Adiós, señor Tarr

El cineasta húngaro Béla Tarr posa con su premio honorífico durante la 36ª edición de los Premios del Cine Europeo en el Arena Berlin de Berlín, Alemania.

Alberto García Martín

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Ha muerto Béla Tarr. A la mayoría de la gente ese nombre no le dirá nada. Les sonará a chino o a húngaro; si es así, habrán acertado los que les haya sonado a esto último. Era húngaro, sí. Tenía setenta años cuando murió y era director de cine. A mí probablemente tampoco me habría sonado demasiado si no fuera porque mi amigo N., gran cinéfilo, no me hubiera hablado de él con enorme pasión, lo que me hizo ver prácticamente toda su filmografía, incluida Sátántangó, que dura siete horas y media y que, como toda su obra, no tiene precisamente el ritmo de un blockbuster. Bien, si usted no ha visto sus películas, no se sienta tonto o ignorante, la mayoría de los cineastas en activo seguramente tampoco las han visto y uno mismo también tiene enormes lagunas culturales cinematográficas (por sólo citar éstas).

Yo he tenido la suerte de haber disfrutado de su obra gracias a la recomendación de mi amigo. También le he puesto interés por mi parte, todo hay que decirlo. Hay que ponerle interés a las cosas pero uno no es nada sin el concurso de los otros. Eso es lo que no entiende el ultraliberalismo, que formamos parte de una cadena, de una sociedad, que nos necesitamos los unos a los otros. Esto lo dijo incluso Schwarzenegger en uno de esos discursos a universitarios que dan los personajes exitosos en las universidades americanas. Dijo que él ha llegado a donde ha llegado gracias a varias personas que le ayudaron cuando él no era nadie y no tenía nada. Y el actor austriaco y exgobernador republicano de California no es precisamente sospechoso de socialista. Así que quizás el individualismo patológico que se impone desde algunos altos lugares habría que hacérselo mirar. Obsérvese, por ejemplo, a Donald Trump, un niño rico que sigue siendo un niño rico y que piensa que sus “logros” sólo se los debe a sí mismo. Pobre, no soportaría el diván.

Leo la noticia de la muerte de Béla Tarr e inmediatamente pienso en Donald Trump. Y no sé si es porque dado el estado de las cosas uno no puede dejar de pensar en ese zote o se debe al abismo espiritual que los separa. Una asociación mental por la evidente distancia entre los sujetos. Parece una broma cósmica que en esta bola que flota en el espacio existan personas con tan pocas cosas en común, más allá de coincidir en que tienen dos piernas, dos brazos y que todas procedemos de la misma madre, una Eva mitocondrial que, por cierto, nació en África, mucho tiempo antes de que el desarrollo de la Historia acabara produciendo personajes tan grotescos como Trump o tan admirables como Tarr.

Es posible que uno no deba vivir permanentemente buceando en el interior del mundo, escrutando los misterios de la naturaleza y del alma del ser humano, deleitándose con la belleza que habita a nuestro alrededor y desentrañando todo lo que nos rodea y nos habita para desechar lo inútil, lo pernicioso de la época que nos transita; es posible que un estado permanente de conciencia y de saneamiento mental, que son algunos de los objetivos de la cultura con verdaderas pretensiones (y a las que podría acceder cualquiera y no sólo ciertas élites culturales) no sea, paradójicamente, deseable en un mundo donde se debe estar atento y vigilante para no ser engañado, manipulado o atacado por aquellos que viven en el mundo opuesto, el epidérmico, el de la superficie, el del dinero, la falta de empatía y los más bajos anhelos. Pero de vez en cuando, con cierta frecuencia, conviene hacer limpieza y bucear, a veces sin necesidad de pensar (a elección de cada cual), y dejarse llevar por otro ritmo, por otras imágenes; por la poética visual, por ejemplo, de las películas de Béla Tarr. Y apagar, durante un rato, cualquier canal de noticias que nos sitúe en el asqueroso lodazal producido por ese engendro mental, ese narcisista niño rico y sus infectos acólitos. Pero él desaparecerá y la cultura permanecerá. De verdad que sí. 

En mi memoria, los recuerdos de unas hojas levantándose del suelo, desplazadas por una fuerte ventisca mientras unos hombres avanzan por la calle. Y un hombre observando el ojo de una ballena. Y un viejo sentado ante un ventanal. Y el niño que da vueltas alrededor de una casa. Y las ramas de aquel árbol solitario mecidas por el viento. Siempre el viento, la naturaleza, el silencio, el tedio, siempre un mundo duro, inconfortable. Y también, sí, algún momento de humor. Al menos, eso creo. Y siempre en blanco y negro. No es un cine complaciente pero es un cine hermoso. Adiós, señor Tarr.

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