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Venezuela en la otra esquina, del patio

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La primera vez que estuve en Venezuela fue también por una catástrofe: era diciembre de 1999 y se había caído el mundo en forma de diluvio también sobre todo, en la zona más afectada por el terremoto actual, La Guaira. Allí, en medio del horror, había sobrevivido casi intocable el hogar canario, que presidía el enorme palmero Carmelo: lloramos mucho. No es cierto, como se dice en ciertos mentideros, que Chávez impidiera la llegada de ayuda a Venezuela: Canarias estuvo allí en primera línea de sus posibilidades.

“Lo que ocurre es que tus colegas están tomando posiciones para lo que se supone que viene”, me dice Tere mientras recogemos el colchón en el barrio de Sant Gervasi.

Los movimientos tectónicos tan trágicos, sean en Venezuela o sean en Betanzos, obligan a recolocar posiciones de analistas, periodistas y demás, ellos y ellas, porque quizás la única que han tenido permanecía oculta y a lo peor los futuros poderes pordioseros no se habían percatado de dónde estabas tú. Ocurrió semejante en el periodo 1993-96, pero no tenían Venezuela. Lo que ha pasado allí les sirve como pretexto para casi todo. Como en la catástrofe de 1999, las víctimas se contarán por miles aunque nunca llegue a saberse ni cuántas ni quiénes. Pero da igual: parece ser que es más importante conocer dónde pernocta esa señora de nombre Corina, o una lamentable entrevista a ese otro señor de nombre Leopoldo en la televisión pública española a horas veinticuatro: nada de nada.

Nada de nadie, como cantaba Cecilia, cuyo coche se tragó hace cincuenta años, un carro de bueyes, o de vacas, en una carretera castellana y también de madrugada. Qué pena.

Venezuela llena los informativos junto con la última barbaridad neofascista de la derecha española, eso de la ingeniería electoral. Feijóo, que como todo el mundo sabe se educó en la aldea de Os Peares y después en los barcos de infame propiedad en las rías del sur, va a tener que inventarse una nueva cara porque se la van a romper, metafóricamente, cuando vaya a pedir el voto a Buenos Aires, por ejemplo, como ha ido otras veces.

Pero no importa porque Venezuela es una de las esquinas del patio colegial en el que manda un macarra de pelo zanahoria y pocas palabras. Beatriz, fundamental en nuestras vidas, ha escrito un largo poema emulando a Dante y a Idea Vilariño. Me refugio en la segunda, por aquello de las conllevanzas:

“Qué fue la vida/ qué/ qué podrida manzana/ qué sobra/ qué desecho.”

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