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Las vueltas de la democracia

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Durante una charla mundana y mal pagada, me preguntan sobre el futuro de los libros, el devenir de la democracia y el hilo conductor de los discursos del Papa en Madrid. Tomo un sorbo, claro, de agua, por supuesto: “Lo mejor está por venir. Lean el Nuevo testamento, por favor, y también a Derrida”, y me quedé exhausto. No se esperaban tantas horas de programación, difusión y papel manchado, sobre la visita de ese personaje que se retuerce casi como Jack Lemmon sin acabar de sonreír. Su mejor expresión podría estar en ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, una supuesta obra menor de Billy Wilder que hoy puede pasar como obra maestra. Me lo recordó en varios momentos este León XIV en distintas situaciones madrileñas. No sé cómo irán las cosas en Catalunya, en Barcelona, de la grandilocuente y bella catedral a la imposible Montserrat, con la reserva de ese templo al horror vacui y al colorín que llaman Sagrada Familia.

En Canarias las cosas parecen más coherentes con la dura realidad, sobre todo en Arguineguín, aunque todo se pueda estropear.

Sorprende mucho la falta de crítica razonable, la cual, en el fondo, el obispo de Roma reclama de forma tímida. Menos la montaraz actitud de las derechas extremas contra él. Más, el asombro ante las citas en sus discursos, cuánta ignorancia.

La democracia en nuestros tiempos es un remedo de circuito para inútiles, de esos que a veces se instalan en los parques de atracciones, incluso en las ferias efímeras de pueblos y ciudades: el túnel de la risa, o de la muerte, según se mire.

En el colofón de la conferencia, aparece Mercedes con Ricardito, y ambos me recuerdan los trenes cremallera de Montserrat y Nuria, lo cual no me agrada nada. Mercedes lo sabe por eso insiste en la matraca en lugar de reprocharme mi poca dedicación a su persona cuando tocaba. Cosas que pasan en Barcelona, en el barrio de Horta en especial. Tomamos una copa y recordamos a Néstor Luján, suya sea la razón del recuerdo. Me divertí mucho con él en un viaje a Huesca, de noche: se quedaba dormido y cada vez que se despertaba durante el trayecto hacía una pequeña monografía recitada por el lugar por donde pasábamos. Era un líder espiritual, como Cunqueiro y otros de aquella revista imposible llamada Destino.

Todas estas francachelas para llegar a lo importante: “Fui tu primer amor”. No estaba en condiciones de matizar la tajante afirmación de Mercedes. “Fuiste mi primer amor quintaesencialmente barcelonés”, le hubiera dicho. Pero me pareció excesivo porque tampoco era cierto: en aquella época de latitudes equívocas, los dos tocábamos el piano en un pub de Malgrat de Mar.

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