Manolo 'Fritita': amaestrador del yeso, artista del revestimiento

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La personalidad profesional de Manuel San Juan Zerpa (Santa Cruz de La Palma, 7 de agosto de 1936, aunque anotado oficialmente el 7 de septiembre en el Registro Civil), conocido popularmente como Manolo Fritita, se enmarca en una saga experimentada de yesistas —también conocidos como yeseros y, más impropiamente, escayolistas—, maestros de la albañilería fina y del arte del enlucido de interiores, que mantuvieron durante varias décadas esta estirpe laboral, hoy condenada a disiparse. Casi todos se formaron a pie de obra, iniciándose en la base misma de las jerarquías profesionales de su oficio hasta llegar a la categoría de auténticos «maestros».

Desprovistos de los avales que proporcionan las titulaciones y certificaciones académicas, sus carreras se han movido por unos derroteros que nada tienen que ver con el común denominador. Buena muestra es el camino recorrido durante algo más de cuarenta años por Manuel Fritita, cuya vida laboral en su especialidad despuntó junto a uno de los líderes de su linaje familiar, su primo Manuel Pérez San Juan (Santa Cruz de La Palma, 24 de septiembre de 1939), alias Nolo o Motroco —inscrito en el padrón municipal de 1970 con la profesión de «albañil»—, con quien comenzó su primer aprendizaje. Manuel San Juan Zerpa compartió el sudor en la frente y los callos en las manos con otros parientes, entre los que sobresale, por tantas horas de labor conjunta, el nombre de Sixto Pérez San Juan (Santa Cruz de La Palma, 1949-2020), fallecido el pasado 27 de julio. Y, con ellos, también: Gregorio Pérez San Juan (Santa Cruz de La Palma, 1952), alias Goyo («pescador» de profesión según el padrón de habitantes de 1981), y su hermano Miguel Pérez San Juan (Santa Cruz de La Palma, 1936), alias Guelo Pajita. O los hermanos Cholata, José Luis (Santa Cruz de La Palma, 29 de enero de 1958), alias Vis, y Miguel (Santa Cruz de La Palma, ¿-Las Palmas de Gran Canaria, ?) Samblás Pérez.

La saga de los San Juan, integrada por varios primos hermanos, es quizás el último baluarte desde el que defender una labor artesanal con destino a la desaparición, pese al prestigio que sobre todo durante el siglo XX llegarían a alcanzar estos y otros peritos yesistas palmeros. Apenas queda quien pueda, quiera ni sepa continuar esta tradición, a caballo entre lo manual y lo perfeccionado (la eterna tensión entre artesanía y arte). Por eso, el testimonio de don Manuel San Juan Zerpa constituye una fuente fundamental para adentrarnos en los entresijos de un oficio que nos ha legado guarniciones para vanos, marcos labrados para puertas de salones, armarios empotrados, estanterías… Y que más recientemente (en 1989) armó en el subsuelo del Teatro Chico el área de camerinos (antes inexistente), articulado por las manos expertas de don Manuel San Juan Zerpa y curiosamente restaurado en 2011-2012 por uno de sus hijos, Carlos Luis San Juan Cabrera (Santa Cruz de La Palma, 28 de junio de 1975). La Biblioteca de Teatro Antonio Abdo se ha acercado (19 de octubre de 2020) a su carrera profesional, que ha dado al mundo de la escena tantas obras aún hoy permanentes y tantos otros trabajos efímeros cuyo retrato se ha preservado congelado en distintas instantáneas fotográficas.

Víctor J. Hernández Correa. Al margen de la albañilería y de la artesanía tabaquera, ¿qué relación mantuvo con la fábrica de fideos de don Miguel Pérez Santiago?

Manuel San Juan Zerpa. Yo estuve allí cuando estaba aprendiendo el oficio de tabaquero. Tendría como diecisiete años. Entonces uno de mis hermanos, Esteban (que era el encargado de preparar la masa y luego se colocó como cocinero en el Bar Melo), me dijo que hacía falta gente, y ahí estuve como unos nueve años. Fue en la época artesanal, porque luego vinieron unas máquinas nuevas que lo hacían todo: macarrones, fideos y todas esas cosas. Cuando ya salí de la fábrica de fideos, yo siempre iba a las obras donde estaban mis primos y los veía trabajar.

En la Molina yo hacía lo mismo que los demás: recoger los fideos y llevarlos a la secadera, meter masa para que saliera el fideo por debajo, que se hacía con la mano. Después, cuando llegó la maquinaria nueva, que hacía la masa con todos los ingredientes juntos, salimos los dos últimos que estábamos de la etapa artesanal. Y a los dos o tres días, ya me metí a trabajar con el yeso. Y el mismo día, por la tarde, a echar una mano, que me metió mi primo Manolo en la obra de edificación del Cabildo.

La pasta llevaba harina y un color que se le añadía: todo eso salía luego por la maquinaria; por una, los fideos, por otra —que estaba por detrás— se hacían en rosas, que salían por unos tableros que se llevaban a la secadora. Los macarrones, que los había largos y en coditos, se formaban con un disco redondo. Otras variantes eran las lengüitas de pájaro, las estrellitas, los ojitos perdiz

VJHC. Como otras tantas familias de Santa Cruz de La Palma, especialmente de los barrios de San Sebastián y San Telmo, usted estuvo relacionado con el mundo de la artesanía tabaquera. En su caso, ¿cómo se estableció ese vínculo a través del chinchal de los Gibrán?

