Sobre este blog

Las tres ‘fundaciones’ de Las Palmas de Gran Canaria (y III)

Gobierno militar, junto al parque San Telmo, 1905.

José A. Alemán

Las Palmas de Gran Canaria —

La alusión a unas supuestas tres “fundaciones” de Las Palmas, entrecomilladas para significar la licencia periodística, no deja de ser también el modo de colorear varios momentos no tanto de la historia de la ciudad como de su gente. Es seguro que no faltarán quienes podrían ampliar la lista y señalar hitos que contribuyan a poner en piedras de ocho el gran relato histórico que Las Palmas merece y remate las aportaciones ya existentes. Estas son hijas de la dedicación de historiadores profesionales, de aficionados, incluso de noveleros, no de una política cultural dirigida a elaborar proyectos interdisciplinarios. Parece obligada aquí la referencia al profesor Alejandro Cioranescu y los cuatro rotundos tomos de su Historia de Santa Cruz de Tenerife, publicados en 1977 con interesantes ilustraciones. En buena medida, además de infinidad de trabajos parciales, cuenta ya Las Palmas con la obra de Alfredo Herrera Piqué, con su primera edición en 1978 y al menos en diciembre de 1984 y que no sería mal punto de partida una segunda, corregida y aumentada.Historia de Santa Cruz de Tenerife

Las Palmas de Gran Canaria, ya se ha dicho, fue la primera ciudad fundada por europeos fuera de su continente; en el Atlántico, lejos de su área mediterránea. Un acontecimiento de finales de la Baja Edad Media a punto de iniciarse la expansión colonial del siglo XV que condujo a la gran revolución espacial del XVI y trajo la noción del “otro”, la verificación de que ocupaban los nuevos espacios gentes de razas y culturas distintas de las ya conocidas. Esto incidió en el Derecho de Gentes, entonces sometido a la autoridad del Papa y propició debates como el de si los indios americanos eran animales selváticos bien adiestrados para dar el pego o auténticos seres humanos dignos de ser bautizados. De no estar bautizados, podían esclavizárseles, ser vendidos o alquilados con el compromiso del arrendatario de devolverlos sanos y bien comidos; de estar bautizados, lo mismo porque barco varado no gana flete: mandaban los intereses económicos y los conflictos solían resolverse a favor de los esclavistas. La Iglesia ya formaba parte del “sistema”, que así llaman hoy al capitalismo, con lo que los frailes defensores de los indios sufrían la patética contradicción con la que ironizó en su Historia Universal de la infamia Jorge Luis Borges, el Nobel que no fue: “En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”.

La tribu de los canarii

El debate sobre los indios americanos tuvo el precedente de la aparición en pantalla de los nativos canarios, que no eran musulmanes ni cristianos, pero sí blancos. No conozco más aportaciones a la cuestión concreta de los aborígenes, isleños en este caso, que las de Antonio Pérez Voituriez, que fuera profesor de Derecho Internacional en la Universidad de La Laguna.

Suele darse por bueno que las Islas fueron descubiertas en el siglo II a.C., que la primera descripción fiable de ellas es la de Plinio el Viejo y que tras la caída del Imperio, sobre el siglo III d.C., el Archipiélago cayó en el olvido, para ser redescubierto nada menos que en el XIV, de modo que estuvo en el limbo más tiempo, casi el doble, del que lleva de español. Por eso tiene mérito que José Juan Jiménez González, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, diera el salto atrás con el que se plantó a principios del milenio que acabamos de liquidar. De donde nos trajo noticias de los canarii, tribu de etnia líbica establecida en la Mauretania Tingitana (no confundir con la actual Mauritania, con i). Según cuenta en el siglo I d.C., tras una rebelión contra el Imperio, los romanos separaron la facción de los canarii comprometida en el alzamiento y la trasladaron a Gran Canaria, donde quedó confinada.

