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Los pueblos también están poseídos

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El acceso a la vivienda es un problema global que se extiende por todas las grandes ciudades del planeta, disparando los precios de compra y alquiler. Se señalan a los fondos de inversión, a la vivienda turística, a la falta de suelo y de obra pública, a los compradores extranjeros y no residentes, al teletrabajo, al estancamiento de los salarios, a la fiscalidad, y un largo etcétera que indica la complejidad de abordarlo de manera integral.

Una presión que también llega a territorios que parecen estar al margen y que transciende lo urbano, hasta asfixiar cualquier política de reto demográfico en el ámbito rural, donde además de los problemas urbanos, se añaden el deterioro por abandono, los problemas de titularidad o las denominadas herencias proindiviso. Una realidad que convive con casi cuatro millones de viviendas vacías, muchas de las cuales se concentran en zonas rurales de Galicia y Castilla yLeón. Hay localidades como la conquense Huete con casi la mitad de las viviendas censadas vacías, aunque las que podemos encontrar en los portales inmobiliarios están desacopladas de los salarios locales, por decirlo de una manera suave, acercándose a los precios urbanos.

Un medio rural, que está siendo usado y consumido por las ciudades, como segunda residencia o desarrollando un enorme parque de vivienda turística, como escribe Manuel Delgado en su reciente 'Todas las ciudades están poseídas', el paisaje también forma parte de la promoción urbanística, integrándose en el mercado de especulación global, lo que tensiona y modifica el tejido social de los pueblos.

Lo rural se urbaniza, absorbiendo dinámicas, estéticas y modos de consumo urbano. Como ha descrito Marc Badal, cada vez se percibe con mayor nitidez que la trama social y económica, aunque la escenografía visual sea la misma, ha cambiado radicalmente y las actividades agrarias han dejado de ser el eje central para convertirse en territorio que la ciudad usa y consume durante los fines de semana o las vacaciones.

El proceso es el mismo que Delgado define para las ciudades. Se declara “territorio con encanto”, se diseña una marca, se levanta un centro de interpretación y se programa un festival. Y en un tiempo fugaz, los nuevos residentes disparan los precios de la vivienda en estos mercados restringidos. Algo que si en la ciudad aleja a los habitantes de estas zonas hacia otros espacios periféricos, en los pueblos tiene un resultado aún más dramático si cabe.

Estudios como los realizados por geógrafos y sociólogos del territorio ponen de manifiesto que la revitalización de los espacios rurales no depende únicamente de la dinamización económica o social, sino de superar la barreras estructurales en el acceso a la vivienda en el medio rural que requiere desarrollar herramientas específicas. El Plan Estatal de Vivienda para los cuatro próximos años, prevé ayudas para promociones públicas en zonas rurales de hasta ochenta y cinco mil euros, una medida que a estas alturas de legislatura, parece llegar demasiado tarde y que no acaban de solucionar la imposibilidad de que los municipios más pequeños puedan articular bolsas públicas de vivienda o regular las viviendas turísticas.

Unos territorios que también sufrieron en décadas anteriores el denominado 'efecto Guggenheim', epidemia aún no superada, en la creencia de que el edificio, por sí solo, produce desarrollo. Es habitual encontrar estos santuarios a la arquitectura milagrosa en forma de grandes museos, centros de visitantes o auditorios sin programación, sin colección significativa y que no habla el idioma local, sino el de la población que vive en la gran ciudad más próxima. El paisaje y la vida local convertidas sin reflexión estratégica en mercancías convierten al vecino en una suerte de figurante que certifica la autenticidad del lugar.

Si Delgado, habla de la distinción entre polis y urbs, entre el lugar pensado por técnicos y el lugar practicado, en el medio rural el abismo entre ambos conceptos se hace aún más profundo. Mientras que el espacio rural es planificado externamente como un decorado para el turismo, la vida vivida circula por otros derroteros. El derecho 'al pueblo', en analogía con el 'derecho a la ciudad' de Lefebvre, se debe traducir en el derecho a decidir localmente, frente al consumo como escenografía hueca. El derecho a no encajar en la postal. El derecho a no ser población 'chic'. El derecho a vivir en el pueblo. Derecho sobre el que debe basarse toda política frente al reto demográfico.