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El idioma que heredamos

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Mira, chaval: tú ves a España en una final del Mundial y probablemente piensas que esto es normal, que venía instalado de fábrica, como el wifi o la cámara del móvil. Pero no.

Durante muchos años, la selección española llegaba a los cuartos de final con la misma tranquilidad con la que uno entra en la consulta del dentista: sabiendo que aquello iba a doler y que, además, alguien acabaría diciendo “abre un poco más”.

Antes de 2010, España había disputado cuatro eliminatorias de cuartos en un Mundial (1934, 1986, 1994 y 2002) y había perdido las cuatro. Cuatro de cuatro. Una eficacia extraordinaria, aunque aplicada exactamente a lo que no convenía. La única excepción histórica era el cuarto puesto de 1950, pero aquel Mundial se decidió mediante una liguilla final, porque hasta los formatos conspiraban para impedirnos presumir de semifinal.

Yo aprendí a ver a la selección con el freno de mano puesto. Nunca celebraba un gol inmediatamente. Primero miraba al árbitro. Después, al juez de línea. Luego, al marcador. Y, si todo parecía correcto, esperaba unos segundos por si aparecía alguna autoridad internacional para comunicarnos que habíamos sido eliminados por defecto administrativo.

Crecí escuchando historias de desgracias futbolísticas como otros escuchaban cuentos de miedo. Algunas incluso me las contaron porque no había nacido o era demasiado pequeño.

Por ejemplo, el fallo de Julio Cardeñosa contra Brasil en 1978. El portero estaba batido, la portería parecía tan vacía que se podía alquilar como apartamento turístico y, aun así, el defensa Amaral terminó sacando el balón. España empató 0-0 y quedó eliminada en la primera fase.

Yo no la vi en directo, pero la heredé. En España, las frustraciones futbolísticas pasaban de padres a hijos junto con los apellidos, la vajilla buena y la frase “apaga la luz, que parece que somos ricos”.

En México 1986 llegó el gol de Míchel contra Brasil. El balón golpeó en el larguero, botó dentro y salió. Entró unos veinte centímetros, pero el árbitro y el juez de línea debían de estar mirando una nube especialmente interesante. España perdió 1-0. No fue un gol fantasma: el gol existió; los fantasmas eran los que decidían.

Aquel equipo se levantó, destrozó 5-1 a Dinamarca con cuatro goles de Butragueño y nos hizo pensar que, esta vez sí, habíamos engañado al destino. Craso error. Al destino español de entonces no se le engañaba: llevaba gabardina, una carpeta llena de desgracias y siempre encontraba nuestra dirección.

En cuartos apareció Bélgica. Empatamos 1-1 y llegamos a los penaltis. Eloy Olaya lanzó el segundo de España, le pegó mal y Jean-Marie Pfaff lo detuvo. Fue el único fallo de toda la tanda; Bélgica ganó 5-4. Eloy tenía 22 años y se pasó décadas viendo repetida aquella patada, una condena que hoy habría incluido, además, tres millones de memes antes de llegar al vestuario.

En Estados Unidos 1994 nos esperaba Italia. Perdimos 2-1 en cuartos y nos quedó para siempre la imagen de Luis Enrique sangrando después de que Mauro Tassotti le rompiera la nariz de un codazo dentro del área. El árbitro, Sándor Puhl, no señaló penalti. No había VAR, ni revisión, ni cámara superlenta, ni un señor explicándolo con flechas de colores. Había sangre, indignación y un vuelo de regreso.

Y después llegó Corea del Sur en 2002. Gamal Al-Ghandour quedó para siempre como el rostro de aquella pesadilla, aunque conviene ser precisos: buena parte de los errores más graves fueron de sus asistentes. Dos goles anulados, fueras de juego imaginarios y aquel centro de Joaquín que supuestamente había salido antes de que Morientes marcara. La pelota no había salido, pero nosotros sí: 0-0 y derrota por 5-3 en los penaltis. Así era nuestra relación con los Mundiales. Nos eliminaba un delantero, un portero, un árbitro, un linier, un poste o una interpretación creativa de las leyes de la física. El método cambiaba; el avión de vuelta era el mismo.

Hasta que llegó Luis Aragonés. El Sabio de Hortaleza no se limitó a cambiar futbolistas o a dibujar un sistema en una pizarra. Nos cambió la cabeza. Convenció a sus jugadores, y terminó convenciéndonos también a nosotros, de que España no tenía que pedir permiso para ser campeona. Luis resumía el fútbol con una frase que parecía sencilla, pero que para nosotros era casi una revolución: “Ganar y ganar y ganar y volver a ganar. Eso es el fútbol”. Y eso hizo su selección.

En la Eurocopa de 2008 eliminamos a Italia por penaltis en cuartos. Precisamente a Italia. Precisamente por penaltis. Precisamente en cuartos. No fue solamente una victoria. Fue una puerta abriéndose. Fue el momento en que dejamos de pensar que la desgracia era una obligación reglamentaria. El Sabio nos enseñó a ganar; Vicente del Bosque recogió aquella herencia y la llevó hasta el lugar que durante décadas había parecido imposible.

Sudáfrica. Matemáticamente, la maldición murió cuando Villa marcó contra Paraguay en los cuartos del Mundial de 2010. Emocionalmente, la enterró Andrés Iniesta. Fue el 11 de julio, en Johannesburgo, contra Países Bajos. Minuto 116 de la prórroga. Cesc encontró a Iniesta, Iniesta controló y, durante un instante, el país entero dejó de respirar. Yo también. Después remató. El balón entró y salieron de nosotros décadas enteras de frustración. Salieron Cardeñosa, Eloy, Tassotti, el gol de Míchel, las banderas de Corea y todos aquellos cuartos de final que nos habían enseñado a esperar siempre la desgracia.