MSJZ. Mi madre, Francisca Zerpa García, trabajó primero en la fábrica de tabaco (yo era pequeño, un gallo que venía de la escuela y me metía allí) de arriba, en la de don Pancho Gibrán [don Francisco Concepción Pérez, dueño de Gloria Palmera]. Después, cuando tenía unos… doce años —le echo yo— fui a la fábrica de tabaco de don Juan Gibrán [don Juan Concepción Pérez, que tuvo las marcas de puros La Caldera y Palmita y los cigarrillos Garden], al bajar la calle de La Luz. Era «el empleo», y venga y venga y venga. Y, por cierto, mis primos estuvieron también en la fábrica de La Luz: cargando cajones, tendiendo tripa para los tabaqueros trabajarla, llevándoles material… Cuando tendría yo unos diecisiete años, mi hermano Esteban me dijo: «Mira, hace falta una mano en la Molina». Y entonces fue cuando fui a la Molina de don Miguel Pérez Santiago [calle Blas Simón, n. 11].

Aunque lo cierto es que a mí el trabajo que me gustaba era el de panadero. Yo iba por la mañana a aprender el oficio y por las noches me iba a la panadería a hacer algo, en la de arriba, en la de la carretera, en Timibúcar. Luego cerró esa panadería y se abrió la de Jorós. No vine por tonto, porque yo podría haber venido. Y yo no me vine porque me fui a la Molina. Muchos otros chicos de los que trabajaban en Timibúcar se fueron a Jorós. Yo cortaba pan que me cortaba los dedos como un loco. Era la panadería de don Pancho Punche [Francisco Pérez Concepción]. Iba allí por las noches y luego me daban el pan por estar cortando allí. Y al otro día, por la mañana, me iba a la fábrica a aprender el oficio de tabaquero. Y allí terminé de aprender. No me gustó. Fue uno de los oficios que aprendí y no me gustó mucho. Veces, mi hermano me llamaba y enrollaba [enrollar, ‘torcer’, según el Vocabulario tabaquero de La Palma de A. Rodríguez Concepción]. Por ejemplo, cuando yo no tenía material (porque el material de yeso…; veces, estabas trabajando y en una semana terminabas un chalet, o hacías algo o el yeso tardaba en venir…), me iba a la tabaquería.

En la tabaquería también trabajan mis primos Nolo y Miguel. Y con doce o trece años (para tender ropa), me acuerdo yo que cuando íbamos allí y llegábamos un fisco tarde, decía don Juan: «¿Dónde vienen? Búsqueme una tabla ahí». Y otro se ponía papeles en el culo porque parecía que le iban a pegar. ¡Fíjate tú todo lo que hacíamos, muchacho! Nos cogía y nos pelaba rente —pero él mismo, o Diógenes, un hijo de él— y después, tas, tas. ¡Todo lo que uno ha pasado! ¡Eso era muy bonito! Bonito, pero, sí, pues claro, no tenías otra cosa. Me acuerdo que te daban un duro (que lo llevaba uno para la casa) y una peseta para el matiné. ¡Eso era el sueldo! Ja, ja, ja. El cine era: el matiné, que era por la tarde (no sé si empezaba a las cinco o a las seis), y el cine por la noche. Y luego iba al Cine Avenida. ¿No iba a ir, si no me costaba nada? Porque era el cine de don Miguel Pérez Santiago el de la Molina. Yo iba al cine ahí porque no me costaba nada. A nosotros, que íbamos abajo, a la Molina, a ninguno.

Ahí cogíamos también —por ejemplo, cuando llegaban las Navidades— la harina, que se la llevaba yo a la panadería de San Sebastián, a la de don Maximino Concepción Cabrera, que era donde estaba Rafael Rodríguez González [Santa Cruz de La Palma, 1927-2008] (que trabajaba en La Harinera), en la calle Francisco Abreu. Y nos hacía el pan de manteca para todos y luego lo repartíamos en la Molina. Que la gente decía: «Pero, ¿cómo es posible que ese pan salga grande?». «¿Cómo es posible? ¡Si nosotros llevamos la harina de aquí, la mejor, que es la harina de fideos (tenía que ser la mejor), y la que venía de Alemania, que la rebujábamos en sacos chicos!». ¡Eso era terrible! Y el pan levantaba esto. La gente decía… Y Rafael: «Pero, ¿tú no ves que la harina que tiene es de categoría?». La mejor del 77, que era la de fideos, que es una harina para dejarlo duro ¡y blanca que da miedo!; y la que ligábamos cuando la traían de allá, de Alemania. Y después los sacos esos se vendían: para hacer camisas y para hacerse montones de ropa, en ese tiempo. Era una harina especial que venía en sacas de cincuenta kilos. Y después se mezclaba con la que se hacía aquí, con la mejor: era blanca. Y para los fideos querían una harina que fuera fuerte, porque luego, cuando se secaba, el fideo quedaba duro. Y los macarrones, igual. Ahí me pegué yo casi nueve años trabajando. Los fideos no faltaban en casa. Fideos había siempre.

Y en la panadería también. Me iba por las noches y estaba allí hasta la una o hasta más. ¡Así iba al otro día al trabajo, a la fábrica, y me quedaba hasta dormido! Me pedían el material y veces tenía que salir corriendo («¡Mira, que te están pidiendo material!») a llevarles tripa [‘relleno del cigarro’, según el Vocabulario tabaquero de La Palma de A. Rodríguez Concepción] a las mesas a los tabaqueros. Y empecé a trabajar ahí antes de irme para la Molina, pero no me gustó nunca el oficio. A veces me llamaba mi hermano: «Ven, para que me enrolles algo». Y yo: «¡Buf!». No me gustaba estar sentado. El temperamento no… ¡el temperamento!

Ya, incluso, por último, donde menos fui fue a casa de Gibrán [a la tabaquería de Francisco Concepción Pérez] —que estaba mi cuñado Armando [Ubaldo Armando Padrón González] allí, que era el capataz—, y me ponía a enrollar (cuando no tenía trabajo) una semanita, tres días, cuatro días, los que me hiceran falta. Y luego iba a trabajar con el yeso otra vez. Y con los años me metí en la máquina. ¡No hice poco en esos Llanos, en Tijarafe… en todos sitios!

