El precio de la tolerancia y el buenismo
Las imágenes difundidas estos últimos días desde el canal Saint-Martin en París han reavivado un viejo debate francés. Grupos de jóvenes acaparando el espacio público, enfrentamientos con la policía, peleas, escenas de intimidación y la rápida celebridad alcanzada por el adolescente argelino conocido como “La Douane” obligan a formular una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el debilitamiento de la autoridad en nuestras sociedades democráticas ha terminado por erosionar el civismo y la convivencia? Más allá del ruido mediático lo que inquieta a una parte de la opinión pública francesa es la impresión de que determinados comportamientos incívicos ya no encuentran ni la reprobación social ni la capacidad institucional para ser contenidos con eficacia y además ponen en el centro del debate intelectual una problématica que desborda las propias fronteras francesas para llegar al corazón mismo del proyecto europeo: ¿acaso la tolerancia y el buenismo de la izquierda europea no están mermando la convivencia debido a una pérdida flagrante de la necesaria autoridad que constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad y que la izquierda confunde frecuentemente con autoritarismo?
No cabe duda de que las democracias occidentales han situado las ideas de tolerancia y libertad en el centro de su proyecto político. Se trata de una conquista histórica irrenunciable. Sin embargo, durante las últimas décadas, tanto la libertad como la tolerancia han tendido a interpretarse falsamente como una especie de emancipación absoluta frente a toda forma de autoridad. Y sin autoridad, no hay sociedad. Al calor de Mayo del 68 Sartre escribió que estaba prohibido prohibir. Craso error. Basta una mirada antropológica para desmentir al filósofo francés. La autoridad es un sostén indispensable para el mantenimiento de cualquier tipo de sociedad. Ya sea la antigua Esparta o una tribu perdida en Papúa Nueva Guinea la existencia en ellas de una forma concreta de autoridad es un factor esencial para su mantenimiento y preservación. Algo que, sin embargo, no sucede en las actuales democracias occidentales, donde la autoridad está siendo progresivamente socavada, desbancada y desplazada por el empuje de los miles de derechos con los que se ampara al individuo y el ciudadano.
Desgraciadamente, ninguna sociedad puede sostenerse sobre la exclusiva afirmación de sus derechos. Toda entidad política necesita también obligaciones compartidas, límites aceptados y una autoridad legítima. Esta necesidad de autoridad encaja con la propia idea de libertad pergeñada por Kant hace más de dos siglos. Según el filósofo alemán la libertad no consiste en la ausencia de restricciones, sino en la posibilidad de convivir dentro de un marco común de reglas que todos aceptan para que los límites de mi libertad individual no interfieran con los límites de la libertad ajena. El respeto de este consenso se lleva a cabo mediante la ley, la justicia y la autoridad. Tres nociones indispensables que hoy habría que emplear con cautela ya que las leyes son insuficientes y livianas, la justicia tendenciosa y la autoridad prácticamente inexistente. A esta situación nos ha conducido el exagerado buenismo de la izquierda para la que cualquier tentativa de endurecer las leyes, de reformar la justicia o de reintroducir un mínimo de autoridad en la esfera pública, se reduce a una mera propuesta vacía e inoperante, carente de peso político y social por cuanto destilan un cierto tufillo autoritario, fascista y retrógrado.
Con pareja falacia se obvia un hecho innegable: la falta de autoridad debilita el consenso social. Cuando esto acaece el espacio público se degrada y deja de ser un lugar de convivencia para convertirse en un escenario de tensiones constantes. ¿Con qué derecho los adolescentes del canal de Saint-Martin se permiten lanzar agua a los viandantes, robar sillas de las cafeterías y molestar a los clientes de las terrazas para luego mostrar sus hazañas en Tik-Tok e Instagram y encima alardear de ellas? Escenas como las vividas estos últimos días en París serían inconcebible en otros países. ¿Alguien se imagina algo parecido en Rusia, China, Kuwait, Marruecos o Egipto? Seguramente no. ¿Por qué? Pues porque independientemente del régimen político que los define una cosa está clara: en ellos sigue prevaleciendo una percepción de la autoridad que actúa como un cordón sanitario frente a cualquier desbordamiento e incitación al incivismo.
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