Esa Mauretania Tingitana fue una de las provincias creadas por el emperador Claudio (41-54 d.C.). Abarcaba el extremo occidental de la costa mediterránea, el noroeste de Marruecos en el que están las ciudades de Volubilis, Tingis (Tánger), Rusadir (Melilla) y Septem (Ceuta), la de los siete montes. Canarias, a eso iba, estaba encuadrada precisamente en la Tingitana y como los reyes godos mantuvieron la nomenclatura de la división administrativa romana y los monarcas castellanos se consideraban sus herederos, es por lo que aseguraban que Canarias les pertenecía. O sea: se confirma la procedencia de los primeros pobladores, quienes fueron, de donde vinieron o fueron traídos. Lo que permite suponer que el proceso de poblamiento bien pudo ser el mismo o muy parecido en todas las islas. Lo diré con las palabras de José Juan Jiménez: “En consecuencia, cabe hablar del poblamiento de Canarias como un acontecimiento discontinuo acaecido en un periodo de tiempo más o menos amplio, protagonizado por tribus diferentes según las islas y auspiciado por alguna de las civilizaciones de la Antigüedad, entre las cuales destaco en el presente caso a la civilización romana debido a su recíproca coincidencia en un marco geográfico, cronológico, histórico y cultural”.

La querencia americana

Entre los rasgos destacados de Las Palmas figuran las afinidades con América tan generalizadas en el Archipiélago. No es cierto que los isleños olvidáramos África, sí que América captó más voluntades. Fue allí donde dejaron los canarios huellas más profundas con las idas y venidas que generaron una “cultura de ida y vuelta”. En cierta ocasión oí decir a Francisco Morales Padrón que, a pesar de los años vividos de un lado a otro del “charco”, aún le sorprendía encontrar rastros isleños allá y al revés aquí. Esta observación tiene lo suyo en hombres como Morales Padrón que mucho sabe de paralelismos entre Canarias y América en infinidad de aspectos: en la preparación y gestión de la conquista, en su desarrollo, en el posterior establecimiento de las administraciones, en el uso de intérpretes o lenguas, en la redacción de crónicas, etcétera. Colón, añadiré, utilizó el paisaje de las Islas en las descripciones de las tierras a las que llegaba. No obstante, es falsa la idea de que Canarias fue mesa de ensayo de la conquista y colonización indianas. La verdad es que todo el proceso institucional y los mecanismos utilizados (encomiendas, envío de labradores, fundación de ciudades, expansión de las órdenes religiosas, repartimientos, behetrías, adelantamientos, libertades municipales, etcétera) ya se habían experimentado de sobra en Castilla y sólo tuvieron en las Islas su primera ocupación ultramarina; de ahí que los historiadores latinoamericanos adviertan cierto medievalismo en sus instituciones primeras.

Estamos ante un capítulo de modo que me limitaré a recordar que para los primeros cronistas de Indias las Canarias eran “las primeras Antillas” y éstas “las Canarias por ganar”. Lo que nada tiene de particular pues el Archipiélago era considerado por los españoles más americano que otra cosa. En lo que no andaban errados ya que tiraba de él la poderosa corriente atlántica que lo colocó espiritualmente en el mar antillano. Y la ciudad de Las Palmas, casi no habría que repetirlo, ocupó un lugar destacado en aquel trasiego de gentes, barcos, mercancías, productos agrarios, objetos, costumbres, creencias, ideologías, actitudes, sin olvidar la estirpe isleña, de cualquiera de las islas, de sus grandes hombres y mujeres. La querencia americana del Archipiélago forma todavía parte del legado vivo de Las Palmas, si bien tengo el pálpito de que comenzamos a perder esos referentes por mucho que empolvemos con talco a los indianos en Carnaval.

La tertulia de Cairasco

Contaba el recordado Manuel Padorno que en los años 20 del siglo pasado, el mexicano Alfonso Reyes, a quien Borges consideraba el mejor escritor del momento, instó a intelectuales y amigos suyos de España y América a debatir sobre el Ser americano. No sé si antes o después, pero también manejaba Reyes la idea de “latinidad”, la que se relacionaba, sin duda, con la discusión sobre el Ser rebotando hasta cuajar en la idea, para mí atinada, de que el Ser americano reside en el lenguaje y en sus hablas; que ahí, en esa variedad y en sus matices radica la identidad americana profunda. Ni qué decir que la idea fue más allá ya que no sólo hay un lenguaje escrito y hablado sino también los de la pintura a la música, por indicar dos artes de materias primas distintas pero muy capaces de ir de la mano y de hacer corro con las restantes.

