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El verano ingenuo

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Vienen a verme Sonsoles y Ramón, a San Sebastián, Donosti: lo hacen a modo de felicitación anticipada de cumpleaños y me traen un regalo, la primera edición en español de La montaña mágica de Thomas Mann, “qué andrajo literario”, pienso. “No pienses así”, me dice Sonsoles por telepatía: “Ahí está escrito todo, desde el principio; y el principio fue la carne, no la palabra. Este chico presidente acabará en la cárcel, ya estudiaremos y plantearemos las razones, según las circunstancias”. Y así, como en el tenis, con errores forzados y no forzados, han sucedido las cosas desde junio de 2018. “¿Te acuerdas?”, me dice Ramón en la terraza del hotel Londres. “Paseabas muy contento por el patio del congreso regalando ejemplares de tu libro reciente de poemas, recuerdo a Miguel Ángel Heredia, diputado por Málaga, y a Susana Sumelzo, por Zaragoza, contentos con tu dedicatoria”.

Nadie sabía lo que se venía encima. Dobles elecciones al año siguiente, y las terceras en 2023, de consecuencias irreparables para las conciencias sin manga de la derecha de este país.

Este no será el corto verano de la anarquía, como el de hace noventa años, me dije con el segundo dry Martini, pero será todo lo contrario. En este país tenemos una tendencia insufrible a ser gobernados por mediocres, salvo excepciones, y así nos va. Esta cumbre de la OTAN recuerda a aquel crucero iniciático, por el mediterráneo, en 1933, donde estaban casi todos los jóvenes cachorros de lo que iba a acontecer tres años después, vaya desgracias.

Y es que no aprendemos. Nadie nos querrá tanto como nosotros a nosotros mismos, cosa que Antonio Machado creía imposible y Federico, en su ingenuidad, solo pensaba en Granada, por eso fue allí donde le asesinaron: seguimos sin encontrar sus restos, qué despropósito.

Me voy de vacaciones, le digo a Sonsoles, vente conmigo y a la vuelta dará igual lo que haya pasado porque siempre podremos ir a la puerta de la cárcel, como con Vera y Barionuevo. Sonsoles me considera un demente inofensivo, casi igual que yo a ella. La diferencia es que en aquel ya lejano junio de 2018 estábamos juntos en el patio del congreso de los diputados, casi con la misma ilusión por lo que estaba ocurriendo. Ahora es diferente, cada uno en su parroquia, como me dijo la azafata rubia y pequeñita una noche de noviembre: “Cada mochuelo a su olivo” o algo parecido.

Todo lo escrito es la pequeña constatación de que muchas cosas todavía están por ocurrir, porque el calvario de Madrid DF, esto no tiene fin, o solo tiene un fin: la cárcel para Pedro Sánchez, al menos el juicio, y a eso ha venido el fútil de Os Peares, que no sabe hacer otra cosa, pobrecito.

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