta dinero. Este primer capítulo da un enorme giro cuando los hijos se alejan de la casa, tras pasar unas pocas horas con el padre encarnado por Tom Waits, el músico y actor habitual en películas de Jarmusch. En la segunda historia, Mother, una escritora pija y de éxito recibe a sus dos hijas en su mansión para tomar el té, como hacen cada año en el único encuentro anual que tienen las tres mujeres. Lo único que sabe esta señora de sus hijas es lo que éstas le cuentan de sus vidas en el poco tiempo que pasan juntas alrededor de la mesa con pastelitos gourmet y tazas de té con leche. En el tercer y último capítulo, Sister brother, una joven y un joven gemelos acuden juntos al apartamento donde vivían, en París, sus padres recientemente fallecidos. 

Ésta es una película que ha de digerirse poco a poco, que hay que dejar reposar. Una vez reposada comienzas a reflexionar sobre lo que has visto y lo que parecía una historia más sobre familias disfuncionales, te das cuenta, si estás de acuerdo conmigo, en que nada más lejos de eso. Se trata de un devastador ensayo fílmico sobre cómo construimos nuestras relaciones familiares en base a criterios más propios del mercado. Creo que es una película profundamente anticapitalista, entendiendo esto como la penetración que este sistema económico ha tenido en nuestras relaciones más primigenias y, en consecuencia, cómo las ha condicionado. Jarmusch parece estar diciéndonos que somos una sociedad desnaturalizada que ha puesto el foco en el lugar equivocado. Pero nos deja una de esas tres historias, de sabor agridulce, como muestra de esperanza. Parece decirnos que no todos los seres humanos sucumbimos a las leyes del mercado.

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