La historia de mujeres encerradas por no obedecer: “Psiquiatrizaron sus ansias de libertad”
“Una señora, perteneciente a una distinguida familia, había dado muestras evidentes de padecer una manía razonadora”. Así arrancaba el artículo que dedicó a la valenciana Juana Sagrera la revista La Ilustración Española en 1873. La razón real del “enajenamiento” de esta mujer era haberse querido separar de su marido, Miquel Nolla.
La farmacéutica y criminóloga Marisol Donis recoge la historia silenciada de Sagrera en Mujeres grises sobre fondo negro (Alrevés Editorial). El libro es un recopilatorio del internamiento forzoso, ya fuera en conventos, psiquiátricos o sus propias casas, que sufrieron mujeres que no obedecieron a lo que los hombres de su familia esperaban de ellas: un rol sumiso y patriarcal.
“Psiquiatrizaron sus ansias de libertad”, explica Donis en conversación con elDiario.es. La autora ha buceado en archivos y biografías silenciadas de mujeres en España, Francia y EEUU. La diversidad geográfica y de clase social de las protagonistas del libro no impide trazar un patrón común de bestialidad psiquiátrica. Donis deja retratados algunos de los médicos más influyentes de su época: “Ellos mismos se consideraban eminencias, pero no daban ni una”.
Son pocos los que hoy se acuerdan de Juana Sagrera, pero en siglo XIX llenó páginas de diarios de media Europa. La mujer es el primer caso documentado en España de detención ilegal. Es así porque ella misma impulsó un proceso judicial inédito contra su exmarido y los doctores que la trataron. “Pudo hacerlo porque, aunque víctima, pertenecía a una clase social acomodada. Y por su carácter, nunca se resignó a quedarse callada”, señala Donis.
A Sagrera la encerraron en 1861 en el manicomio barcelonés de Sant Boi de Llobregat. Allí recibió, cuenta la autora, tratamientos basados en bromuros, los más habituales de la época. El motivo de su ingreso en un psiquiátrico fue pedirle una separación amistosa a su marido. “Algo revolucionario para la época”, advierte la autora.
“Sagrera vio que su marido la ninguneaba no solo en la gestión del negocio familiar de cerámica, sino que encima le fue infiel con otra mujer”, recuerda Donis. Los médicos terminaron indultados y Nolla, pese a su condena, fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica por sus méritos como empresario, y su cerámica reviste monumentos como la Casa Batlló en Barcelona, el Kremlin de Moscú o el Metro de París.
Donis recuerda que en esa época, lejos de esconderse, esta forma de deshacerse de las mujeres “era tan habitual que incluso traspasan a la literatura popular”, en referencia a la “casa de arrepentidas” donde se recluye a Fortunata en la obra de Galdós. “Y a Maudicia, que es pobre pero también extraviada, la encierran en el convento de las Micaelas”, apostilla la autora, para mostrar que la voluntad de silenciar a las mujeres no diferenciaba de clases sociales.
La particularidad española, en este sentido, fue que las congregaciones religiosas fueron más allá y formaron una tríada patriarcal junto a Estado y psiquiatras durante el franquismo en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución cuyas víctimas han permanecido en el olvido institucional hasta hace pocos años.
El libro de Donis analiza los tratamientos con bromuros o duchas frías o calientes que recibían las mujeres tildadas de “histéricas o neuróticas” en centros como el de Sant Boi o los psiquiátricos de Valladolid. Los tratamientos posteriores, como el electroshock o el shock insulínico, se reservaban para las mujeres consideradas esquizofrénicas.
“Afortunadamente, hoy en día el hospital psiquiátrico está dedicado al diagnóstico y el tratamiento de enfermedades psiquiátricas para integrar al paciente con una enfermedad en la sociedad en vez de esconderlo, pero falta memoria histórica sobre las barbaridades que se hicieron”, reflexiona Donis.
La autora también se adentra en el lado oscuro de la Salpêtrière, el hospital parisino de prestigio que, a inicios del XIX alojó a mujeres repudiadas por sus familias. “Y lo que es peor: a se dedicaban a experimentar con ellas”, advierte Donis.
“Era un zoo humano”, ahonda Donis, que describe los primeros tratamientos que los doctores del centro parisino relacionaba con la histeria, una enfermedad entonces considerada exclusivamente femenina. “Pensaban que la histeria venía del útero y por eso los primeros tratamientos pasan por actuar en los genitales. No fue hasta el 1860 que constatan que proviene del cerebro”, asevera la escritora.
Los motivos para tildar de “abandonadas” a las mujeres, concluye Donis, eran variados: “Van desde el marido o padre frágil que tiene miedo a verse superado por la mujer, porque la veían inteligente y lanzada, a un castigo por ser lesbianas, pero también simples conflictos por dinero o celos”.