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La Moncloa codiciada

El PP y Ciudadanos, Casado y Rivera o sea, deberían disculparse con Pedro Sánchez por cuanto han rajado de él

Ahora le toca a Pedro Sánchez. Confieso que no me entusiasma el presidente pero menos me van Casado y Rivera

Albert Rivera (izquierda) y Pablo Casado (derecha), en una imagen de archivo

Albert Rivera (izquierda) y Pablo Casado (derecha), en una imagen de archivo

El PP y Ciudadanos, Casado y Rivera o sea, deberían disculparse con Pedro Sánchez por cuanto han rajado de él. Cosa que no harán como no lo hizo Rajoy cuando él y los suyos denunciaron un falso pacto criminal de Zapatero con ETA a la que el PP atribuyó el bárbaro atentado de Atocha. El uso intensivo de los medios informativos adictos para engañar y envenenar al electorado le permitió al PP no mojarse demasiado a ojos del público menos avisado. Poco faltó para que hablaran de crimen por encargo en Atocha.  

El atentado, recuerden, ocurrió durante la jornada de reflexión de las elecciones de 2004 y el PP lo atribuyó a los etarras “aliados” de Zapatero que logró entonces la Presidencia del Gobierno. Como yo no entendía de qué manera pueden los bombazos determinar la victoria de un candidato, me pareció más creíble y menos truculenta la autoría yihadista hacia la que, por cierto, apuntaron los investigadores desde el primer momento.

Ganó aquellas elecciones, como digo, Zapatero. Días antes de las votaciones tuve ocasión de charlar con López Aguilar, quien me aseguró que el único convencido de que ganaría era precisamente Zapatero. Los más optimistas decían que sólo un milagro le daría la victoria y el milagro se produjo. Y como tras su derrota siguieron los peperos dando la vara, acabé sospechando que trataban de salvarle el palmito a Aznar, de impedir que prosperara la idea, la hipótesis, de que lo de Atocha había sido obra del terrorismo islámico que se vengaba así de la participación de España en la agresión a Irak; la que Aznar impuso porque, como sabe todo el mundo, no se ponen impunemente los pies sobre la mesa de centro del presidente USA.

El milagro, como digo, se produjo y desquició al PP que no soporta que otros ocupen el poder de su propiedad y enseguida organizaron un despiadado acoso a Zapatero, de los nunca vistos. Pero no debió calar lo suficiente, pues en las elecciones del 2008 volvió a ganar Zapatero, por lo que el PP arreció y logró debilitarlo al punto de que convocó elecciones anticipadas en 2011; las que por fin ganó Rajoy, el derrotado en 2004 y 2008, por aquello del cántaro que va a la fuente. A la tercera va la vencida aunque los vencidos fuimos los ciudadanos. No es preciso recordar la corrupción y la insensibilidad social del PP porque hay lo que hay y tratan de que siga habiendo ahora que está a partir un piñón con la ultraderecha. Zapatero hizo, digan lo que digan, una buena labor impulsando la legislación en materia de derechos sociales, pero se equivocó al reconocer que andaba flojo en economía, lo que aprovechó el PP para apretar en su trabajo de acoso y derribo y colocar en La Moncloa a Rajoy, que tampoco sabía mucho pero, qué quieren, es gallego.

Ahora le toca a Pedro Sánchez. Confieso que no me entusiasma el presidente pero menos me van Casado y Rivera. Aunque sea divertido oírles acusar a Sánchez, de ambicioso, de querer estar gastando moqueta en La Moncloa a toda costa y hasta el fin de los tiempos; de utilizar el avión presidencial, de no parar la pata viajera… como si ellos no aspiraran a la presidencia y ésta no les obligara a hacer todo cuanto ahora critican a Sánchez; si logran, claro está, ser califas en lugar del califa.