No sé si Manolo Padorno elevó más de la cuenta su percepción del hecho y ya saben como son los poetas cuando se les sube el estro. Hay que dejarlos estar, aguardar a que reposen las ideas de las que algo puede salir. Siempre salía algo en el caso de Manolo. Por ejemplo, la sospecha de que algo tendría que ver el descubrimiento y revalorización del lenguaje con la eclosión de la literatura latinoamericana. Estaba convencido, además, de que, en cualquier caso, no perjudicaría al “boom” editorial al que se adhirieron cual carrancios a las lanas autores de segunda fila que se sudamericanizaron al modo.

La iniciativa de Reyes vendría a ser, para mí, no sé si para Manolo, un hito de la literatura en español. Lo que sí tenía claro era que esas reflexiones sobre el Ser literario latinoamericano obligaban a volver sobre los padres de las literaturas nacionales y que éstos nos traerían de vuelta a las islas, a la vera de Cairasco y sus amigos. Cosas de yentes y vinientes, que diría el Inca Garcilaso. Veamos.

Entre esos los iniciadores de las literaturas nacionales americana estaba en Colombia Juan de Castellanos, considerado “poeta indígena”, a pesar de su origen español. Y estaba el grancanario Silvestre de Balboa al que su Espejo de paciencia situó en el arranque de la literatura cubana. Balboa, aunque mucho más joven que Cairasco, debió tratarlo en Las Palmas antes de su marcha definitiva, ya treintón, a Cuba. Seguramente asistió a la tertulia en casa del canónigo que para Alejandro Cioranescu “parece haber sido de las primeras, de las más curiosas y de las menos conocidas de España”. Según el mismo Cioranescu, biógrafo de Cairasco, Las Palmas no era entonces ningún desierto sino una ciudad bulliciosa en un momento de florecimiento económico y cultural, justo cuando la tertulia en el jardín de Cairasco se erigía en punto de referencia cultural y seguramente social. Tendría la ciudad unos 4.000 habitantes a finales del XVI.

Ya tenemos en escena, pues, a Castellanos, Balboa y Cairasco, a los que debo añadir al lagunero Antonio de Viana, el médico poeta autor de Antigüedades de las Islas Canarias. Los cuatro nacieron en el siglo XVI (dos en la primera mitad y dos en la segunda) y les unió el atrevimiento de introducir en la literatura castellana términos, metáforas, palabras designativas de objetos, de accidentes geográficos, de paisajes, de plantas y animales, etcétera, con lo que comenzaron a adueñarse literariamente de su medio físico inmediato. Esa osadía empujó hacia la superficie a sus respectivas literaturas. En lo que a Balboa se refiere, era casi treinta años más joven que Cairasco, pero no sólo es probable que lo conociera en Las Palmas antes de marchar a Cuba sino que acudiría con frecuencia a casa del canónigo. Fue esa etapa del despertar de las literaturas nacionales, entre las que se coló la canaria, un momento enriquecedor, repito, infinidad de palabras y conceptos que ampliaron las potencias descriptivas.

De Juan de Castellanos destacaría un libro de texto de la Universidad española de los años 60 (Diez Echarri y Roca Franquesa, Aguilar 1950) que lo despreciaba por su “incontinencia versificatoria”, por las “interminables tiradas de versos” y sus no menos de 150.000 endecasílabos que en nada desmerecieron frente a los torrentes de esdrújulos de Cairasco. Subrayaba en el libro de texto el origen peninsular de Castellanos lo que, por lo visto, convertía en traición aún más grave la incorporación a su obra de lo que nadie se había atrevido antes a nombrar porque no eran términos comprensibles para los lectores peninsulares. Tampoco Cairasco fue santo de mucha devoción para la crítica española y hay casos, como el de Menéndez y Pelayo, que parecía molestarse mucho si se le metía de por medio un isleño.

Sin embargo, Cairasco no era un desconocido en la España de su tiempo y desde luego no parece que resultara una rara avis en la isla. Cioranescu lamenta su furor con los “penosos esdrújulos”, con los que ironizó Lope de Vega al imaginarse a las musas de Cairasco amenazando con esdrujulear al Globo. Pero también elogia su “hermosa y ancha estrofa real” para afirmar que, en verdad, fue un poeta notable.

