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De cuando Bertolucci nos llevaba al cine club, y otras leyendas

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Caí de golpe en una sesión de cine club tardío sito en un colegio mayor de Santiago, a saber porque la lista era larga. La sesión consistía en una pequeña presentación del entendido de turno, la proyección de la película y el posterior y sesudo coloquio todavía prestructuralista y premoderno.

En aquella ocasión, impelido por ignotas fuerzas de la pensión donde vivía, se trataba de Prima della rivoluzione (1964), la segunda película de Bernardo Bertolucci. De todo ello han pasado más de cinco décadas y ahora solo sé, y ya es mucho, que aquel adolescente tímido y universitario se quedó para siempre con el nombre del director italiano. En principio parecía que para mal porque la película resultó insoportable, pero la gran derivada fue que siempre busqué a Bertolucci en los estrenos que vinieron después, el primero Novecento, en dos partes, y después La luna, El último emperador, El cielo protector y Soñadores: no es una mera enumeración, es una selección irreverente de la obra de Bertolucci, a falta, claro está, del Último tango en París.

El instante de la influencia de un hecho cultural, no se percibe hasta que la proyección en el tiempo se ha convertido en leyenda. Eso lo sentí hace muy poco respecto al cineasta de Parma, casi con la visión tardía de su penúltima película, Soñadores, (2003) y el enamoramiento atroz con sus tres protagonistas. Cosas que pasan.

Y a estas alturas, cuando percibo en la lectora que mira desde atrás la innecesaria sensación casi pánfila y la pregunta que no se dice: “¿Hacia dónde va este con su locura?”. Me pregunto lo mismo y asisto al nacimiento de este artículo con igual asombro. Quizás se acaba agosto, y eso que se llama verano, y las vacaciones, y empieza el decurso de los acontecimientos, y en Andorra siguen esperando al presidente del Gobierno, y que hemos descubierto que la zona de Madrid conocida como Puerta de Hierro es un barrio acomodado porque alguien, dijo Gila, se ha ido a vivir allí.

A la vista de lo cual, seguiré como los protagonistas de Soñadores, aislados en su mismidad hasta que salen a la calle y ven las banderas rojas y las barricadas: están en París y en 1968, pero no se habían enterado. Seguiré como ellos y con ellos si me dejan las presentes y las ausentes, que son más que los compañeros de fatigas en la impenitente lucha cotidiana por la normalidad. No hay nostalgia del cine-club, eran un solemne coñazo, ni de otros tiempos y edades, se está muy bien con estos porque se está divinamente. Así lo escribió Rubén Darío: “El príncipe de Gales va de caza/ por bosques y por cerros,/ con su gran servidumbre y con sus perros/ de la más fina raza”.

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