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¿Deberíamos comprar solo alimentos locales?

Sandra Steinbruck

En su función como defensora del medio ambiente y del clima, la Unión Europea promueve las llamadas Short Supply Food Chains. Integradas en la propuesta de regulación europea de los programas de desarrollo rural 2014-2020, se trata de cadenas cortas de suministro que prometen ayudar a limitar las emisiones de dióxido de carbono (CO2), al reducir la distancia que recorren los alimentos.

Con la creciente conciencia de proteger el medio ambiente, el movimiento de comprar alimentos locales ha ido ganando peso en toda Europa, siendo impulsado especialmente por aquellos consumidores europeos que buscan alternativas a una agricultura industrial cuyos productos dominan el mercado y que al llegar desde lejos genera más emisiones de dióxido de carbono.

Ya que justamente las emisiones son un factor clave en el cambio climático, las Short Supply Food Chains parecen ofrecer una solución oportuna. Si los europeos solo compramos alimentos locales, por lo tanto, ¿ayudamos automáticamente al medio ambiente y a la lucha contra el cambio climático?

 

¿Menos distancia son menos emisiones?

Desde que el movimiento de alimentos locales se ha hecho viral el concepto de contar la distancia que recorren los alimentos desde la granja al plato, generalmente conocida como “food miles”, ha llegado a dominar la discusión, particularmente en la Europa occidental.

Aquí, no solo importamos alimentos de otros continentes, sino que también dentro de la misma Unión. Según un informe de los Amigos de la Tierra España, el país importó en 2007 más de 29 millones de toneladas de alimentos de dentro y fuera de la UE, lo que supuso la emisión de casi 5 millones de toneladas de CO2.

Ya que nuestra comida recorre Europa en barcos, trenes, camiones y aviones, parece obvio que la reducción de las distancias ayudaría a limitar las emisiones de CO2, y el concepto de las “food miles” parece conveniente para describir este sistema alimentario, extremadamente complejo. En efecto, en el nivel más básico, menos kilómetros de transporte significan menos emisiones: un equipo de investigadores encontró que el sistema de distribución de alimentos convencionales utiliza de 4 a 17 veces más combustible y emite 5 a 17 veces más CO2 que los sistemas locales y regionales.

No obstante, la promesa de limitar las emisiones de CO2 al comprar alimentos locales resulta menos prometedora de lo que parece.

 

Múltiples factores en un asunto bastante complicado

El problema principal es que el recorrido de los alimentos no cuenta toda la historia. Contar la distancia es una buena medida de saber cuánto han viajado los alimentos. Pero no de conocer el impacto medioambiental.

Ese impacto depende de cómo se transporta la comida, no sólo a qué distancia. Por ejemplo, los trenes son 10 veces más eficientes en el movimiento de cargas que los camiones. Por lo tanto, se podría comer patatas transportadas en camiones a partir de 100 kilómetros de distancia, o las patatas enviadas por tren desde mil kilómetros de distancia, y las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a su transporte serían más o menos las mismas.

El impacto ambiental de los alimentos también depende de cómo se cultiva. En un estudio llevado a cabo por científicos suecos se encontró que era mejor para los suecos, desde el punto de vista de los gases de efecto invernadero, que compren tomates españoles en vez de aquellos producidos en el país, debido a que los tomates españoles fueron cultivados en campos abiertos, mientras que los locales se hicieron crecer en invernaderos calentados con fósiles combustibles.

En efecto, el transporte desde la granja hasta el supermercado representa en promedio solo un 4% de las emisiones totales de alimentos. Por el contrario, la producción de estos es responsable del 83%. En otras palabras, la comida que es producida eficientemente eficiente fuera de Europa y que luego es importada tendrá una huella de carbono total más baja que la que es producida de manera ineficiente en Europa, independientemente de los gases de efecto invernadero liberados durante el transporte.

Por lo tanto, una visión más amplia y completa de todas las ventajas e inconvenientes del sistema alimentario requiere el seguimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero a través de todas las fases de la producción, del transporte y el consumo. 

 

La cuestión del “qué”

Otro factor clave es lo que comemos, ya que el procesamiento de algunos alimentos requiere un número muy elevado de pasos intermedios. Para tratar la carne roja y productos lácteos, por ejemplo, se necesita mucha energía, se generan muchas emisiones y hay que cultivar granos para alimentar a las vacas. Así, se producen más emisiones que si los humanos se alimentaran directamente de los granos.

Además, una gran parte de las emisiones asociadas con la producción de carne y productos lácteos toma la forma de metano y óxido nitroso, gases de efecto invernadero que como subproducto de la digestión de los animales son, respectivamente, 23 y 296 veces más potentes que el dióxido de carbono.

Por lo tanto, la reducción del recorrido de los alimentos limitaría sólo una fracción de las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas con el sistema alimentario, mientras que la sustitución de la carne roja y los productos lácteos por alimentos menos procesados ahorraría una proporción considerable.

 

La situación no es desesperada

A pesar de todo, hay que reconocer que los alimentos locales muchas veces son diferentes. En muchos casos, sus defensores comen productos de temporada y menos alimentos procesados. Estas cualidades, junto con distancias más cortas desde la granja a la mesa, contribuirán a reducir las emisiones en comparación con la alimentación con productos no locales. 

Además, los agricultores que comercializan aquello producido cerca suelen ser relativamente pequeños en escala, y pueden adoptar más fácilmente prácticas beneficiosas para el medio ambiente, con el fin de satisfacer las demandas de los propios clientes. Asimismo, los alimentos locales frecuentemente son orgánicos, lo que se asocia con prácticas poco intensivas en emisión de dióxido de carbono. 

Sin embargo, hay límites a este enfoque de sentido común. En muchas áreas en Europa, el clima es tan poco favorable que el consumo de productos de temporada no es una buena opción durante gran parte del año. Además, algunas concentraciones urbanas viven en áreas que no son adecuadas para determinados cultivos de primera necesidad. Personas que viven en las ciudades densas y con poca agricultura alrededor, como es el caso de Londres, tienen menos posibilidades de comer alimentos locales y deben buscar alternativas.

 

El clima en manos de los europeos

¿Ayuda la comida local al medioambiente y a la lucha contra el cambio climático? No necesariamente.

Sin embargo, la promoción de las Short Supply Food Chains por parte de la Unión Europea ha ayudado a aumentar la conciencia de la necesidad de encontrar alternativas del suministro de alimentos con el fin de reducir las emisiones y proteger el clima. Aunque los consumidores europeos deberíamos tener en cuenta algo más que si los alimentos se producen cerca o lejos, somos ahora mucho más conscientes del impacto de lo que comemos sobre el medioambiente. Cada uno de nosotros podemos tomar medidas y decisiones a favor del clima. Y, aunque reducir las “food miles” no es la solución universal, la economía de los alimentos locales es actualmente un buen punto de partida para lograr una alimentación más sostenible.

En su función como defensora del medio ambiente y del clima, la Unión Europea promueve las llamadas Short Supply Food Chains. Integradas en la propuesta de regulación europea de los programas de desarrollo rural 2014-2020, se trata de cadenas cortas de suministro que prometen ayudar a limitar las emisiones de dióxido de carbono (CO2), al reducir la distancia que recorren los alimentos.