En su Comedia del Recibimiento, escrita para darle la bienvenida al obispo Rueda, Cairasco las bases de la literatura canaria con la incorporación de temas como los del aborigen en la figura de Doramas, la mitificación de la selva en la que vive el caudillo isleño y la inclusión de fragmentos en la lengua aborigen grancanaria en la pieza. La Comedia se representó el 5 de mayo de 1582, es decir, 99 años después de la terminación de la guerra en Gran Canaria y es, por tanto, muy posible que algo conociera de esa lengua.

En la Comedia, Sabiduría, Curiosidad e Invención van al “bosque umbrífero” (y esdrujuleado para no perder las mañas) en el que vive Doramas. El paraje se convertiría así en el mito poético por el que calzó de tal modo el hacha que en el siglo XVIII ya advirtió Viera y Clavijo del destrozo. Que continuó, claro. Pretendían los tres personajes convencer a Doramas para que pronunciara el discurso de bienvenida al prelado. Pero no sabía castellano por lo que le proporcionaron un bebedizo y cayó en un profundo sueño; del que despertó hablando en castellano de altura con el que se dirigiría al nuevo obispo disculpándose de que “la lengua ruda de un bárbaro canario a tal se atreva”.

También se sospecha que anduvo por la tertulia de Cairasco o que, al menos, lo conoció Bernardo González de Bobadilla que en 1587 se descolgó con la novela pastoril Ninfas y pastores de Henares. En las primeras páginas informa el autor que nació en las Islas Canarias sin especificar en cual de ellas, si bien hay quienes lo hacen natural de La Gomera y emparentado con Beatriz de Bobadilla señora de la isla y de lo que haga falta. Estudió en Salamanca, donde fue alumno de fray Luis de León. La obra narra los amores de los pastores Florino y Roselia y fue de los libros que Cervantes hizo lanzar al cura y al barbero por la ventana de la casa de don Quijote para que ardiera en la hoguera prendida en el corral. Imaginé que muy mala tenía que ser la tal novela pero cuando la conocí pensé que cosas peores hay. Aunque me desconcertó Antonio Cabrera Perera cuando calificó Ninfas… como “uno de los primeros y más importantes libros de la bibliofilia canaria” y lo ve repleto de “dulce lirismo y, tanto en la prosa como en el verso, se observa la impronta de Garcilaso y de Petrarca. Fue una de las novelas pastoriles más leídas de su tiempo”. Asegura Cabrera que Cervantes se arrepintió de haber lanzado este libro al fuego y confesó que lo hizo por envidia, como reconoce en Viaje del Parnaso por boca de un poeta que pasaba por allí: “Fuiste envidioso, descuidado y tardo,/ y a las ninfas de Henares y pastores/ les tiraste un dardo”. Mea culpa que Cabrera atribuye a los remordimientos de Cervantes “como hombre honesto y cristiano que era”. Para él, la obra de González de Bobadilla representa, en fin, “la integración definitiva de las Islas Canarias a la cultura occidental”. Bien pudo discernir si va de churras o merinas ya que de pastores se trata..

Conviene cerrar este apartado insistiendo que no tiene sentido rechazar a Cairasco, Balboa, Viana o Castellanos. Muy mal los han tratado las autoridades académicas españolas y tampoco puede decirse que les haya ido mejor en Canarias. No tiene sentido ese rechazo en aras del gusto literario personal y pasar por alto lo más significativo, es decir, el hecho de que estaban muy centrados en su tiempo, no aislados, y entendían, intuían o los arrastraba la corriente profunda y los fenómenos de una época fabulosa. Como indicara Pierre Chaunu, en treinta años, desde los viajes de Colón a la primera circunnavegación del Globo, rematada por Elcano en 1522, se produjo la mayor mutación jamás habida del espacio humano y aquella conmoción, que afectó hasta las raíces los supuestos de la vida de Occidente, la notó el idioma castellano o español, como quieran, y su Literatura. La necesidad creciente de “nombrar” el medio y cuanto en él lo singulariza es imprescindible. Y Canarias era entonces también un territorio nuevo, un paisaje, unos accidentes geográficos, una flora, una fauna, un conjunto de realidades que necesitaban asimismo ser “nombradas”. Las Islas estaban en esos años de estreno de la Edad Moderna más “in” que un señor de Cuenca, pongo por ejemplo. No porque tuvieran nada que las hiciera excepcionales sino por las peculiaridades del Archipiélago, por el ajetreo de yentes y vinientes que les tengo dicho.

