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La delicada realidad

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Vivimos en una época curiosa. Nunca habíamos hablado tanto de alimentación, calorías, ejercicio, pérdida de peso y hábitos saludables. El ayuno intermitente se ha convertido incluso en una herramienta más dentro de ese amplio catálogo de estrategias que utilizamos para intentar adelgazar. Hay quien deja de comer durante determinadas horas porque quiere perder unos kilos, controlar mejor lo que ingiere o, simplemente, porque le resulta cómodo organizar así sus comidas. Y está bien, siempre que sea una elección informada y adecuada para esa persona. Pero hay otra realidad que conviene no perder de vista. Hay personas que también pasan horas sin comer, solo que ellas no han decidido hacerlo. No están siguiendo una estrategia nutricional. No están esperando a que llegue su ventana de alimentación. Y ahí el concepto de ayuno cambia completamente de significado.

La conversación sobre adelgazar suele centrarse en comer menos y moverse más. La actividad física desempeña, sin duda, un papel importante en el mantenimiento de un peso saludable. La Organización Mundial de la Salud recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de intensidad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. Pero el ejercicio tampoco debería contemplarse únicamente desde la perspectiva de la báscula. Caminar, nadar, montar en bicicleta, correr o entrenar fuerza sirven para mucho más que perder grasa. Ayudan a mantener la autonomía, preservar la masa muscular, mejorar la capacidad funcional y cuidar la salud a medida que pasan los años.

El problema aparece cuando convertimos estos consejos individuales en una explicación universal. Una persona puede disponer de tiempo para entrenar, dinero para comprar alimentos frescos, una vivienda confortable, coche, conexión a internet, capacidad para afrontar una avería y unos ahorros que le permitan hacer frente a un imprevisto. Otra, en cambio, puede estar haciendo auténticos malabarismos para llegar a fin de mes. De hecho, los últimos datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística sitúan la tasa AROPE de Canarias en el 31,2%. Es decir, casi una de cada tres personas se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social según este indicador. La tasa de riesgo de pobreza se situó en el 22,9% y la carencia material y social severa, en el 9,3%.

Es cierto que son porcentajes que han ido mejorando con el tiempo. Pero detrás de cada porcentaje hay personas. También conviene tener en cuenta que una mejora de la renta nominal no siempre se traduce en una mejora equivalente de la capacidad real para afrontar los gastos cotidianos. De hecho, el 11,5% de la población canaria declaró llegar a fin de mes con mucha dificultad, uno de los porcentajes más elevados entre las comunidades autónomas. Porque la pobreza no consiste solamente en tener menos dinero. También consiste en disponer de menos opciones.

Por supuesto, caminar es gratis y existen muchas formas de mantenerse activo sin pagar un gimnasio. Pero la realidad es algo más compleja. Cuando una persona está preocupada por llegar a fin de mes, el ejercicio puede quedar relegado frente a otras necesidades más urgentes. Y no porque desconozca sus beneficios, sino simplemente porque la vida tiene prioridades. En definitiva, una sociedad verdaderamente próspera no es aquella en la que todo el mundo puede comprarlo todo. Es aquella en la que la falta de recursos no obliga a renunciar continuamente a lo necesario para llevar una vida normal.

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