Pero ya te digo: lo blanco me gustaba a mí. Yo, lo mío era lo de panadero. Y de tonto, porque si yo, cuando ellos bajaron a Jorós de arriba, que cerraron la panadería… Y mira que don Pancho me lo dijo: «Manolo, ¿por qué no fuiste para abajo y te metiste en la panadería?». «No, es que mi hermano Esteban me dijo que me fuera para la Molina». Porque yo podría haber estado en la panadería y me habría retirado en la panadería de Jorós. Pues, sí, me gustaba. Mi hermano amasaba con otro amigo pan, y mamá y yo lo repartíamos por la carretera. En esos hornos que se usaban en las casas. En Montecristo había uno, en casa de Clemensol [San Juan San Blas (Santa Cruz de La Palma, 1934-2011)]: había un horno dentro de la cocina. Era rara la casa de por allí que no tuviera un horno de esos. Porque donde vivió Sixto también había un horno. Sixto la defondó y se hizo toda la cocina nueva, que íbamos nosotros a trabajar por allí. ¡Bah! ¡Mira que nos reímos los domingos cuando íbamos a trabajar! A ayudarle. ¿Cinco o seis allí? Una vez llegó José Luis, y Goyo, rascados los dos, por la mañana. Y Sixto, con un caldero de papas. Y José Luis dice: «Esto hay que escurrirlo, que las papas ya están». ¿Estarán? Se resbala, se cae y bota la cazuela, las papas corriendo por allí, por los canteros… ¡Mira! ¿Sixto? Los botó a la calle: «¡Fuera!». Es que Sixto, con el calentón, era jodido, ¿eh? ¿Sabes lo que le pasaba a él? ¡Que se calentaba enseguida! Porque, ¿Vis? Vis lo jodía mucho. Una vez estaban trabajando juntos. Y Sixto: «Tírame la picareta». «Te la voy a tirar, va a caer en el escalón y te va a dar a ti». Se la tiró y le mandó. Y Sixto le corrió atrás, ¡a matarlo! ¡No sé qué! Otra: él, cuando iba a desayunar, no quería que se le metiera nadie allí. Porque él, si le gustaba la comida que llevaba, se la desayunaba: «A mí me da lo mismo. A mediodía me pego una manzana o lo que quiera que sea». Y Vis, un agujero encima, pelando un plátano y, ¡pumba!, pa’ abajo el plátano. ¡Mira! Eso corría para arriba y dejaba aquello…

¿Y Goyo? Ya te digo, con Goyo trabajé yo mucho. ¡Goyo me hacía cada cosa a mí! ¿No se me fue para Tenerife y llego yo a trabajar al Colegio de El Puente y me pregunta Antonio Anita por él?: «¿Y Goyo?». «Pues yo no sé dónde está?». Y no sé a quién le pregunté yo… Dos días, tres días a lo menos pasaban cuando me llama de Tenerife y me dice: «Manolo, ¿puedo ir otra vez para ahí?». Y yo: «¡Pero yo no sé ni dónde estás! ¡Pues claro que vienes pa’ acá, que me tienes solo a mí aquí?». Era un araña. Era muy bueno. ¡Me dio pena! De Goyo sí te digo yo que me dio mucha pena a mí cuando se murió. Ya después trabajó mucho solo. En Tenerife trabajó bastante. Y en Lanzarote. Fue bastante, bastante, bastante.

A veces, cuando viajaba yo a Las Palmas a algo, iba a buscar a Guelo Pajita y me decía: «Vamos al muelle, que ahora vienen a pagar aquí». ¡Mira! ¡Los follones allí, muchacho! ¡Y esa gente, fíjate tú, canariones allí! Y me decía: «Manolo, vétete pa’ allí y no vengas pa’ aquí». ¿Eso? Hasta se fajaban, porque bajaba el tío a pagarles: «No, a ti me dijo que es mejor que te diera tanto, que esta cantidad no es». «¿Cómo que no era tanto el dinero?». Y, así, follones. Y eran tremendos. Pero se trabajaba mucho. Porque en ese sur de Tenerife, en Las Palmas, en ese tiempo, ¡cuánto se hacía! Resulta que allí quieren mucho el yeso a mano, porque yo vi que había máquinas y… ¡no! Veces los veía con la pasterita y me paraba por eso y los veía trabajar.

La familia de mi madre venía de Lanzarote, de Haría. Creo que todas las hermanas nacieron allá también. No sé si aquí nacería alguna. Ellas vinieron con abuela, [Ramona] Romana García Rodríguez, para La Palma. A mí me dijeron que vino para acá con dos años. Abuela vivió en Puntallana. A ella le quedaron algunos hermanos allá que le mandaban cositas; chícharos, por ejemplo, que era algo típico de Lanzarote. Pero ya ellos, después, no sé qué pasó ahí, pero a ella se le quemó la casa y, claro, también los papeles. Ahí estuvo mi primo Adolfo Zerpa, que ya murió. Él vivió luego mucho tiempo en Madrid. Él hacía timples. Los tiene Medina, yo tengo también en casa, toda esa gente tiene timples de él, el Rubio [Felipe Santiago Fernández Castillo]. Él nos hizo un requinto también a nosotros, para Los Viejos, el primer requinto que tuvo el grupo de Los Viejos. Se dedicaba a eso. Yo sé que mi madre tuvo que pedir una partida de nacimiento que le enviaron desde Las Palmas por ser la capital de la provincia. Pero no sé a qué edad vino ella para acá. Yo nací por la Cajita Blanca, ya subiendo Montecristo, un poco más arriba de donde últimamente vivió mi primo Sixto, que en ese entonces tenía la casa detrás de la nuestra, que éramos puerta con puerta. Y luego, ese San Sebastián. ¡Ese Sebastián! ¡Era lo más grande la gente que vivía allí!

