Hilario, el último afilador de Canarias, vino hace 27 años de Argentina
Por las calles del Puerto de la Cruz, las de La Orotava, El Sauzal, su municipio de acogida (Santa Úrsula), Santa Cruz, el Sur tinerfeño…, pero también en el resto de Islas. Desde hace ya unos buenos años, si alguien ve de lejos a un señor vestido de intenso azul mecánico; con boina; en una bicicleta un poco rara, con escudos del Barça por todos lados, así como con los típicos sonidos de los afiladores de cuchillos de toda la vida, que no lo dude, se ha topado con Hilario.
En realidad, con Ramón Hilario Acosta Ancedes, un argentino auténtico afincado en Santa Úrsula (norte de Tenerife) desde 1999 y que, porque lo lleva comprobando desde hace tiempo en todas las Islas, se presenta como “el último afilador de Canarias, pues así me lo dice la gente, ya que siempre me indican que llevaban mucho esperando que apareciera uno porque ya no hay”.
A sus 73 años, este verdadero personaje (condición que se acrecienta a poco que se hable con él) disfruta de una humilde pensión no contributiva española y la complementa con esta actividad, con este otro oficio ya casi perdido en la sociedad de la aparente opulencia, en la que, antes de afilar y aprovechar un cuchillo, navaja u otras herramientas, se prefiere en muchos casos comprar una nuevo. Hilario no se ha hecho rico con esto, desde luego, pero sabe que sigue habiendo tanto mercado como falta de competencia, lo que le da réditos. No obstante, lo más importante, y lo deja claro enseguida, es que, si algún día ya no está peladeando y dándole vueltas a la piedra de afilar para dejar contento al cliente de turno, es porque ya no estará en este mundo o francamente mal.
Aunque había venido en 1998 antes a Tenerife de vacaciones 24 días, se quedó en el Puerto de la Cruz, donde ganó un amigo que luego le ayudó a conseguir una pequeña casa en Santa Úrsula, su traslado se precipita en ese 1999 por la honda crisis económica y monetaria que sufría Argentina desde un año antes. Por eso, y porque se quedó casi sin dinero en aquel empeño por mantener el peso a la par del dólar, lo que luego acabó en el célebre corralito, no habla nada bien de Fernando de la Rúa (presidente desde ese 1999 hasta que renunció en 2001) y tampoco tiene buen recuerdo de Alfonsín: “Políticos que me robaron todo, se quedaron todo lo mío del banco con la devaluación”, resume.
Al cruzar definitivamente el charco, allá dejó nada menos que cinco hijos, aunque ya con la vida encaminada: “Habían cambiado los dientes de leche y podían comer pan duro”, ironiza. También dejó su pueblo de Saladillo que, según matiza enseguida, “ahora es una ciudad que está a 178 kilómetros de Buenos Aires, hacia el Sur y sin costa”, así como su actividad de siempre ligada al campo, como agricultor, ganadero y, por supuesto, asador de carne, de lo que presume más que convencido, como si preguntarle si se le da lo del fuego fuese casi insultante, como buen arriero o labrador argentino.
Primo hermano de Marioni, gran punta del Tenerife de 2000 a 2003
Su llegada a Canarias casi coincidió con la presencia en el CD Tenerife de un primo hermano suyo muy conocido aquí: Bruno Marioni (2000-2003), un punta que tuvo momentos estelares en una etapa irregular del equipo (había descendido a Segunda en 1999, ascendido en 2001 con Rafa Benítez y descendido de nuevo en 2002 con Clemente, Javier Deprimente para algunos).
Una de sus tías le recomendó que le llamase y lo viese, pero él pensó que enseguida Marioni creería que se estaba arrimando a su sombra en busca de vivir de su nombre y, como nunca había tenido una relación estrecha, no lo hizo, “aunque igual me equivoqué y no lo hubiese visto así”, admite ahora con dudas. Sus lazos con futbolistas le ligan también, nada menos, que con un tal Maradona, a través de un primo común, de lo que vuelve a presumir (faltaría más) mostrando su nombre en el móvil.
Para vivir en Santa Úrsula, le envió dinero a su amigo desde Argentina para que le alquilara esa pequeña casa y luego se mudó dentro del mismo municipio a otra mejor. Al principio, se dedicó a lo que pudo y pasó después a limpiar zapatos de forma nómada por plazas y múltiples municipios, ya con su equipaje habitual y sus escudos del Barcelona. Acabó abriendo una tiendita en la que arreglaba calzado en La Orotava hasta que se jubiló con una pensión no contributiva española (nada de Argentina “porque allí los empresarios nunca nos aportaron para la jubilación y, ahora mismo, al 70% de los trabajadores allá no le hacen descuento, por lo que qué les pasará cuando lleguen a viejo como yo…”).
