La fábrica de los chinos sin mala conciencia
Vivía en las afueras de la ciudad. Embelesada, acudía cada mañana en su cochecito a enseñar en el instituto local: lengua y literatura española, francés de relleno para completar el horario, y un par de sopicaldos más cuando las leyes cambiaron y empezaron las éticas y el esoterismo pedagógico. No estaba construido el puerto exterior de Ferrol y mucho menos el de Coruña, no estaban ni en la mente de Fragabarne, esa en la que cabía el Estado, según Felipe González, aunque no sabemos de qué forma.
Puede que por eso le invadiera una cierta tristeza cuando leyó en su periódico de referencia, que el Ministerio de Defensa iba a poner problemas a la fábrica de automóviles MG de los chinos. Acababa de comprarse un coche de la marca, por nostalgia británica, y no podía suponer que lo suyo fuera un potencial acto de espionaje. ¿Qué espiar? Aquel arsenal del XVIII que por fin abriría sus murallas para dejar que ferrolanos y ferrolanas vieran el mar. Una ciudad repleta de desgracias, a la que una buena noticia le venía muy bien, aunque fueran poco más de dos centenares de puestos de trabajo. La tecnología yanqui, le dijo una amiga coruñesa, muy avezada en las artimañas y maldades del presidente Sánchez, “la quieren robar toda desde allí”.
El periodista del periódico de referencia, veterano y experto, se lució en lo que puede ser una de sus últimas primeras antes de la jubilación definitiva: él sabrá quién le vendió la burra. Los chinos, muy respetuosos siguiendo sus tradiciones milenarias, entienden que se proceda con todo lo que haya que proceder antes de los permisos. Por las mismas tradiciones, no se ríen a carcajadas de los misterios que encierra el arsenal y el astillero de Navantia: tienen copias y registros de todo en sus satélites, igual que los gringos de lo suyo.
El MG le resultaba un coche muy cómodo, lustroso y asequible. No se enteró de su origen hasta la noticia de la fábrica, vivía y vive en el despiste desde la jubilación de este curso. Viajaría más, cuando dejaran los calores, no vería el eclipse de marras, se quedaría sentada en el porche y escucharía el minuto y medio de oscuridad escénica. También le insistió su amiga coruñesa que esto era otra maniobra de Perro Sánchez para despistar, pues acabaría volando desde Lanzarote a Coruña, qué cosas, se dijo.
Recordó los noventa años que se cumplen el día 18, nueve décadas del asesinato de Federico García Lorca, y con el té se atisbó una lágrima: qué hubiera sido de aquel genio, de su obra ya inmensa, qué hubiera sido de este país, de su historia, de nosotros los maduros presentes y ausentes, no tendríamos problemas en autorizar, ni mala conciencia, lo que fuera a los chinos, sobre todo si se trataba de la marca MG. “Qué insulsa puedes ser a veces” pensó, y leyó el primer verso de Poeta en Nueva York: “Asesinado por el cielo…”
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0