Mi padre, Eduardo Tadeo San Juan López, se dedicaba a llevar cosas por ahí (no sé si de la casa Cabrera) para Los Llanos, como transportista, de racionamiento… Esas cosas que se hacían antes. Que yo no sé cómo llevaban esto, porque antes no había carreteras. Lo llevarían con burros y carros. Yo vi una foto de allí, del Dornajo… gente hasta con camellos allí en San Sebastián.Y digo yo: «¿Y esto de cuándo fue?». No, sí es verdad: la gente con las cachuchitas toda. Y burros y todo allí. Parece que allí paraba toda esa gente.

VJHC. ¿Cómo dirigió su carrera profesional hacia la albañilería, la instalación de molduras, frisos, arcos, ménsulas, collarines, escocias de yeso y la construcción en general? ¿Hubo antecedentes en su familia?

MSJZ. Mis primos fueron los que empezaron en mi familia. Mi primo Nolo, por ejemplo, aprendió mucho, sabía bastante. En esos tiempos no se iba a la Escuela de Artes y Oficios. ¿Quién iba a la Escuela de Artes y Oficios? Era trabajar y trabajar. A mi primo Nolo lo enseñó una gente de Tenerife que estuvo no sé si fue en el Hotel Mayantigo [calle O’Daly, n. 37; levantado según proyecto de Tomás Machado y Méndez Fernández de Lugo firmado en 1959], cuando se estaba fabricando. Alguien lo enseñó y allí aprendió él. Él trabajó mucho aquí porque estaba casado, pero ya después se fue para Tenerife. Y Miguel se fue para Las Palmas. Y trabajaron allá. Manolo sabía hacer muchas cosas. Y era rápido. Pero para virguerías, Sixto. Era un fenómeno. Nolo hacía todo lo que le pusieran… Es que Nolo era… todo. Él venía muchas veces a trabajar aquí. Era muy rápido con la escayola.

A la tabaquería iba yo cuando no tenía yeso. El yeso, veces, tardaba en venir a La Palma. Entonces me echaba una semanita, por ejemplo, enrollando, hasta que me avisaban. O a suponer: un chalet, ¿qué tardabas? Una semana para hacerlo, entre tres o cuatro. Y lo hacíamos. Que, con la máquina, hoy lo haces en un día.

VJHC. ¿Quién o quiénes fueron sus principales maestros?

MSJZ. Mi primo Nolo, Manolo. Y después yo trabajaba con mi primo Miguel también, juntos, haciendo los avíos. Después me ponía a trabajar con otros. Cuando yo ya aprendí bien (él ya se fue para Tenerife), ya trabaja yo con Goyo, con Sixto, con Miguel y alguno más. Los chicos eran todos así. Lo que pasa es que el trabajo era ese. A lo mejor a mí me salía un chalet, por ejemplo, para Velhoco; ibas allí y en una semana lo terminaba. Con una máquina lo terminas en un día. ¿Me entiendes? Y veces, cuando yo no tenía, me iba a la fábrica y enrollaba puros.

VJHC. ¿Cuáles fueron sus primeros trabajos como discípulo? ¿Y cuáles como maestro?

MSJZ. El primer edificio fue en el Cabildo Insular, que fue cuando Nolo me llevó, que estaba trabajando en su construcción. Después de ahí no sé si fue en la Delegación del Gobierno. Ya trabajaba solo yo en el Cuartel de la Guardia Civil. Después la obra del Ave [calle O’Daly, n. 34], un edificio grande que está por debajo de la [Zapatería] Campana [calle O’Daly, n. 30], estábamos juntos. Ahí trabajamos mucho, que lo hizo Cabezola. Después le hicimos también a Cabezola el edificio grande de la avenida El Puente [n. 31]. Ahí trabajé un montón de tiempo. En la Caja [Insular] de Ahorros [avenida El Puente, n. 23; hoy, sede de Caixa Bank] también… En el Hotel San Miguel [avenida El Puente, n. 33] fue donde más me pegué yo. Porque en esos otros trabajos, éramos todos juntos, pero en el hotel estaba solo yo (porque antes Nolo me tenía asegurado), haciendo coñadas: vigas, un montón de cosas allí dentro. Después con Goyo estuve trabajando en Los Sauces. Fuimos a El Hierro juntos también. A El Hierro fuimos Miguel Samblás, Toño mi hijo, Goyo y yo. Eso fue cuando la barriada. Pero después, el Palacio de la Justicia, nada más que Goyo y yo.

Recuerdo que estábamos por la mañana para ir a trabajar y, así se asomaba por la ventana, dice: «Manolo, acuéstate que esto no está ni pa’ vampiros». «Pero, ¿qué está diciendo?» —pensaba yo—. De la bruma, de la bruma que había. ¡Es verdad! Es que no había sino la carretera. ¿Nosotros, tú sabes lo que hacíamos para poder trabajar? Trancar las ventanas con tableros y encender los bombillos. Porque se te metía aquella bruma que bajaba para abajo y allí no podías trabajar dentro de la obra. ¿Eso? No veías a nadie. Sí, señor. Es que mi primo Goyo era muy gracioso. O sea, yo me acuerdo de cosas de él y yo me río solo. Y, veces, me río tanto…

VJHC. ¿Cuáles son las herramientas fundamentales de un buen trabajador del yeso?

