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Nosotros somos el virus

El coronavirus somos nosotros, los habitantes de este planeta condenado a muerte por los depredadores de siempre. Y nadie es inocente. Que nadie presuma por ello porque todos tenemos una parte en este ritual de destrucción.

Tengo las pruebas. No necesito laboratorios ni científicos graduados en Harvard ni aficionados a pandemias dándome lecciones de química y demás ciencias artificiales. La verdad la he descubierto yo solita cuando he visto las imágenes que me llegan de todos los rincones de la tierra: ballenas resoplando cerca de las costas de mi isla, los delfines en grandes grupos saltando felices por el horizonte, las cabras sueltas por la orilla de una playa, los ciervos paseando por el centro de grandes ciudades, los pájaros alborotados en mi huerto, las hormigas desfilando felices por los muebles del jardín, el rebrotar de la vida en los bosques de la tierra, la transparencia del agua en los océanos, la formación de dunas donde ya sólo cabían cuerpos, toallas y cremas solares. Sería largo de enumerar, pero lo he visto, y he tardado algunos días en meditar sobre ello y me asaltaran las preguntas. ¿Dónde está el virus que nos mata? ¿Dónde el peligro que nos enferma y extingue? ¿Quiénes son esos desaprensivos que siguen jugando con la vida de los demás formando corros, organizando fiestas, arrojando guantes y mascarillas en las puertas de los supermercados? ¿Quiénes aplauden desde sus ventanas a todo el cuerpo sanitario y, a continuación, salen a la calle y no respetan ni las distancias ni la higiene que esas mismas personas les recomiendan? ¿Quiénes matan a los ancianos y los abandonan en centros de tortura donde mueren solos en camas sin limpiar cubiertos de excrementos y donde los llenan de fármacos para dormirlos y que no molesten a los hijos, a los nietos y a los cuidadores y que sólo sirvan para incrementar los ingresos de sociedades que mueven grandes capitales controlando esos lugares y beneficiándose económicamente de ellos?

No. No existe el coronavirus. El coronavirus somos nosotros, los habitantes de este planeta condenado a muerte por los depredadores de siempre. Por las aves que acuden a la carroña y se alimentan de ella. Y nadie es inocente. Que nadie presuma por ello porque todos tenemos una parte en este ritual de destrucción. Unos porque lo hacen y otros porque lo admiten. Unos por la ceguera de su ambición y otros por la ceguera de sus corazones que nunca han sentido la vergüenza de participar en el horror de tal masacre. Hemos destrozado el mundo que nos ofrecieron alguna vez libre de enfermedades y catástrofes y lo hemos convertido en un basurero en el que ya no viven en libertad ni animales ni personas. Hemos contaminado el mar, los bosques, los terrenos de cultivo y nuestras propias casas. Hemos contaminado las granjas, los animales que nos alimentaban y los frutos que nos hacían mejorar la vida. Los lugares de ocio los hemos convertido en espacios cerrados a la vida y la alegría llenándolos de alcohol, de drogas, de músicas estridentes que nos vuelven opacos y tristes. Todo es una enorme mentira y, encima, cuando lo dices te tachan de catastrofista, de mesiánica, de enajenada mental en manos de grupos atacados por la fiebre del misionero, esa que te hace pensar que el hombre es bueno por naturaleza y sólo en la naturaleza podrá ser salvado.

No. No soy de esas, pero sí que creo que todos somos culpables. Todos transportamos el virus cuando permitimos tales desafueros. La corrupción, la rapiña, la desmoralización de los que nos rodean, etc., todos perpetramos el crimen de la destrucción de la tierra, el ganado, la agricultura, la pesca, la convivencia humana y el bienestar de la comunidad en manos de aquellos que viven para su propio beneficio y les da igual que se contaminen ríos y montañas, selvas enteras, pueblos enteros, océanos inmensos. Aquellos que no ven la agonía de los peces, la desaparición de las especies, el derrumbe de montañas de hielo, la deforestación de las selvas de medio mundo, la contaminación del aire y de los pulmones de la humanidad. Ni siquiera la iglesia se salva de esta pandemia. No valen misas ni rezados a los muertos. No valen caridades ni servicios al prójimo cuando han permitido, también con su silencio, que todo sucediera como ha sucedido. Ella lo sabía y cuando alguien ha levantado la voz contra tales desmanes lo han crucificado en cualquier cruz de cualquier parte. Desde hace siglos hemos visto avanzar estas pandemias, desde Roma y antes de Roma la destrucción de las tierras y de los hombres que las habitaban han llevado a los grandes imperios a sufrir pestes y otras enfermedades que son más inventos de los hombres que de la naturaleza que les rodeaba. Hoy es lo mismo. Tiene un nombre distinto, pero lo hemos creado nosotros. Nosotros. Ni China, ni los murciélagos ni laboratorios en vinagre. Nosotros, todos juntos, hemos hecho revivir la muerte una vez más.

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