Es curiosa la nula insistencia en estos aspectos y la poca atención que se le presta a quienes, desde dentro, hablan de estas cuestiones y cómo se cultiva la visión foránea de escritores y poetas clásicos que nutre la autocomplacencia ante los mitos afortunados que, encima, han devaluado el Jardín de las Hespérides para convertirlo en vergel de belleza sin par, el pasodoble cuasi himno de Canarias, que como tal se llegó a proponer.

La ilustración y los “niños” de La Laguna

Me he extendido con el epígrafe anterior porque el siglo XVI interesa especialmente por el grado de espontaneidad con que Las Palmas de Gran Canaria participó de fenómenos relacionados con el cambio que supuso el inicio de la expansión colonial con la aparición de América. Algo sorprendente pues la ciudad tenía en 1587 unos 3.000 habitantes, aunque en 1590 le asignan 800 casas y hogares que dan la cifra de unos 4.000 habitantes si consideramos una media de cinco habitantes por hogar. Era, pues, ciudad pequeña aunque bulliciosa que acabó el siglo con el destructivo ataque de Pieter Van der Does en 1599.

Paso de largo por el siglo XVII, del que algo se apuntó en entrega anterior, para caer en el XVIII que no comenzó bien. La crisis económica se hacía notar sobre todo en el escaso movimiento de la construcción. Hubo que esperar al último tercio del siglo para que comenzara a dejarse sentir el espíritu reformador y constructivo de Carlos III. Se levantaron almacenes en La Luz, el obispo Servera inició el nuevo hospital de San Martín y el también obispo Verdugo emprendió la construcción del puente de su nombre sobre el Guiniguada apenas iniciado el XIX. Las obras de la Catedral, iniciada más de dos siglos atrás, recibieron un impulso importante. En el XVIII, pues, según se indicara se produce una nueva “fundación” en la que avanzan las ideas de la Ilustración que pasó de tener a la Iglesia como enemiga a encontrar partidarios incondicionales entre el mismo clero que abominaba de la Inquisición ante un clero cada vez más inclinado a las nuevas ideas.

Ya me ocupé de las brillantes generaciones de ilustrados tinerfeños y de su incidencia en el rápido ascenso de Santa Cruz de Tenerife en el Setecientos. Si importantes fueron en Tenerife las tertulias ilustradas del Puerto de la Cruz alrededor de los Iriarte, más famosa y determinante resultó la de Nava, en La Laguna.

Aunque en Las Palmas también hubo tertulias, como la que organizara Viera y Clavijo en su casa de la Plaza de Santa Ana o la de los Martínez de Escobar, papel determinante jugó el Seminario Diocesano, pared con pared de la sede del Tribunal de la Inquisición. Las tertulias acabaron dando paso a instituciones como las Sociedades de Amigos del País para impulsar la agricultura y el comercio. La de Gran Canaria tuvo a otro obispo ilustrado, Cervera, como impulsor. Fue fundada en 1777 y año más o año menos se crearon también la de La Laguna, La Palma y la de La Gomera que desapareció enseguida.

Los ilustrados tinerfeños eran más cortesanos, más de bailarle el agua a Madrid. Contaban con gente de peso en aquellos ámbitos la aprovecharon. Cabe diferenciar entre las generaciones ilustradas, trabajo que con notable acierto realizó en su momento Víctor Morales Lezcano. En lo que a Gran Canaria se refiere, habría que consignar los nombres de José Luján Pérez, José Gordillo o Graciliano Afonso, entre otros. Y por encima de todos, José Viera y Clavijo, que aunque nacido en los Realejos, Tenerife, donde animó la tertulia de Nava, pasó a residir en Las Palmas donde desarrolló la mayor parte de su labor. Es, sin duda, quien mejor representa en las Islas, con su obra y tremenda curiosidad, a la Ilustración. El movimiento tuvo una influencia prolongada después de dar impulso a infinidad de actividades, desde las relacionadas con las Ciencias Naturales y la Antropología, que encontraron lugar de parada necesaria, en las islas hasta la Agricultura y el Comercio. Por no hablar de la enseñanza, su preocupación por la salud pública o la promoción del periodismo que comenzara entonces en las Islas.

