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Arsénico

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Siempre me ha parecido una de las mejores formas de superar la realidad: la que se ejerce en la película Arsénico por compasión, la que ejercen, más bien, todos sus personajes, no hay nadie cuerdo ni nadie sin sentido común. Estos días de verano hacen falta cantidades industriales de arsénico, por compasión y por cautela. No sabemos lo que vendrá porque siempre que anticipamos conclusiones, todo se supera. Ayer, el líder de la oposición opositora daba por sentados un montón de crímenes antes de que sean instruidos y juzgados. Así se está moviendo una parte del país, ¿mayoritaria? No lo sé, a la vista de las audiencias de televisión cabe dudarlo. Por eso el mencionado líder también se quejó de las televisiones, pocas, que no le doran la píldora y las acusó de impedirles consolidar su objetivo: llegar a la Moncloa.

A la Moncloa se viene, y se va, por lo que se ha llamado en Madrid la carretera de Coruña, ya es destino, cuesta de las perdices incluida. Por ella circularon hace unos días en sus fastos, los miembros de ese colectivo desgajado de sí mismo, la selección española de fútbol. Muchas veces me pregunto cuáles serán las razones por las que ese deporte no me haga ninguna ilusión. Después de casi dos meses de saturación televisiva, ya no lo hago: el ser humano repercutido en masa alcanza niveles superiores de estulticia contemplando y participando en ese espectáculo deportivo. Tanto, que el zanahoria de Estados Unidos quiere repetir y quiere repetir ya. Es la decadencia, ¿de occidente?, de algo peor, de la inteligencia si es que la hubo.

En otro orden de cosas, hago las maletas, la maleta, para emprender viaje al fresco que no se sabe donde está. Hasta en París arden, como en una película de antaño. Merceditas tenía la costumbre de ir a París en verano, allá íbamos y sufríamos, sobre todo por los precios. Una vez conseguimos alojarnos en el Hotel del Louvre y se estropeó el aire acondicionado. Salimos a la calle casi desnudos y conseguimos que un gendarme, cosa extraña en Francia, se dirigiera a nosotros con cierto autoritarismo. No hubo ni multa. En el Sena nos bañamos desnudos, Merceditas se fue un rato con un pretendiente y volvió con las llaves de una nueva habitación en un hotel fresquito. Cuando se nos acabó el dinero, nos subimos a aquel Talgo eterno a Barcelona y nos bajamos en Malgrat de Mar casi en marcha. Allí estaban los mejores veranos de nuestra vida, pero ni ella ni yo lo sabíamos, jóvenes e ingenuos.

Hecha la maleta, no pienso ver en todo lo que resta de estío más informativos. He “bajado”, como se dice ahora, en el móvil y en el ordenador, la película de Frank Capra y la voy a dejar puesta en bucle hasta el 11 de setiembre. Seamos felices.

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