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Apodíctico

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Vivimos una realidad irrefutable, pero ocurre que cambia a medida que pasan los segundos. Non damos feito, que diría una galaica sabia. Ana Belén, que se enamoró en Coruña la primera vez y quizás la última, dice que hay que militar en la felicidad y en la esperanza, sobre todo en esta última. Acaba de cumplir setenta y cinco años, puede que por eso esté tan animada. Benedicta de las Jons podría llamarse la primera guardia civil que entró esta semana en la sede el PSOE, podría llamarse si existiera, es un decir. Secundino de Fenosa, el número que la acompañaba. Los responsables de seguridad del PSOE no lo saben porque no le piden documentación a nadie, ni a sí mismos, y así les va.

Cuando todo esto acabe, empezará otra cosa, me dice Cristina que no se va de casa. “Acabaremos siendo madre y padre”, le digo. “¿De qué? ¿De la nada?”, sentencia ella. Todo es creíble, hasta que las manzanas den pasas en Boborás, y que los cántaros no vayan a la fuente a la fuente de la calle Génova, por elegir un lugar efímero pagado con dinero oscuro. Todo esto ocurre porque se acerca la Feria del Libro, en Madrid, previa visita del heredero de Pedro al Bernabeú, en plenas elecciones, ¿nada que objetar? Le pido a un taxi que me lleve desde la estación de Chamartín a Telemadrid, a donde voy al menos una vez al mes. “¿Qué? ¿A meterse con el Gobierno de Sánchez?”. Me bajo en la próxima y no consigo nunca llegar a la Ciudad de la Imagen de Madrid. Eso es un sueño, o un estertor de pesadilla. Un enésimo mensaje de Ella me conmina al silencio, entre una lágrima con legaña y un postre sin aceitunas. Aconteceres asturianos.

Es casi imposible leer a nadie que no esté en contra, de manera agresiva y punitiva. En contra de lo que los demás, y algunas, están en contra en radios y televisiones: los ecos se reprograman y repiten con poca gracia.

Hay que militar en la esperanza, y sobrevivo cada día con ese afán porque en caso contrario no habría nada. La nada también es algo cuando se la invoca desde la añoranza. La nada que fuimos y la que nos quieren ser, que diría un marxista.

Pero a veces parece que el solar patrio, ese tan caro, está lleno de costumbristas repercutidos en simpáticos castizos y rebeldes castellanas. Nunca me gustaron los destinos a los que había que ir por la carretera de Castilla. Siempre hay una carretera con ese nombre, aunque esté en Canarias, o en el barrio de Monte Alto, o en el Putxet, o en la esperanza de un vino y un jamoncito con Ana Belén. Felicidades, querida.

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