No pueden disimular, esa es otra, su pedigrí al apoderarse de los símbolos de la nación para sus actos partidistas, lo que supone excluir a quienes no sean de los suyos; como cuando Franco, que de casta le viene al galgo. Puedo asegurarles que de mi generación muchos son los que no se identifican con determinados símbolos patrimonializados por el franquismo. La forma en que cultivan la crispación y procuran el enfrentamiento resulta tan familiar como irritante, pues, al tratarse de dirigentes políticos, se supone que demócratas, llamados como tales a procurar exactamente lo contrario. Y no se han parado en barras, sobre todo Casado, para tildar al presidente del Gobierno de mentiroso y acusarlo nada menos que de alta traición a España por querer dialogar con los catalanes en lugar de exprimir el artículo 155 para meterlos en cintura y si ni así, enviarles unidades militares a enseñarles lo que vale un peine. Ese posicionamiento negado al diálogo leal hizo que el independentismo, irrelevante en 2010, pasara en poco más de un lustro a captar un 47% del electorado. Se lucieron Rajoy y el PP al tirar del Tribunal Constitucional debidamente “coloreado” de azul.   

Y nada les digo de Abascal, el tercer miembro del “trifálico” que dijo la ministra Montero no sé si intencionadamente. No es nada novedoso que sigan circulando y actuando en el país gente dispuesta a devolvernos a los años 40. Por otro lado, no sé si se han dado cuenta de que el vodevil que se han montado ha hecho perder ya a España y a los españoles buena parte de la consideración y la imagen ganadas en estos años sin llegar a las manos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/Chema Moya

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez durante el debate de los Presupuestos Generales del Estado. EFE/Chema Moya

La responsabilidad va por islas

Hubo un tiempo en que circuló por ahí el chascarrillo, muy isleño por cierto, que distribuía salomónicamente, entre Tenerife y Gran Canaria, la responsabilidad de los problemas archipelágicos. Según decían, a Tenerife se debía el error de no haber dejado entrar a Nelson y a Gran Canaria haber dejado salir a Franco. Como nunca me ha gustado especular con lo que hubiera pasado de no pasar lo que pasó, lo dejo aquí. Se trata de supuestos ya imposibles que me eximen de escribir columnas sesudas acerca de los efectos del Brexit, por ejemplo. Aunque no por eso está uno exento de ir a mayores porque, por lo visto, el Gobierno español nos quiere quitar el REF, lo que ha alborotado un tanto a los políticos. A los jóvenes, no tanto a los mayores para los que no resulta novedoso pues acabar con el régimen especial canario, elevado de repente al rango de fuero intocable, ha sido viejo empeño del Gobierno español. La administración del Estado siempre ha tenido tendencia a la centralización, una fiebre que cada cierto tiempo sube y empiezan los líos que acaban por desaparecer hasta la siguiente ocasión.

De todos modos sí que conviene advertir que es la política de Coalición Canaria (CC) responsable de que ocurran estas cosas. Hace unos veintitantos años hubo un Congreso en el que CC sentó por un lado algo así como que la naturaleza política canaria era la competencia entre islas con el añadido de que Canarias debía estar siempre del lado del partido que gobernara en cada momento en Madrid, el PP o el PSOE porque lo que interesaba era conseguir estar presentes en sus oraciones a la hora de los presupuestos del Estado. Esta postura implicaba renunciar a argumentar, con base en la historia y en la realidad actual de las islas condicionada por las limitaciones de siempre: lejanía, escasez de agua, la dependencia del exterior, etcétera. Mutatis mutandis, los problemas de siempre que han tenido del siglo XV a esta parte un tratamiento específico puesto en duda con frecuencia por la administración central entre otras razones porque tampoco están los políticos isleños impuestos en lo que hay. A lo mejor me equivoco, pero llama la atención que los diputados de CC estuvieran tan contentos y felices con los socialistas, rompieran con ellos en las islas y en Madrid para toparse con la  moción de censura que volvió a darle el Gobierno al PSOE: no creo injusto sospechar que en buena medida la negativa de Sánchez a entrevistarse con Clavijo se relaciona con ese desaire y tanta frivolidad. Por no entrar a calificar como merece que el presidente canario le pidiera verse para hablar sólo diez minutos, como si fueran pocas las cuestiones isleñas que reclaman atención. No hay por donde cogerlos. Mejor acabo aquí para no decir palabrotas.

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