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Las lectoras y el círculo de Viena

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Concha Fernández Martorell se especializó en Walter Benjamin, solo un poco que ver con Viena, pero le fue bien, a ambos. Marta Bentaiga en Karl Kraus y todavía sigue protestando, y yo con ella. Mayte Pérez lleva casi medio siglo con Saussure, después los neoestructuralistas, finalmente Chomsky y su gramática generativa transformacional casi inventada por un gallego, y por poco se atraganta en la última clase.

Según están las cosas, yo cada vez más me acerco al cinismo impostado de Wittgenstein: me gustan mucho sus fotografías en blanco y negro, era guapo en su imagen loquinaria, el Tractatus, que casi nadie ha leído –yo sí- y sus agrias polémicas con Bertrand Russell, otro gran cínico positivista pero muy simpático y pacifista. Ana Samper me ha dejado dicho que solo se puede ser pacifista de verdad, eficaz, si eres un aristócrata inglés con posibles. Russell tuvo de todo eso.

Estas cosas y otras más, leen las lectoras que más me interesan. Más bien, llevan leyendo, años. Algunas me descubrieron a algunos, lo echo de menos porque casi nada hay por descubrir, o eso dicen. Por ejemplo, hace unas semanas una afirmación contundente de una mujer, me dijo que ya todo lo había dejado claro Picasso en su testamento: dudé y me fui con el rabo entre las piernas: Picasso no dejó testamento y lo que ocasionó es un lío tremendo para pagar los impuestos de sucesión, Paloma Picasso lo ha contado. Pero entre la duda, el respeto y la timidez, mis tres motores vitales, me fui con la inmanencia del desconcierto. Claro, empezó a llover y me tuve que refugiar en una comida muy cara y mínima. 

No dudo nada con Zapatero, dos días de invasión, y mientras no se demuestre lo contrario, y aunque la falaz justicia de este país lo consiga, yo veo a ZP como honrado y político eficaz y valiente, y no digo más que ya es bastante.

Las lectoras son así, al menos las mías: una temporada, o dos en el infierno, y un par de comentarios elogiosos cuando menos te lo esperas porque ya estaba al borde del abismo. Cuentan que a Nietzsche le ocurría lo mismo hasta el punto de pretender fundar una especie de comuna intelectual en Salerno, pero no funcionó porque Lou Von Salomé no se apuntó, le boicoteó, en esa relación pseudomasoquista que tenía con el alemán, su marido y su psicoanalista, entre otros. Si lo llega a saber Diana Spencer, no sé qué hubiera dicho, ella que se quejaba de los tríos.

Y nos vamos a otra semana de los horrores, si superamos esta, porque una escabrosa y manipulada realidad impera intentando blandir un cóctel sin alcohol con Hernán Cortés, la maldición universal de la izquierda, y dos huevos duros: jamás les saldrá. Y Sahara libre, por favor, ya.

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