Nada de particular tendría que los efluvios de la Ilustración llegaran hasta casi la mitad del siglo XIX, a la década de 1840 con la irrupción del grupo de los inmediatamente denominados por la sorna isleña “los niños de La Laguna” porque allí estudiaron y de allí vinieron dispuestos a liarla. El grupo lo formaron personajes que, a juzgar por el empaque y la circunspección de los retratos al óleo que les hicieron, no debieron pasar jamás por infancia alguna y fueron derechos, sin detenerse en la cuna, a perfilarse patillas y mostacho de respeto. Eran los niños, según Néstor Álamo, Cristóbal del Castillo y Manrique de Lara, Antonio López Botas, Juan Evangelista Doreste y Romero, Ignacio Díaz Suárez, Fermín Zumbado y Jerónimo del Río y León que además de unos señores como Dios manda son la mayoría de ellos nombres de calles de la ciudad.

Como si fueran un anticipo de Podemos, los niños le declararon la guerra a los santones que el mismo Álamo, que fue siempre muy dado a desmelenarse, calificó de “mohosos pero venerables residuos del enciclopedismo, a través del Imperio, recios y duros ahora, imposibles de flexión en sus ideas, carentes por ley vital e inexorable del efluvio que sólo la juventud y el entusiasmo producen”. Entre los santones otros tantos y obligados nombres de calles.

Junto a la muchachada se alineó la colonia extranjera y sus descendientes dispuestos a colaborar en las tareas de modernización de la ciudad. Se desterró, al fin, el manto y la saya de la vestimenta de las mujeres, con las que se las ingeniaban para cubrirse la cara casi al completo dejando descubierto un ojo, el izquierdo por lo general. Las llamaban las “tapadas”. Los hombres tendían a europeizarse aunque en las clases obreras y campesinas seguían con las “nagüetas”, la camisola y la manta pastora, con polainas y montera. Muchas cosas estaban cambiando y a punto de nacer estaban el Gabinete Literario, la Sociedad Filarmónica.

Del grupo fue Antonio López Botas quien tuvo la mayor dedicación política. En 1849 se convierte en alcalde de Las Palmas de Gran Canaria y al año siguiente lo vemos en la comisión organizadora de las Cajas de Ahorros. En 1852 se convierte en director de El Porvenir de Canarias y al año siguiente sale diputado por el distrito de Guía. En 1862 es de nuevo alcalde de Las Palmas, cargo que abandona en 1868. Ayuda a los conspiradores recluidos en la ciudad, que en septiembre de ese mismo 1868 derrocarían a Isabel II. Al año siguiente volvería a salir diputados por Guía y en 1871 sería relevado políticamente por Fernando León y Castillo. Arruinado, marcha a Cuba como fiscal del Tribunal de Cuentas y muere en La Habana el 11 de abril de 1888. En 1904, quince años después, sus restos son recibidos en Las Palmas de Gran Canaria.

Puede decirse que si la Ilustración dispuso las cosas para que la ciudad se acercara a la modernidad, ésta se consiguió en el siglo siguiente en el que destacó como hombre fuerte Antonio López Botas con fama de hombre fuerte y exigente. Se cuenta de él que pagó de su bolsillo algunas obras en la ciudad. Una de ellas, si mal no recuerdo, en la Plaza de Santa Ana. Sus descendientes suelen cargar a esa generosidad las dificultades de sus últimos años.

El caso es que entre la Ilustración y el grupo de La Laguna discurre un periodo de tiempo en que la ciudad adquiere la imagen que mi generación conoció durante la infancia y primera juventud. Luego vinieron los años 60, su segunda mitad, prolongados en los 70, en que acabaron con ella, eliminaron su singularidad y no sé si veremos para qué.

Sobre este blog

Etiquetas
stats