MSJZ. ¿En la artesanía? La pastera [derivado de pasta, ‘pileta de madera para amasar, efímera’, según el Diccionario de la Real Academia], que se hacía con madera del mismo tipo que llevábamos a la obra y la hacíamos, como una cruz para amasar. Una talocha o plana grande [voz derivada de talacha ‘trabajo fatigoso’, según el DRAE], que se hacía también de madera (que yo, la mejor que tuve fue una de plástico o de fibra, ancha, que me trajeron de Sevilla. Eso era… que daba gusto). ¿Pero esas de madera? ¿Grandes así? Esas las hacíamos nosotros o un carpintero te la hacía. Y la madera buena para eso, que pesaba, era el abebay, porque era dura y era muy buena para eso. Y todo eso era a mano, y a techo. Y planas [‘llana de metal’, según el DRAE], planas había que usarlas, mi hijo. Espátula [‘paleta, generalmente pequeña, con bordes afilados y mango largo, que utilizan los farmacéuticos y los pintores para hacer ciertas mezclas, y usada también en otros oficios’, según el DRAE] para raspar. Generalmente, por último ya se hacían filos, pero cuando se hacían las medias cañas, botabas el yeso y tenías un aparato de madera redondo que hacías tatarrá, lo pasabas. Eso lo usábamos nosotros mucho. Si estaba cambado, el yeso que le echabas no te cogía sino lo que era y te quedaba derecho: los rincones. También usábamos un botellín de cerveza para redondear las esquinas. Pero eso de madera era bueno. Era redondo. Botabas el yeso y lo pasabas y te quedaba casi derecho. Los viernes se daba gasoil a las herramientas para su conservación.

Y el yeso tenía eso. ¿No ves la pastera esa? Pues… Y depende de los yesos, porque el yeso últimamente venía en sacos. Todo eso cernido. Venía mucho de Alicante. Y había marcas buenas como el Lillo [por Carlos Lillo, el explotador del yacimiento alicantino El Algepsar, también conocido como Les Canteres de Carlos Lillo], que era uno de los mejores. Para retenerlo se le echaba un poco de guano. Lo que pasa es que hay yesos rápidos, otros… Había unos que se llamaban prontos, que había que echarles más cantidad del guano ese. También venían unos polvos. Y le echabas una cucharita. Pero no, uno quería más el guano que eso. Amasabas lo que amasaras: dos cubos o tres cubos juntos y le echabas un poco de eso y lo retenía y te daba tiempo a gastarlo. Para no desperdiciarlo.

VJHC. ¿En qué establecimientos adquiría usted las materias primas de su trabajo?

MSJZ. No, eso venía de fuera. Eso no lo comprábamos nosotros, sino que lo traían los constructores de las obras a las que íbamos. Eso no era a cuenta de nosotros.

VJHC. ¿Creó moldes para molduras?

MSJZ. Más que moldes, tarrajas [también llamadas aterrajas o terrajas; ‘tabla guarnecida con una chapa de metal recortada con arreglo al perfil de una moldura, y que sirve para hacer las de yeso, estuco o mortero, corriéndola cuando la pasta está blanda más que moldes’, según el DRAE]. Hacías el dibujito en una lata. Sixto lo hacía siempre así, lo hacía mucho. Y hacía moldes de cemento. Pero después las molduras venían, que las compraba uno porque venían hechas.

VJHC. ¿Existen claves que nos permitan diferenciar un trabajo de yeso esfoscado y una labor de escayola para molduras?

MSJZ. El yeso es bruto porque cogíamos y eso era turruú. Y la escayola era una cosa fina, era una cosita que… estabas más limpio. Con el yeso estabas todo, ¡yas!... Era distinto.

Las molduras se hacían con una mezcla de escayola. Y el yeso es distinto. Por ejemplo, para dar un refilado, lo hacías de escayola, y refilabas las paredes en yeso en bruto.

VJHC. ¿Cuál es el trabajo que le costó más realizar por sus dificultades técnicas?

Lo más pesado era poner una moldura (mientras aprendieras) por los cortes que tenías que hacer. Eso era lo difícil: aprender a poner la moldura y a cortarla. O los techos de caña. Por cierto, toda la galería del Teatro Chico la hizo Sixto con caña. Luego, en el techo de la sala, en forma de herradura, ya lo ayudé yo. Pero lo de arriba se lo pegó él todo con caña. Es que antes se usaban las cañas. Por ejemplo, las planchas se hacían todas en la casa, se hacían por ahí antes de traerlas terminadas a la obra; todo era con caña. Sin embargo, luego empezó a venir material de fuera, prensado, que era la plancha. ¡Eso ha cambiado todo! ¡Mira, hoy es el pladur [‘material compuesto de placas de yeso, usado en construcción y en la distribución de interiores’, según el DRAE], ya no es la plancha, ya no se usa!

VJHC. ¿Hay alguna obra de la que se sienta especialmente orgulloso?

MSJZ. ¿Orgulloso? Pues yo cuando cobraba y me iba para casa. ¡No! Yo hice muchas obras que sí. Yo trabajé mucho haciendo chalets en Palmasol, con Manuel Poggio Castro. En algunos edificios de la calle Real hicimos techos con ripia. Eso era malo. ¿Techos? Techos hicimos unos pocos. Y después, en Los Sauces mismo, ¿cuánto trabajé yo en Los Sauces? En el edificio grande donde está la Caja de Ahorros, por ejemplo, estuvimos mi primo Goyo y yo. Y vinieron también Sixto y Vis. Estábamos los cuatro juntos. El instituto, en la parte de arriba, lo empezamos también con Antonio Anita. Después en la academia que hizo Miguel, estuve allí también. A la entrada, la residencia que está, también. La casa que está enfrente de Feliciano, también. Y después me fui con Antonio Anita a El Hierro a hacer el Palacio de Justicia.

VJHC. ¿Qué diferencia existe entre el yeso aplicado a mano o yeso amaestrado y el yeso proyectado que se da hoy en día?

MSJZ. ¡Buf! Es muy distinto, mi hijo. El yeso amaestrado consiste en tirar el yeso sobre la pared limitándolo con unas maestras (unas tiras de aluminio, por ejemplo, que sirven de guías) para luego rasparlo y que quedara derecho. El yeso proyectado, yo cuando empecé a trabajar, ya después por último, que me metí con una máquina, sí extrañaba… pero, ¡claro, lo aprendí enseguida! Porque era regla y a estirar. Porque uno ya sabía de lo otro y, más o menos, iba con él directo. Pero es muy distinto. El material es muy fuerte, como si fuera cemento. Y avanzas mucho más. Porque una vivienda la haces en un día y medio. Y de la otra forma tienes que estar una semana para hacerlo. Y corriendo.

