Una habitación con vistas

Una habitación con vistas. (LEANDRO BETANCOR)

Todas las mañanas, al abrir la ventana, veo una ciudad diferente. 

El lunes, por ejemplo, desperté en Paris. Despegué de mis sábanas al olor de unos croissants recién horneados en el obrador que tengo justo debajo. Todavía en duermevela corrí como Pepe Le Pew, aquella mofeta de los Loney Tunes que andaba buscando siempre la atención de su amada Penélope, persiguiendo la estela de aquel aroma hasta la ventana. Se veía casi todo Père-Lachaise y alcancé a oler, mezclado al hojaldre todavía caliente, el aroma de los lirios que alguien recién había colocado en la tumba de Balzac.

Anteayer, a eso de las 11:00, mientras me afeitaba, escuché lejanamente una melodía familiar que me hacía tararear en susurros, como esa gente que sin hablar inglés sí cree que lo canta pero sólo mueve los labios al compás de la música hasta que llega el estribillo o una estrofa reconocible y, ahí sí, eleva el volumen de su voz para dar cuenta, por si alguien mira, que no estaba del todo perdido… Allí estaba ella, sentada en el alféizar de su ventana, tras las escaleras de incendio metálicas, toalla en la cabeza y la guitarra encajada entre la axila y el vientre. ¡Good morning Audrey! le dije. Ella me guiñó un ojo y volvió su mirada al instrumento para cambiar de acorde a un La menor que hacía que Moon River sonara como nunca antes lo había escuchado. 

Nuestro edificio en el Upper East Side tiene aluminosis y justo ese día nos desalojaron  para tratarla. Nueva York tiene estas cosas.

Hace dos jueves descubrí, en mi primer vistazo al espejo tras lavarme la cara, que mis ojos no estaban del todo abiertos. Corrí a la terraza y confirmé la evidencia: Tokyo amanecía radiante en el país del Sol naciente y, aunque había llovido toda la noche, el cielo se abrió completamente para darnos los buenos días a mí y al monte Fuji, que pocas veces lució tan cercano y nítido como esa mañana. Hipnotizado me senté a contemplarlo, tratando de recordar por qué no estaba deshecho el otro lado de la cama… si anoche estábamos juntos. 

Aquel ático en Shibuya era una verdadera ganga.

Anoche nos juntamos a cenar los de siempre. Fue una velada deliciosa. Rescatamos conversaciones olvidadas, jugamos al Rummikub y al Scrabble, saldamos deudas pendientes, Pablo por fin le dijo a Esther lo que sentía y se fueron juntos… Yo terminé de arreglar el mundo con mis inseparables Natacha y David, chupito va chupito viene. Sin embargo esta mañana, al despertar, no vi huella de ninguna cena, no había platos ni vasos sucios, ni botellas vacías de tequila, ni fichas en el suelo. Los cojines del sofá seguían recios y, aunque no recuerde bien en qué momento me fui a dormir, no sentía resaca. Me asomé a la ventana y la vista de las Pirámides que tengo desde aquí consoló mi confusión. Es raro tener esta temperatura en El Cairo a estas alturas de Noviembre.  

De hoy no pasa que visito la Gran Esfinge de Guiza y me baño en el Nilo.

Esta tarde le diré al doctor que estoy encantado con el cambio de medicación, aunque le pediré que me modifique la toma de las 7 ya que he quedado con mis compañeros de Los Pumas, la selección argentina de rugby. Haremos un asado después del entrenamiento y es probable que caigan unas cuantas cervezas.

Igual le digo que se venga.

Mañana Buenos Aires amanecerá con nieve.

Sería de locos perdérselo.

Banda sonora para este Foto Pre_Texto: Si tu vois ma mère – Slow. Sidney Bechet

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Publicado el
29 de noviembre de 2020 - 10:48 h

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