El humanismo del castellano Juan de Valdés
Antonio Lázaro Cebrián es un prestigioso escritor surgido del ámbito castellano-manchego, conquense de nacimiento. Larga vida laborar en Toledo. Estudió letras en la Universidad Autónoma de Madrid. Es Doctor en Estudios Literarios y Lingüísticos, título otorgado por la UNED, por un estudio sobre un libro inédito de Antonio Enríquez Gómez, poeta y dramaturgo conquense del barroco, que trata de la reina Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV.
Lázaro, asimismo, es poeta, además de afamado novelista. Entre sus más resonantes títulos narrativos, ‘El club Lovecraft’ (Planeta), ‘Memorias de un hombre de palo’ (Suma de Letras) o ‘Los años dorados’ (Penguin Random). Dirigió el Servicio de Publicaciones de la Junta de Castilla-La Mancha y actualmente colabora regularmente en ABC, Nueva Tribuna y FronteraD. Es académico de número, desde 1992, en la Real Academia Conquense de Artes y Letras (RACAL).
Su última ejecutoria ha sido elaborar una nueva edición del ‘Diálogo de la Lengua’, de Juan de Valdés. Le ha ayudado su hijo Cristian, también titulado en Lengua y Literatura, también poeta y autor de artículos filológicos y que actualmente ejerce como bibliotecario en Toledo. El estudio introductorio que hace Antonio Lázaro en la edición es formidable. Padre e hijo han completado una versión modernizada del clásico, y muy célebre, diálogo valdesiano.
Nacido en una familia bien, conversa (Juan Valdés nació en Cuenca en 1509, falleciendo en Nápoles en 1541), el padre, Hernando de Valdés, era el regidor de Cuenca. Muy numerosa, compuesta de siete hijos y cinco hijas. Un tío materno del escritor, Fernando de la Barreda, sacerdote para más ‘inri’, cura de Villar del Saz, fue ejecutado públicamente por la Inquisición en una plaza conquense al ser declarado judío relapso, es decir, alguien que vuelve a practicar el judaísmo después de haberse convertido.
De todas formas, los Valdés más famosos, Juan y Alfonso (es muy posible que gemelos) fueron ‘iluminados o alumbrados’, abrigando un movimiento místico español, de carácter erasmista y reformista, siempre dentro del más puro humanismo. Estas corrientes ideológicas del intelectual conquense se acercan a la Reforma Protestante, recientemente implantada. Aunque Valdés siempre se halló inserto en el seno de la Iglesia Católica.
Valdés, aun perseguido por la sospecha, ejerció cargos nobles, como acaeció en los largos años que fue paje, o secretario, del marqués de Villena en el castillo de Escalona. Por su hermano Alfonso, estuvo próximo al mismo Emperador, ya que Alfonso fue secretario latino de Carlos V. En la corte del Emperador se toleraban esos pensamientos reformistas, de franco evangelismo, aunque pronto cambiaron las tornas. Le acusaron al rey, en su agonía, insinuando que se había contagiado por las ideas de Lutero. Gran parte de su vida, Carlos V había intentado pactar con el Sacro Imperio.
La casa blasonada de los Valdés se hallaba muy cerca de la iglesia de El Salvador, desde donde en Semana Santa cada viernes de madrugada sale la procesión del Camino del Calvario, popularmente llamada Las Turbas, representando, con clarines y tambores crepitantes, el escarnio sufrido por Cristo en su Pasión. Aquí vivían los judíos acomodados. Los más modestos, según informa acertadamente Antonio Lázaro, “residieron el barrio de Tiradores, al otro lado del Huécar”, distrito menestral en el que se curtían las pieles.
Juan de Valdés fue poseedor de una agraciada quinta situada en la finca solariega de Verdelpino, en las afueras de Cuenca, camino de Valdecabras. En esa heredad familiar, informa Lázaro, tendría constancia de “los refranes, coplas y decires, esa sabia savia de la cultura popular, tan presente en sus escritos”, especialmente en el ‘Diálogo de la Lengua’.
Juan de Valdés fue todo un intelectual. Estudió en Alcalá de Henares, se escribió con Erasmo de Róterdam. Fue gentilhombre de capa y espada en la corte italiana de Médici Clemente VII. Allí escribió en parte su ‘Diálogo de doctrina cristiana’, que fue denunciado por herejía. Había leído con fervor, luego desdeñado, novelas de caballerías. Admiró el ‘Amadís de Gaula’, el ‘Palmerín de Oliva’ y el ‘Primaleón’. Nunca dejó de gustar el Romancero y el Refranero, aborreciendo la escritura de Juan de Mena, por su estilo impuro, oscuro y retórico, y la de Antonio de Nebrija, pues su forma de escribir, tan andalucista, oponiéndose a la limpia castellana, le parecía muy reprobable.
A los hermanos Juan y Alfonso se les ha atribuido la autoría del ‘Lazarillo de Tormes’, el libro anónimo por antonomasia. Antonio Lázaro declara que se debería haber sustituido la palabra Tormes por Tajo. Rosa Navarro Durán se decanta por Alfonso, argumentando que el estilo del ‘Lazarillo’ es parecido a las obras de Alfonso de Valdés ‘Diálogo de Mercurio y Carón’ y ‘Diálogo de las cosas acaecidas en Roma“.
Otro argumento es que la palabra ‘acaecer’ se repite exclusiva e insistentemente en lugar de ‘acontecer’, como ocurre en la escritura de Alfonso. Rosa Navarro editó el ‘Lazarillo’ poniendo en la cubierta y la portada el nombre del autor Alfonso de Valdés; tan ricamente. El investigador toledano Mariano Calvo atribuye esa célebre pieza literaria a Juan, sobre todo por el estudio que realiza de los escenarios toledanos que aparecen en la novela y que Juan de Valdés conocía tan bien, aunque él no fuese de Toledo. Según Calvo, Juan escribió el ‘Lazarillo’ en el toledano Palacio de Munárriz.
En el ‘Diálogo de la lengua’, concebido como un tratado puramente lingüístico, intervienen estos personajes: Marcio, Valdés, Coroliano y Pacheco.
Es muy célebre este párrafo emitido por Valdés: “Para deciros la verdad, muy pocas cosas observo, porque el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y lo digo cuanto más llanamente me es posible, porque a mi parecer en ninguna lengua está bien la afectación.” (Hemos usado la versión modernizada del texto realizada por Antonio y Cristian Lázaro).
Muy vigente el dictamen, porque escribir, literariamente o no, es hablar. La materia prima de la dicción en literatura y el habla coloquial es idéntica. Hay que tener en cuenta, eso sí, que la escritura literaria es un habla especial, porque dicha escritura es un arte combinatoria y hay que escoger, lógicamente, para forjar el estilo, los elementos disponibles en el discurso.