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La carta de alguien que se bajó del ‘scroll’

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Durante bastante tiempo pensé que el problema era yo. Que me estaba haciendo viejo. Que ya no tenía paciencia. Que me había convertido en uno de esos señores que empiezan diciendo «en mis tiempos» y terminan guardando bolsas dentro de otras bolsas. Pero no. O, al menos, no era solo eso.

Las redes sociales me estaban dejando frito. Y no hablo de aburrimiento. Hablo de cansancio. De mirar el móvil un rato y acabar con la cabeza como si hubiera tenido una reunión de cuatro horas con gente que usa la palabra sinergia.

Lo peor era el tiempo. Cogía el teléfono para mirar una cosa. Luego otra. Después un vídeo. Luego otro. Y de pronto levantaba la cabeza y había pasado una hora. A veces más. Una hora de mi vida. Desaparecida. Evaporada. Secuestrada por un señor haciendo una barbacoa en Texas, una influencer que no conozco, una discusión política entre desconocidos y un vídeo de un perro que aparentemente sabe conducir un tractor.

Y aquí viene lo preocupante: no recordaba casi nada. Nada. El cerebro vacío, pero cansado. Que tiene mérito. Era como salir de un restaurante después de pagar una fortuna y seguir teniendo hambre.

Algo no cuadraba, porque internet no siempre fue esto. Al principio era una maravilla. Tú entrabas buscando cómo arreglar una cisterna y terminabas leyendo sobre el Imperio romano. Perdías tres horas, sí. Pero al menos salías sabiendo quién era Trajano. Ahora pierdes tres horas y sales sabiendo que una pareja de Wisconsin que no conoces se ha divorciado. No hemos ganado mucho.

Las primeras redes también tenían su gracia. Encontrabas compañeros del colegio, familiares perdidos, amigos que llevabas veinte años sin ver. Personas que dabas prácticamente por desaparecidas y de pronto aparecían en Facebook comiéndose una paella en Benidorm. Aquello parecía útil. Humano. Hasta bonito.

Luego algo cambió. No sé cuándo exactamente, pero cambió. Las redes dejaron de enseñarme a la gente que yo quería ver y empezaron a enseñarme a la gente que ellas querían que yo viera. Y ese pequeño detalle lo cambió todo.

Ya no entrabas en una red social. Entrabas en una especie de casino. Solo que la tragaperras estaba en tu mano. Tiras hacia abajo. Premio. Otra vez. Nada. Otra vez. Vídeo. Otra vez. Indignación. Otra vez. Una chica bailando. Otra vez. Una guerra. Otra vez. Un anuncio de colchones. Y vuelta a empezar.

Aquello ya no era información. Era pienso. Y nosotros, con el dedo.

Así que hice algo peligrosísimo. Algo radical. Algo que hoy probablemente te puede convertir en sospechoso ante tus propios amigos: borré las redes del móvil. Todas. Bueno, WhatsApp sigue ahí. No soy Gandhi.

Y ocurrió una cosa increíble. No murió nadie. No cayó la Bolsa. No vino la Guardia Civil. El planeta siguió girando. Y yo empecé a recuperar algo que había desaparecido sin que me diera cuenta: tiempo.

Tiempo para leer. Tiempo para hacer deporte. Tiempo para hablar. Tiempo para aburrirme. Incluso tiempo para mirar por una ventana. Sí. Una ventana. Eso que había antes de las pantallas.

Y apareció también otra cosa: silencio. Un silencio mental que yo ya ni recordaba.

Entonces descubrí que mi gran hallazgo tampoco era un gran hallazgo. Le pasa a mucha gente. Tanta, que ya le han puesto nombre. En inglés, por supuesto, porque si no está en inglés parece que no existe.

Ya no corremos, hacemos running. No desayunamos tarde, hacemos brunch. No trabajamos juntos, hacemos coworking. No te dejan tirado sin explicación, te hacen ghosting. Y si un día conseguimos dormir ocho horas seguidas seguramente lo llamaremos sleeping y habrá un gurú vendiendo un curso.

Pues esto se llama JOMO. Joy Of Missing Out. La alegría de perderse cosas.

Y qué maravilla.

El placer de no verlo todo. De no saberlo todo. De no comentar todo. De aceptar una idea revolucionaria: el mundo puede seguir funcionando, aunque tú no sepas qué ha desayunado un actor, qué ha dicho un político hace siete minutos o por qué dos desconocidos se están insultando debajo de un vídeo.

Y entonces, justo cuando uno piensa que quizá está exagerando, llega la realidad y te da un cogotazo. Meta, la empresa de Facebook e Instagram, acaba de alcanzar en Estados Unidos un acuerdo multimillonario para cerrar un juicio en el que varios estados la acusaban, entre otras cosas, de haber diseñado sus plataformas para fomentar un uso adictivo entre menores. Meta niega haber actuado mal.

Y yo pensé: mira tú. Igual no era yo.

Igual no era falta de voluntad. Igual había mucha gente muy lista, muy bien pagada y con muchos ordenadores trabajando precisamente para que yo no soltara el teléfono.

Reconforta saberlo. Y preocupa bastante.

Porque llevamos años culpándonos a nosotros mismos. «Tengo que controlar más el móvil». «Pierdo demasiado tiempo». «No tengo fuerza de voluntad». Claro. Y el que entra en un casino solo tiene que proponerse mirar las lámparas.

El problema es que detrás de muchas aplicaciones hay equipos enteros estudiando una pregunta muy sencilla: ¿cómo conseguimos que este señor no se vaya?

Y el señor era yo.

Y probablemente también eras tú.

Por eso ahora disfruto perdiéndome cosas. Muchísimas. El noventa y nueve por ciento de lo que ocurre en redes no me lo estoy perdiendo. Me lo estoy ahorrando. Esa es la diferencia.

No necesito saberlo todo. No necesito estar siempre disponible. No necesito llenar cada minuto muerto con un dedo bajando por una pantalla. Un minuto muerto también puede quedarse muerto. No pasa nada. Hasta tiene su encanto.

Ahora, si alguien quiere saber de mí, tampoco hace falta montar una expedición. Me puede llamar por teléfono. Sí, llamar. Esa antigua función del móvil que todavía existe, aunque casi nadie se acuerde.

Y si quiere verme, todavía mejor. Puede venir a casa. Hay café.

No hace falta escribirme una carta con papel de alto gramaje ni mandar una paloma mensajera. Tampoco nos volvamos locos.

Yo seguiré entrando alguna vez en las redes desde el ordenador. Miraré cuatro cosas. Cerraré. Y procuraré marcharme antes de que el algoritmo vuelva a descubrir que sigo vivo.

Porque al final de todo esto he recuperado algo bastante sencillo.

He vuelto a levantar la cabeza.

Y resulta que fuera de la pantalla todavía estaban pasando cosas.

Las mías.

Y, además, hay café.

Un abrazo.

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