Las estraperlistas
Luprecio Álvarez del Pulgar fue condenado en un tribunal popular y con jurado a veinte años de cárcel atenuada, acusado de contrabando de baratijas, cosas de comer y tabaco. Luprecio actuaba en aquel mercado de contrabandos, colonias de la India y sábanas de Portugal que se concentraba en la parte alta de la ciudad llamada Santa Lucía. Nadie se hubiera percatado de su actividad delictiva, pero ocurrió lo que suele ocurrir en estos casos: de un hilo pequeñito alguien decidió tirar y sacó madeja.
Mis recuerdos olfativos todavía son capaces de rememorar aquellos olores de Santa Lucía y convertirlos en aromas de los tiempos inciertos, como ahora. Alguien mató a alguien, alguien robó a alguien. Casi todas robaron a todas, y escaparon. Mary tenía un corderito y también escapó. Las cosas no las pudo hacer peor la computadora de 2001. Una odisea en el espacio y nadie le insultó llamándole IA: todavía se era prudente con el uso de la palabra “inteligencia”.
La jefa de todo aquello, hoy retirada, se pregunta, ¿es necesario buscar extrasueldos con un buen sueldo de ex? No sabe responder. Las acusaciones no quieren empezar por ahí. Las defensas, es su papel, intentan zafarse. Los acusados se pervierten a sí mismos con la pantomima. Nadie lo entiende.
Al poco de iniciar mi peripecia enseñante, me sorprendió el afán policial de la mayoría de mis compañeros y compañeras: todas, y sobre todo, todos, querían castigar, perseguir, señalar, juzgar al cabo. La primera noche en un viaje escolar a Ibiza, acabé manifestando en una comisaría de policía local que yo no era eso, policía, sino profesor de filosofía y literatura. Me dejaron libre por los pelos, a mis alumnos también. Mis alumnas contemplaban el desafuero desde la única terraza que en aquella rambla estaba abierta a aquellas horas.
Probablemente sea esa una de las razones de los males patrios: cuando solo somos ex, actuamos de estraperlistas. Cuando enseñantes, se nos confunde con policías. Cuando libres, se empeñan en las cadenas y en Cartagena.
Cuando lectores, formamos parte de una estadística, como la de la reciente y clausurada Feria del Libro de Madrid: nadie ha tenido en cuenta la repercusión negativa del evento en la visita del Papa, aunque sí parece que viceversa, para justificar ciertos descensos de ingresos y visitantes. Menos mal que la directora de la Feria es periodista. Todo fuera de lugar.
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