Ya jubilado aquí, hace ocho años tuvo claro que no podía parar y le da por aprovechar su experiencia en su país, ya que en Argentina, y como es habitual, afilaba cuchillos y otras herramientas de corte para su actividad agraria con una piedra de agua que hay que hacer rodar, aunque sin bicicleta. “Esto de ser afilador me da vida, hago ejercicio, hablo con gente, llevo este oficio por toda Canarias y eso me ha servido para comprobar que ya no quedan afiladores. Me vienen clientes de Santa Cruz al norte a buscarme y me lo dicen, pero también cuando voy a otras islas con la furgoneta camperizada de mi mujer. Ya no quedan. Las personas mayores me lo dicen en todas las islas… Y eso que siempre que la gente quiera cocinar y cortar alimentos, tendrá que afilar cuchillos. Y muchos los tienen muy buenos y no quieren quitarlos, por lo que necesitan afilarlos. Además, afilo las tijeras de peluqueros, navajas, herramientas diversas… Lo que me traigan, aparte de que sigo colocando herrajes a caballos”.
En el fondo, es un manitas artesano y la reconversión de su bicicleta (todo con tornillos “y sin una soldadura”) la hizo él. “Hasta ahora, me siento muy bien y sé que, si ya no hago esto, es porque estaré preparando las maderas (para la caja de…)”.
Accidente marcador, noviazgo de 55 años con una boina y su pasión culé
De las peores experiencias en Canarias no puede olvidar lo que le pasó hace unos quince años, cuando sufrió un accidente fortuito en una gran ferretería, al caérsele a un empleado una plancha de cartón piedra siete metros por encima que le golpeó la cabeza y que lo hizo despertar en el hospital con la nariz rota, cuatro dientes menos y un brazo y un hombro afectados.
Otra anécdota, en este caso vital y más allá de la geografía, es su idilio con su boina, con la misma, la que lleva 55 años encajándosela en la cabeza y la muestra orgulloso para descubrir luego su profusa mata de pelo. “En el campo en Argentina me crié con vascos, que siempre las usan, y aquí sigue ésta conmigo”.
Y sobre su barcelonismo a fondo, resulta muy curioso cómo le surge, ya que, al llegar a Canarias no era de ningún equipo europeo y “me hago del Barça porque en ese momento fichó a Riquelme, y eso que yo era de River y él, de Boca, pero me hago hincha porque, además, el amigo de Santa Úrsula me dice al llegar que había que hacerse de un equipo, aunque de cualquiera menos del Madrid, porque son todos unos ladrones” (no había saltado lo de Negreira, excusa de por vida para los merengones, quede en lo que quede).
Preguntado por si esta pasión culé, que salta a la vista y no disimula, le perjudica con potenciales clientes madridistas, dice que sí, pero no le importa mucho. “Hay gente que me dice que tienen cuchillos para afilar, pero como tengo todo del Barça, no me los dan. Yo les respondo que no hay problema y que no se los afilo precisamente porque son del Madrid”. Y se queda tan pancho. “Eso sí, también hay algunos, como un verdulero de La Orotava, que es madridista a muerte pero que me dijo que qué más me da, y me pidió que afilara todos sus cuchillos”.
Y como remate de la charla, suplica al juntaletras que le escuche y reproduzca un recitado (esconde que es considerablemente largo), que acaba con otra de sus grandes pasiones, y de las que más presume, como buen argentino: “Mirá, hermano, vine a verte pa’ pedirte una gauchada, porque me ha dejado sin nada mi tremenda mala suerte; enfermo casi en la muerte estuve al salir de preso y ahora, al pasarme todo esto, como quien templa el coraje, voy a salir en un viaje pa’ ver si me gano un peso. Que de preso había salido me noticié no hace mucho y ahora recién escucho lo enfermo que habías caído, pero largaste tendido dejando el aula en tristeza, largando más con franqueza que lo mío es de los dos porque pa’ mí fuiste vos sin revés y de una pieza. Pa’ empezar a trabajar, como mal montado me hallo, si te sobra algún caballo te lo quisiera comprar. La verdad, para negociar, no tengo ni un pingo viejo, pero de a pie no te dejo, eso tenés por seguro, si me sacás de este apuro voy a resollar más parejo. Allá en mi tropilla hay diez, nueve sainos y un tostado. Demientre en sarto extasiado, andá y elegirte tres. Pero, hermano, vos sabés que yo me arreglo con uno, a más tengo éste lo uno emprestado por otro amigo; lleva tres como te digo, o no te llevas ninguno. Qué orden tan espinosa para el colmo de mis males, sacarte tres animales de tu tropilla lujosa, sin decir ninguna cosa que habrestiadme en el mandado, a más de un poncho encerado vas a llevar por si acaso, y si empilchas andás en caso prontito algún recado. Sos cadena de eslabones, pareja y sin ninguna falla, porque amigos de tu laya no se encuentran dos tirones. Dejate de estas cuestiones, no hagas llover el pecho y ahora, para mejor provecho, ya que la suerte los trajo, vamos a pegar un tajo, que ya el asado está hecho”.
Es Ramón Hilario Acosta Ancedes.
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