Se acercan elecciones… ¿Redes e IA o Ciencias Sociales y Sociología?
Con la llegada de la primavera nuestras ciudades se llenan de flores. También, coincidiendo con lo que ahora llaman el mes (el día) de Canarias, nuestras ciudades se llenan de carteles: en un año se celebrarán elecciones a los ayuntamientos, cabildos y al Gobierno de Canarias, y en poco más de un año al Gobierno de España. Algunos carteles afirman “Primero lo de aquí”. Otros dicen “Yo, tú, él, nosotros, ustedes y ellos, Feliz Día de Canarias”, como si no usar el “vosotros” fuera especial de las islas y no algo compartido por más del 90% de las personas que hablamos español. Los periódicos se llenan de titulares: “Para Pedro Sánchez España es un Estado federal, salvo Canarias”, dice el presidente del Gobierno de Canarias. Y, a cuentas, entre otras cuestiones, de la “crisis” del hantavirus, no falta quienes se quejan de que “Madrid nos trata como a una colonia”.
Seamos claros: Canarias es una sociedad colonial. Igual que Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Estados Unidos. A partir del siglo XV los europeos empezaron a colonizar territorios no europeos anteriormente poco poblados y/o habitados por “indígenas”. Allí, a través del aporte poblacional venido tanto de las potencias coloniales como de otros lugares de Europa, y de gente venida de África o Asia para trabajar en condiciones más o menos de esclavitud, se fueron conformando nuevas sociedades. A finales del siglo XVIII en Estados Unidos las élites, fundamentalmente de origen británico, iniciaron una campaña por la independencia bajo el lema “no taxation without representation” y rechazaron al monarca británico. Sin embargo, Canadá, ese país que ahora visita Felipe VI, sigue manteniendo a Carlos III, rey de Inglaterra, como jefe del Estado, al igual que Australia o Nueva Zelanda. En esos países el idioma es el inglés, siguen tomando té y conduciendo por la izquierda. Pero no se suelen considerar colonias, ni una región ultraperiférica del Reino Unido, ni piden ayudas a la importación y exportación para que sus productos puedan competir en igualdad, ni subvenciones para el transporte. ¿Por qué ahora aparecen tantos políticos reivindicando que sólo ellos saben defender “lo nuestro”, aunque no entren a definir qué entienden por “nuestro”?
Hace ya más de 20 años, en La cultura del nuevo capitalismo, Richard Sennett alertaba de que en la política contemporánea predomina el relato sobre la sustancia. En la actualidad, los partidos políticos son como los coches: aunque se venden como cosas completamente distintas, en realidad todos comparten una plataforma común, a la que añaden un acabado (“dorado”) con el que pretenden convencer al “consumidor”, y a la persona que vota (o no) la conciben como un consumidor, de que compren su producto y no el de la competencia. En el sector automovilístico, el Renault Kadjar y el Nissan Qashqai son básicamente el mismo coche, aunque uno nos lo vendan como francés y otro como japonés. En política, hay quienes se venden como “partido canario” y quienes se venden como “partido español”, unos como “de derechas” y otros como “de izquierda” pero ¿hasta qué punto no comparten una misma plataforma común? Más allá de discusiones acerca de quién es “nuestra gente” o “quién es de aquí”, ¿qué diferencia hay entre decir “lo de aquí primero” y hablar de “prioridad nacional”? ¿Acaso quienes se autodenominan “nacionalistas” reclaman un régimen político o fiscal distinto del actual?
Desde los tiempos en que Sennett escribiera su libro, la polarización y la crispación, generadas en gran medida por la manera en que funcionan las redes sociales, han aumentado muchísimo. La política se ha convertido en un espectáculo mediático en que parece que lo único que cuentan son las emociones, a menudo de carácter identitario. Mucha gente, más que pensar, o acudir a fuentes contrastadas, se limita a seguir en redes a quienes dicen lo que quieren oír. Frente a eso, la sociología, las ciencias sociales en general, son imprescindibles para la formación de una cultura cívica y política que no sólo permita la supervivencia de la democracia, sino quizá incluso de nuestras sociedades, tal y como ahora las conocemos. Sin embargo, quienes impartimos docencia en materias relacionadas con las ciencias sociales vemos cómo constantemente se cuestiona nuestro papel. Hoy en día cualquiera puede entrar en Internet y buscar la información o preguntárselo a la IA. Hay que enseñar cuestiones prácticas y aplicadas que hagan a la gente productiva, que bastantes vagos tenemos ya, y que permitan a la juventud encontrar un trabajo el día de mañana.
El mundo que vivirán de mayores quienes ahora son jóvenes será el resultado de lo que en los próximos años hagamos entre todos. La educación no debería ocuparse tan sólo de dar a la juventud herramientas con las que colocarse en un mundo que hemos diseñado los que ahora tenemos ya una edad. La educación también debería de dar a la juventud herramientas con las que construir un mundo como les gustaría que fuera. Y para ello es imprescindible que la gente entienda qué lugar ocupa en el mundo, y cómo podría cambiarlo. El otro día me decía un amigo que en una charla alguien se quejaba de que las calles están muy sucias “por culpa del Gobierno de Pedro Sánchez”, como si la limpieza de las calles no fuera competencia municipal, y se enorgullecía de ser “canario 100%”, sin saber que su apellido, “Abreu”, tiene origen portugués, igual que nuestro mojo o nuestras arvejas. Cuando un grupo humano entiende que las reglas que establecen cómo se organizan no son el resultado de leyes divinas, de la evolución natural o de la sumisión a lo que se consideran mentes privilegiadas, se empodera y es capaz de cambiar esas normas. Quizá por eso a quienes mandan les interesa que se enseñen más herramientas para usar las redes y la IA y menos Ciencias Sociales y Sociología.
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