Aquel gol no entró solamente en la portería de Stekelenburg. Entró en nuestras casas, en nuestra memoria y en una parte muy profunda de nosotros mismos. Yo grité como si hubiera empujado el balón desde el salón. Creo que todos sentimos que habíamos puesto un poco de nuestra fuerza en aquel remate. Por eso aquel gol significó tanto para mi generación y para las anteriores. No era solamente ganar una copa. Era descubrir que el desastre no era inevitable. Era comprender que nosotros también podíamos llegar hasta el final. Que también podíamos levantar la cabeza, mirar al mundo a los ojos y decirle que habíamos venido para quedarnos.

Tus generaciones han crecido de otra manera. Habéis visto ganar Eurocopas, habéis visto a Nadal conquistar Roland Garros tantas veces que parecía tener allí el domicilio fiscal y habéis visto a los pilotos españoles dominar las motos como si las carreteras del mundo fueran una prolongación de Jerez. Para vosotros, ganar no es una aparición paranormal. Es una notificación en el móvil.

Pero el fútbol es algo más. De verdad que lo es. Con muchos jóvenes me cuesta encontrar un primer tema de conversación. Ellos hablan con palabras que yo finjo comprender y yo cuento historias que para ellos sucedieron aproximadamente durante el Imperio romano. Son muchos años de distancia. No siempre es fácil que ellos me entiendan o que yo los entienda a ellos. Sin embargo, basta con decir “¡qué barbaridad Cucurella!”, “¡cómo juega Lamine Yamal!” o “¡qué clase tiene Pedri!” y aparece un idioma común. Rodri, Oyarzabal, Dani Olmo, Porro… Son nombres, sí, pero también son un código compartido. Durante noventa minutos desaparecen los años que nos separan. El fútbol nos permite encontrarnos en un lugar donde todos tenemos la misma edad.

Y ayer volvió a ocurrir. España jugó su mejor partido de este Mundial contra una Francia gigantesca. Una selección con Mbappé, Dembélé, Olise y compañía: una alineación que, leída en voz alta, podía subirte la tensión, que da miedo.

Pero España le dio un baño de fútbol, de inteligencia y de personalidad. Oyarzabal abrió el marcador de penalti en el minuto 22, después de que Lamine se anticipara a Digne. Pedro Porro hizo el 2-0 en el 58 tras combinar con Dani Olmo. Unai Simón estuvo seguro; Cubarsí y Laporte parecían llevar una orden judicial que impedía acercarse al área; Cucurella convirtió su banda en propiedad privada; y Rodri, Fabián y Olmo administraron el centro del campo como si Francia necesitara cita previa.

Mbappé y Dembélé buscaron su sitio durante todo el partido. Sospecho que todavía están rellenando el formulario. Francia solamente consiguió dos disparos a puerta. España no ganó escondiéndose, resistiendo o pidiendo la hora. Ganó jugando, mandando y creyendo. Ganó como ganan los equipos que saben quiénes son.

Dieciséis años después, volvemos a una final. Mientras cuento esto todavía no sé si el rival será Argentina o Inglaterra. Tampoco sé si ganaremos. Bueno, saberlo no lo sé. Pero decir que vamos a ganar, lo digo desde ya. No porque pueda conocer el futuro, sino porque después de tantos años esperando la desgracia, el optimismo también es una forma de justicia.

Tú quizá veas solamente otro gran partido. Yo veré también a Cardeñosa delante de aquella portería, a Míchel contemplando un gol que entró y no existió, a Eloy caminando después de su penalti, a Luis Enrique con el rostro ensangrentado y a Iniesta esperando que el balón bajara. Veré al Sabio de Hortaleza recordándonos que esto consiste en ganar, ganar y volver a ganar. Veré a quienes lo intentaron, a quienes se fueron sin verlo y a quienes nos enseñaron a levantarnos después de cada derrota.

Y después te miraré a ti. Porque algún día serás tú quien le cuente esta historia a otro joven. Le hablarás de Lamine, de Cucurella, de Pedri, de Rodri, de Olmo, de Oyarzabal y de Porro. Le contarás dónde estabas y con quién abrazaste aquella noche. Así funciona el fútbol.

La memoria pasa de una generación a la siguiente hasta que deja de pertenecer a alguien y empieza a pertenecernos a todos. El domingo no saldrán al campo solamente once futbolistas. Con ellos saldrán nuestros padres, nuestros hijos y todos los que alguna vez creímos cuando parecía absurdo creer. Saldrá la generación que sufrió, la que aprendió a ganar y la que ahora se atreve a mirar de frente a la historia. Detrás llevaremos casi un siglo de memoria. Delante tendremos un rival. Y sobre el pecho, una estrella que nos recuerda que los imposibles también pueden ser derrotados.

No iremos a Nueva York, bueno, a Nueva Jersey, pero no estropeemos ahora el momento con la geografía, solo para disputar una final. Iremos con la ilusión de ganarla y con la lección del Sabio bien aprendida: creer, competir y volver a intentarlo. Esta España ya no juega pendiente de la desgracia, sino confiada en lo que sabe hacer. Sea quien sea el rival, saldrá a buscar la segunda estrella con la memoria de quienes abrieron el camino y la alegría de quienes hoy pueden vivirlo sin miedo. Nos vemos en Nueva York. A ganar, sí, pero también a compartir otra de esas noches que, con los años, terminan convirtiéndose en una historia que alguien vuelve a contar.

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