Docents en Lluita: recuperar el sentido de la denuncia colectiva
Hay momentos en los que una comunidad descubre algo incómodo: que aquello que parecía inevitable no lo era. Y que la resignación, cuando se alarga demasiado, termina haciéndose pasar por normalidad.
Durante meses, una parte del profesorado ha vivido en un paisaje demasiado conocido: reuniones que no resuelven, negociaciones que no avanzan y promesas que se diluyen con el tiempo. Mientras tanto, se había instalado una rutina silenciosa: aguantar. Como si soportarlo todo fuera parte del oficio.
Pero este curso algo ha cambiado. El malestar ha dejado de vivirse como un problema individual y se ha convertido en una experiencia compartida. No ha estallado espontáneamente, sino por la acumulación de conversaciones, de cansancio y de una idea cada vez más difícil de ignorar: esto no es normal.
Cuando la queja deja de ser solo una queja
Los sistemas educativos tienen una gran capacidad para absorber los conflictos. El desacuerdo se transforma en procedimiento, la protesta en trámite y el cansancio en estadística. Todo queda ordenado y, a menudo, aplazado. Este curso, sin embargo, ese mecanismo ha empezado a resquebrajarse. Lo que ha emergido no es solo una protesta, sino la recuperación de la palabra colectiva. Volver a decir “esto no funciona” y preguntarse qué significa realmente. Porque los cambios importantes no empiezan en los despachos. Empiezan en las salas de profesorado, en los pasillos y en conversaciones cotidianas que, sin pretenderlo, acaban convirtiéndose en política.
Sindicatos: necesarios, pero no suficientes
Los sindicatos siguen siendo una pieza imprescindible de cualquier sistema de relaciones laborales. Pero cualquier estructura de representación corre el riesgo de desconectarse cuando la participación de la base se debilita. No se trata de sustituir a nadie, sino de asumir que, cuando la representación se queda sola, aparece una distancia entre quien negocia y quien vive cada día las consecuencias de las decisiones.
Y en ese vacío aparece la autoorganización.
Pensar también es una forma de movilizar
Este proceso no se explica solo por la capacidad de convocar movilizaciones. Las luchas colectivas también necesitan un código y herramientas para comprender la realidad que quieren transformar. En este sentido, Docents en Lluita ha desarrollado una función decisiva. Sus redes sociales han ido mucho más allá de la difusión: han conectado experiencias, han hecho visible un malestar compartido y han construido una comunidad consciente de su propia fuerza.
Al mismo tiempo, los informes técnicos y los argumentarios elaborados han desplazado el debate hacia la crítica fundamentada. Han aportado datos, han analizado las políticas educativas y han proporcionado argumentos para que el profesorado pudiera defender sus reivindicaciones con rigor. Movilizar también es eso: construir inteligencia colectiva.
Las asambleas docentes y el nacimiento de la Coordinadora: hacia la recuperación de la democracia directa
Las asambleas han recuperado una idea tan sencilla como poderosa: poner al profesorado en el centro de las decisiones. La consigna “un docente, un voto” no representa una novedad, sino la recuperación de una forma directa de entender la participación. Deliberar, escuchar argumentos diferentes, discrepar y construir acuerdos forma parte de una democracia que se construye hablando, no solo votando. En un contexto marcado por la fragmentación, reunirse ya es una forma de resistencia.
En este escenario aparece la Coordinadora d'Assemblees Docents del País Valencià. No pretende sustituir a nadie ni centralizar todas las decisiones. Coordina, conecta y facilita que experiencias diversas puedan construir una respuesta compartida sin perder su autonomía. No es un modelo perfecto. Pero es un modelo vivo, capaz de adaptarse y de aprender mientras avanza.
El acuerdo unitario: la pieza que reconecta
En un conflicto que va mucho más allá de las reivindicaciones laborales porque afecta a la calidad de la educación y a la manera de pensar la escuela pública, el acuerdo unitario emerge como el resultado de un proceso de movilización sostenida. Llega en un momento en que la fragmentación empezaba a convertirse en un problema real: el riesgo de que la dispersión debilitara la fuerza colectiva y favoreciera, de manera indirecta, la inercia de la Administración.
El acuerdo unitario actuó como el punto de conexión que hacía falta. Permitió reconectar tres ámbitos que a menudo aparecen disociados: la base movilizada, las estructuras de representación y la negociación institucional. Y, sobre todo, no sustituyó a las asambleas, sino que las presuponía. Sin la organización previa, la presión sostenida y la deliberación colectiva, aquella unidad no habría sido posible.
Lo que queda
Lo más importante de este curso quizás no es ningún acuerdo concreto ni ningún documento final. Es haber recuperado una idea que parecía dormida: el profesorado no es solo destinatario de las políticas educativas; es también un sujeto capaz de pensarlas, discutirlas y transformarlas. Todavía queda mucho camino. Pero sería un error pensar que no ha pasado nada.
Porque lo que ha comenzado este curso no es solo una experiencia de movilización. Es una forma distinta de entender la participación democrática: desde los centros, desde las asambleas y desde la construcción compartida de conocimiento.
Cuando una comunidad recupera la capacidad de movilizarse, elaborar argumentos, disputar el relato público y producir pensamiento crítico, deja de limitarse a reaccionar ante las decisiones de los demás. Comienza a intervenir en ellas.
Y probablemente ese sea el cambio más profundo de este curso. La historia continúa abierta, pero hay una certeza difícil de borrar: cuando la base se organiza, toma la palabra y construye conocimiento colectivo, las reglas del juego dejan de parecer intocables.
La fuerza es nuestra. La lucha continúa.