Estuve en Tijarafe, haciendo la barriada. Estuve en Puntagorda (ahí estuve con Goyo y Miguel; mi hijo también). En Santo Domingo de Garafía. Menos para Tenerife, que estuve a punto de ir y no fui… No fui porque yo tenía trabajo aquí.

Eso era lo que pasaba: que con los trabajos de los chalets… (en Palmasol hice unos cuantos). Eran trabajitos de una semanita, una semanita y pico. Descansabas. Después volvías otra vez. Y Carlos, mi hijo, sigue aprendiendo las virguerías; las aprendió él.

VJHC. Entre los compañeros que ha tenido a lo largo de su carrera, ¿a quiénes recuerda más y por qué?

MSJZ. Pues yo al que recuerdo es a Goyo, que fue el que más tiempo estuvo conmigo. Y Goyo y yo… él me las hacía y yo se las hacía: trabajábamos juntos. ¿Él terminaba de repasar? Amasaba él. ¿Terminaba yo? Amasaba yo. Así, juntos los dos. Hicimos el Colegio del Puente [Gabriel Duque Acosta] los dos. Después, allí también fue otra gente a trabajar. Yo, cuando iba a todos mis trabajos a Los Sauces, lo tengo en todos conmigo. Y en El Hierro también: en el Puerto de La Estaca (haciendo la barriada aquella), en Frontera (un trabajo que había dejado una gente y fuimos a hacerlo también). Y ya después de ahí, de El Hierro, dije: «¿Cómo? Pa’ casa. Ya no vengo más nunca pa’ aquí». Muchos años más tarde fui con mi hijo Carlos. Y le hacía la comida y todo a ellos. Sí, sí. Para que ellos, cuando venían… en un ratito antes la calentaba, hasta que ellos vinieran. Sí, señor. Mucho frío aguanté cuando la primera vez que fui para allí. ¡El pobre Goyo! Es verdad. No se veía ni la gente allí. Llegamos en el barco y Goyo me dice: «Manolo, nos trajeron para la cárcel». «¿Qué dices?». Ja, ja, ja. Él tenía unas buenas pasadas. Muy buenas. Yo me reía con él que da miedo. «¿Tú no ves que no ves a nadie? ¿Dónde está la gente aquí?». Menos mal que venían los sauceros y dondequiera que íbamos, íbamos con ellos. Siempre nos llevaban.

¿Y cuando íbamos en la guagua para Los Sauces? Nos reíamos mucho, muchacho. Goyo era un jodión, ¿eh? Goyo era un jodión, pero bastante jodión. Yo, la más que me reí con él fue cuando vivía Cirila [María Pérez Pino (Santa Cruz de La Palma, 1909-2004), más conocida como doña Lola la Cirila] aquí encima, y nosotros en La Luz, esperando (Sixto y yo) para coger la guagua. La guagua salía a las seis y media de aquí. ¡Esas guaguas de antes! ¡Y recogiendo a los chicos! Y llegábamos a Los Sauces a los ocho. ¡Un cacho viaje…! ¡Desde las seis y media…! Y miramos para arriba y lo vimos detrás del poste, encondido. Y nosotros de aquí abajo: «Miau, miau…». Y cuando subimos para arriba: ¿y dónde está? Volvimos a su casa. Nos salió y se levantó como el que estaba acostado: «¿Qué dices?». Y resulta que… Él decía que irse para allá le jodía, irse para allá a esa hora… ¿Tú sabes el frío que pasamos unos para esos Sauces? Que veníamos de aquí desde las seis y media y llegábamos a los ocho allá… Esa guagua para; para; recoge chicos. Pero ya te digo: ¡Goyo era un jodión! A mi hermano lo tenía jodido. El Sixto venía para acá y traía unos dulcitos de Los Sauces, unos rosquetes, y Goyo: «Dame uno». Y Sixto: «¿Yo no te di antes uno allí, Goyo?». Y Goyo: «¿No me vas a dar uno? Dame uno ahí». Abre el postigo de la guagua y, ¡plum!, aventa eso por la carretera. Sixto se envenenaba.

Sixto me quería a mí más que el carajo. ¿Y tú puedes creer que lo fui a ver la primera vez que le dio eso y por último no quise ir? Digo: «Yo lo conozco como era y no quiero saber más nada». Y se lo dije a la mujer. Fui abajo, al duelo, y a la mujer sí fui a verla. Yo sé cómo era él y no me gustaba verlo. Porque, ya por último, hasta ella misma me lo dijo: «Manolo, ¿tú sabes cómo era él? Tú no vengas a verlo. Quédate ahí y no vayas». Yo no pensé nunca de él, muchacho… ¡Pero tenía unas manos…! 

VJHC. De seguridad laboral mejor no le pregunto… Ni cascos se pondrían…

MSJZ. ¿En ese tiempo, cascos? De gorros de papel, pasando fiscos de cartuchos de cemento de papel, que parecías Cantinflas. Un gorro bueno. Me duraba más de una semana. ¿Eso? No había seguridad. Eso nada. Había unos tableros, ponías unos y no ponías nada. Donde único me hicieron poner el protector —que se lo dije al arquitecto, que lo llamé— fue en el Teatro Chico. Dígole: «¿Cómo crees tú que voy a ponerme yo esto para estar en las paredes? Y se dio cuenta. Pum, pa’ la calle. «Bueno, pues ponlo ahí, al lado tuyo». Me dije: «Vale, pues lo pongo aquí, pero no me voy a poner eso en la cabeza: trabajando, refilando y todo». En el Teatro Chico estaba yo con Ginés Navarro. La empresa de Ginés Navarro era una empresa de fuera, una empresa grande. Ahí te obligaban a tener su mono, sus zapatos y todo. Venía él de Madrid. Y le dije: «Mire, que no puedo». «Ah —dijo—؅, ponlo (el gorrito) ahí al lado por si acaso venga un inspector». Porque se dio cuenta de que no podía. ¿Cómo iba a estar haciendo eso ahí y poniéndome un gorro de esos, que se me caía el gorro?». No. Había gente buena ahí. Ginés Navarro era una empresa de cojones buena. Buena, buena, buena. En Madrid era una empresa grande. En el Circo de Marte estuve refilando también. Yo hice las paredes en la primera fase. Luego estuvo otra obra.

