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Los Arenales del tiempo y el eco de la frontera

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Al encender la televisión y repasar las últimas noticias sobre Ceuta, un resorte invisible me devuelve a la Gran Canaria de finales de los años cincuenta. Las imágenes actuales de la ciudad autónoma —con la constante presión migratoria en los espigones, las crisis diplomáticas y los campamentos provisionales de acogida— no me resultan del todo ajenas. Quienes peinamos canas sabemos que esta tensa coreografía geopolítica entre España y Marruecos no es nueva; es el eco de una frontera insomne que algunos vivimos, de forma muy sutil, en los patios de nuestra infancia.

Corría el año 1957. Yo tenía apenas siete años y estudiaba en el Colegio Antúnez de Las Alcaravaneras. En aquel patio vigilado por los Hermanos de La Salle —a quienes llamábamos cariñosamente los hermanos baberos por su tradicional indumentaria—, el folclore infantil devoraba la actualidad con una picardía asombrosa. La radio de válvulas bombardeaba a todas horas una célebre rumba: «¿Será una rosa, será un clavel…?». Pero en el recreo, saltando y jugando, los niños la transformábamos en una letrilla satírica que desafiaba cualquier censura: «¡Serán los huevos de Mohamed!». También coreábamos, entre risas gamberras, aquella copla de cuartel que rezaba: «¡Ay, Mohamed, Mohamed, vaya gajo que se gastan los hijos de Alá! ¡Que lo usan de paraguas cuando llueve y de brocha cuando se van a afeitar!».

Aquellas canciones no nacían de la nada. Eran el reflejo distorsionado de una guerra silenciosa y censurada por el régimen: la Guerra de Ifni. Mi propio padre estaba en el frente, destacado en Tan-Tan, sufriendo el calor extremo y la escasez de agua en una posición militar durísima. La realidad de África se colaba en nuestras casas de la forma más insospechada. A su regreso, mi padre trajo consigo una pequeña gacela del desierto. La tuvimos un tiempo en nuestra casa de Las Alcaravaneras, alimentándola con alfalfa y millo —como llamamos en las islas al maíz—, maravillados por sus pezuñas repicando en el pasillo, hasta que el animal, incapaz de soportar el cautiverio, se apagó de lo que los mayores llamaron «pena». Murió desconsolada, decíamos.

El conflicto no solo estaba en nuestra azotea, sino a la vuelta de la esquina. Cuando las tropas de los Tiradores de Ifni desembarcaban en el Puerto de la Luz, los hermanos baberos nos sacaban a la calle León y Castillo para verlos desfilar con sus turbantes y gorros rojos, que llaman fez.. Detrás de ellos llegaban cientos de soldados nativos con sus familias y camellos. Como no cabían en los cuarteles, se les permitió levantar un inmenso campamento de jaimas en lo que hoy conocemos como Los Arenales, justo donde actualmente se alzan El Corte Inglés y la Iglesia del Pino. En aquel 1957, toda esa zona comercial era un mar de dunas y arena movediza.

Nuestras madres nos prohibían terminantemente acercarnos a aquel campamento exótico. «No vayan para allá, que los moros roban a los niños», nos advertían con el severo proteccionismo de la época. Yo obedecía, pero la curiosidad de los siete años se saciaba desde la ventanilla de la guagua. Al regresar de visitar a mis abuelos en el Puerto, pegaba la frente al cristal y contemplaba, fascinado y a una distancia segura, las jaimas plantadas en la arena, las hogueras encendidas y las siluetas de los camellos recortadas contra el cielo de Las Palmas. Era mi ventana particular al desierto.

Hoy, casi setenta años después, observo el presente y veo cómo los miedos sociales cambian de ropaje, pero la raíz permanece intacta. El pulso geopolítico que obligó a mi padre a marchar a Tan-Tan sigue plenamente vigente. Las fronteras de Ceuta y Melilla continúan siendo utilizadas por el reino alauita como una palanca de presión política, una suerte de «guerra híbrida» donde la desesperación humana se convierte en estrategia de despacho.

Los que de niños cantábamos burlonamente a Mohamed V en el patio de La Salle vemos hoy cómo el nombre de su nieto, Mohamed VI, sigue ligado al mismo tablero de ajedrez. La historia nos demuestra que los conflictos con Marruecos nunca se marcharon del todo; simplemente se mudaron de los viejos arenales de Gran Canaria a las vallas y espigones de Ceuta. Recordar aquel pasado no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una brújula imprescindible para entender que la frontera que hoy nos desvela lleva décadas golpeando a nuestra puerta.

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