Fíjate tú: la vida. ¡Y menos mal que tenemos un teatro! En el Teatro Chico daban también alguna película. Lo que el viento se llevó la vi con pantalones bajos, porque si no, no te dejaban entrar. Dieciséis años tenía yo y —como no te dejaban entrar— me ponía un pantalón de mi hermano que, veces, lo cogía y se me ponía hasta aquí. De mi hermano Eduardo. Y luego me lo tapaba con una chaqueta y se ponían a mirarme y a mirarme antes de dejarme entrar. Por cierto, el otro día la vimos, que la pusieron. Es una gran película. Sí. Lo es. No ha pasado el tiempo por ella. Lo que pasa es que es muy grande. 

VJHC. ¿Queda sucesión en su familia para continuar con este arte? ¿Y fuera de su familia?

MSJZ. ¿Que si queda alguno? Pues yo creo que el único que está, que puede servir, es Carlos, porque los demás son pintores. Lo único es que mira: conmigo trabajó mucho Toño [Antonio San Juan Martín (Santa Cruz de La Palma, 23 de junio de 1957)], un chico mío también, Nené [José Francisco San Juan Martín (Santa Cruz de La Palma, 24 de agosto de 1958)] también trabajó (que a Puntagorda él fue conmigo, ayudándome) y el que está en Las Palmas [Juan Manuel San Juan Martín, alias Manolo (Santa Cruz de La Palma, 23 de junio de 1957)] —que estudió—, todos los veranos, cuando terminaba el instituto, iba conmigo a trabajar. Y Motroco se lo llevaba también montones de veces. Era inteligente, el jodido, en eso. Lo que pasa es que no lo siguió porque él estudió lo que estudió y se fue. Y Toño, sí, le gusta. Y sabe cogerlo, sabe rebajar. Nené también sabe hacerlo, pero no le gusta: le mandas a hacer un remiendo, que él te lo coge.

VJHC. Entre sus aficiones, la música ha ocupado un lugar primordial en su vida. ¿Cómo se siente siendo uno de los pocos miembros fundadores en activo del grupo Los Viejos? ¿De qué manera se involucró en ese proyecto?

MSJZ. ¿Yo? ¿Cómo ahí en eso? Porque fui fundador con Santi [Felipe Santiago Fernández Castillo (Santa Cruz de La Palma, 1947-1990)]. Yo nací en la Cajita Blanca, pero aparte de eso, cuando me vine para aquí, para San Telmo, Santi hasta estuvo conmigo dándome avío a mí con el yeso, amasando, pasándome el material… Ya después le salió lo del muelle y se fue para el muelle. Empezamos cuatro o cinco, hasta que comenzamos con el grupo en unos Carnavales, que salió. Y venga. Y después: «Pues vamos a cantar aquí». Nos llamó el Club de los Leones. Nunca se me olvida. Cantamos una vez en el Circo. Otra vez en Tazacorte. Y después de ahí, ya esto hay que arreglarlo. ¿Arreglarlo? ¿Íbamos para la choza?: ¡Gente detrás de nosotros dondequiera que íbamos…! Hasta que dijimos: «Vamos a hacer una cosa seria». Ahora se fueron todos tres: Francisco, Pepe… Y el sobrino [Jesús Martín Fernández] es el que lo lleva ahora, y el hijo de Pepepe, que es el presidente [José Fernández Linch]. No, ya ellos me hicieron un homenaje ahí, en el Circo de Marte, cuando se cumplieron los cincuenta años. Pero ya se lo dieron y no hay más. Estamos parados. Este último disco lo grabé también.

Mira: la música cubana, como Los Viejos la tocan, no la toca nadie. Porque eso fue un ritmo que Santi lo hizo y nadie ha copiado eso tampoco. Ha sido un ritmo que nadie lo ha copiado. Nosotros nunca copiamos a nadie, sino que: entre quien entre, el ritmo es el mismo. Y me acuerdo cuando Carlos Puebla [Carlos Manuel Puebla Concha (Manzanillo, 1917-La Habana, 1989)] estuvo aquí y se lo dijo: «¿Esto? ¿En Cuba? Los grupos estos como —no me acuerdo cómo lo llaman ellos—… son los que cantan igualitos que Uds.». Y era el grupo con mucha gente. ¿Cómo aprendimos eso? Con todos los discos que encontrábamos. Santi era: un Fulano que tenía un disco y te decía: «Oye, préstame ese disco». Y se lo prestaba. Y no lo veías más. Y esos eran los discos con los que se hacía la música cubana. ¡Ah! Y las hijas de doña Herminia [Martín Rocha] y de don Mariano Riverol Gutiérrez (Mariano Pastor): Lujer (la madre de Marisa Brito Riverol) y Herminia (más conocida como Minita) Riverol Martín, que vivían aquí, por allá de casa. Doña Herminia había emigrado a Cuba desde jovencita, había aprendido canciones y se las enseñó a sus hijas. Nosotros íbamos, y el Rubio llevaba la guitarra y ellas cantaban en el comedor, con doña Herminia sentada delante, una canción: La Paloma, La Diosa, Las Ruinas, El Pastorcillo… Había muchas a las que les faltaba alguna letra. Yo me acuerdo, cuando nosotros estuvimos en una Bajada de la Virgen en Santo Domingo, que vinieron los Rivero, que eran dos cubanos y una cubana: empezamos a tocar La Paloma y no la conocían. Y preguntando que quién nos había traído a nosotros esa canción. Y, por cierto, que pidieron permiso, cuando nosotros estábamos tocando, si podían subir a bailar. Y les dijimos que sí: bailando ellos en el escenario y tocando nosotros la canción. A los Rivero. Que esa la cantó Siso [Narciso Gimeno Acosta] también, de aquí de La Palma (Siso, al poco de venir de Venezuela). El jodido Siso cantaba bien. A mí me gustaba mucho oírlo cantar. Era de los vocalistas buenos, buenos.

En la Masa Coral estuve también, estando mi sobrino Esteban [Esteban San Juan Pérez (Santa Cruz de La Palma, 24 de agosto de 1950)]. Estuvo el Rubio también. Unos Carnavales salimos (que no se me olvidará nunca el vestuario, que eran atavíos blancos). Para ahí hay alguna foto. Y un par de veces fui también. Y ya después, ya me dejé. Digo: «No». Hicimos el carro con Juan García [Juan Pedro García Martín (Santa Cruz de La Palma, 1945-2013)], el carro que se hizo arriba en San Francisco en 1995 [conocido popularmente como el carro paralelo, reposición del carro Los Cuatro Elementos, estrenado en 1935, con letra de Antonio Rodríguez López (Santa Cruz de La Palma, 1836-1901), original de 1875, y música del maestro Felipe Damián López Rodríguez (Santa Cruz de La Palma, 1909-1972)]. ¡Fuerte carro precioso! Que ahí estaban todos. Menos Carlos, estaban todos los chicos: estaba Alberto, estaba Javi…

Pero luego en la escenografía de los carros no trabajé. Esas carrozas de la Bajada de la Virgen quien las hacía era don Félix Castilla [Félix Martín Pérez (Santa Cruz de La Palma, 1908-1989)]. Pero Sixto sí trabajó en una carroza, porque Sixto tuvo mucha amistad con él. Yo sí lo veía a él en la Caja de Ahorros —por cierto, yo trabajando allí—Cuando eso, estaba él poniendo las molduras del salón grande de entrada, una moldura grande que había; estaba él colocándola. Y ahí lo vio él colocando unas molduras. Él las hacía de un metro y pico. Le ponía sacos detrás. Ahora se les ponen pitas. Bueno, ahora ni pita, ahora ya vienen con fibra. Yo arreglé en el Casino (estuve un par de veces allí) unas molduras que había hecho don Félix. Y después, Alejandro, de Ciudad Real —que trabajaba muy bien—, estuvo también arreglándolas otra vez, que me llamó —gastándoselas allí, que estaban medio sueltas—. Porque eso estaba agarrado con vergas; no es como hoy, con el pegue. Hoy pones un pegue, que eso no se cae de ahí… Pero antes se amarraban con unas vergas: se ponían unos puntos detrás, la pasaban y se enganchaba una verga de esas y las amarraban con eso. Y, claro, muchas molduras se despegaban. Hoy, con el pegue —eso es lo más grande que hay— colocas rodapiés y todo. Y es muy difícil que se caigan. ¿Y antes? ¡Y trabajo! Antes, para poner una moldura: con sacos, ponerles los clavos, fijarles detrás… ¿Eso? ¡Muchacho…! Hoy las coges y empiezas así, pas, pas, pas, y las colocas como nada. Hoy ya sabes las que pones porque se queda el pegue enseguida. ¿Pero antes? Para poner una y poner otra te costaba… Esperando a que se llamara [llamarse: ‘fraguarse’] el punto de yeso…

El yeso a mano tardaba mucho. ¿El yeso a mano? Había algunos que tardaban diez minutos en llamarse para empezar a trabajar. Quizás menos, quizás un poquito más. Depende. Ese yeso que yo te digo que venía de Alicante, que era el yeso Lillo, ¿eso? Veces, lo rebujábamos con otro yeso que venía blanco o con otro medio agrisado; eso lo cogías tú… te dejaba trabajar, pero como se llamara quedaba fuerte que da miedo. Ese yeso, ¡muchacho!, se quedaba fuerte y duro en las paredes. Hoy lo mojas y todo —el yeso—, le echas agua. Hoy tienes que darle batidera y todo. Yo me pegué con la máquina, ¿cuántos años? Unos cuantos años. Que ahí me retiré ya. Con Juan Pérez, de Construcciones Dorador. Lo que pasa es que trabajitos se hacían por fuera. Remates a mano sí se hacían. Una parte a mano. Todos los remates me los mandaba él a hacer a mí. Pero eso, a máquina, es una virguería. Es pesado porque tienes que darle batidera, darle agua con una manguera, darle batidera… ¿Y eso, los techos…? Pero sí se trabajaba. ¿Y cuántas veces estábamos sin trabajar esperando a que viniera el yeso, el yeso que venía antes? Ya después empezó a venir en bolsas, yeso más abrigado, y venía mucho mejor. Y otras clases de yeso también.Antes, para poner una moldura, no tenías sino una espátula y una rasquilla, que es una espátula fina que sirve para quitar el sobrante. Ahora tienes un carril para rasparlas, espatulines para afilados, redondos, minucioso: para cada decoración tienes un espatulín. Y antes, nada más que espátula y rasquilla.

En Los Sauces hice el instituto, terminé un colegio que ya estaba hecho, y ya empezamos en otro que hizo Antonio Anita todo, con la academia que hizo Miguel, por donde está el cine, y después lo que hizo la constructora: la residencia. ¿Y casas en esa calle real? En la tienda de Francisco Amador [calle O’Daly], ¡ahí se nos cayó todo el techo viniendo después al remiendo! «No, sácale eso, que lo hacemos nuevo otra vez». Porque la madera tenía eso. Muchos techos. Bueno… ¿por ahí? Yo ni me acuerdo dónde estuve. En todos sitios. ¡Pero se trabajaba mucho antes!

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12 de diciembre de 2020 - 20:44 h

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