Cuatro salsas con tomate perfectas para acompañar cualquier plato de pasta

No hace falta ser un experto cocinero para saber que una buena salsa de tomate puede convertir un paquete de pasta cualquiera en una cena decente. Lo que quizás no sepamos es que ese gesto tan socorrido —trocear tomate, sofreír ajo— es en realidad el punto de llegada de un viaje de siglos que empezó en Mesoamérica y terminó consolidándose como la columna vertebral de la cocina italiana, y por extensión, de media Europa.

El tomate, recordemos, no es italiano de origen. Llegó al Viejo Continente desde América, después de que mayas y aztecas lo domesticaran como planta silvestre en las tierras medias de México. Tardó bastante en calar en las cocinas europeas —durante décadas se consideró más una curiosidad ornamental que un alimento, dado su parentesco con solanáceas consideradas venenosas— hasta que a finales del siglo XVII empezó a asentarse en el sur de Italia, donde el clima y la tierra volcánica de zonas como Nápoles resultaron perfectos para su cultivo.

Hoy Italia se sitúa entre los grandes productores mundiales de tomate —el ranking global lo encabezan China, India, Estados Unidos, Turquía y Egipto, seguidos de cerca por Italia y España—, y buena parte de esa producción tiene un destino muy concreto: la salsa que acompaña un plato de pasta.

En España, ese vínculo entre pasta y tomate también se ha vuelto parte del paisaje doméstico. Según los datos más recientes de Statista, el consumo per cápita de pasta seca se situó en 2023 en torno a los 3,7 kilos por persona y año, una cifra que, aunque ha oscilado ligeramente a la baja respecto a ejercicios anteriores, confirma que el plato de pasta con tomate sigue siendo uno de los recursos fijos en la nevera y la despensa españolas. No es casualidad, ya que es barato, rápido y, si se hace bien, nunca defrauda.

Pero no toda salsa de tomate es igual, ni debería serlo. La tradición italiana ha ido depurando, región a región, cuatro variantes que cualquier aficionado a la pasta debería tener en su repertorio. Aquí van, con su historia y sus matices.

Pomodoro o napolitana: la esencia

Es la salsa madre, la más sencilla y también la más engañosa: parece fácil, pero hacerla bien exige paciencia. Se elabora con tomate maduro, ajo, aceite de oliva virgen extra y algo de albahaca u orégano, dejando que todo reduzca a fuego lento el tiempo suficiente para que el tomate pierda acidez y gane dulzor natural.

Nació en Nápoles, cuna indiscutible de la relación entre pasta y tomate, y tiene como prima cercana a la marinara, que añade ajo y orégano con más intensidad y, en algunas versiones, un toque de anchoa. El origen exacto de una y otra se pierde en la tradición oral napolitana, así que más que derivar una de la otra, conviene pensarlas como variantes que fueron evolucionando en paralelo.

La clave del pomodoro está en la calidad de la materia prima: un buen tomate de pera, maduro y carnoso, marca la diferencia entre una salsa correcta y una memorable. Es la base sobre la que se construyen, con matices, las otras tres.

Arrabbiata: la salsa que se enfada

Su nombre lo dice todo: arrabbiato significa ‘enfadado’ en italiano, en referencia al picante que aporta la guindilla. Típica del Lacio, la región que rodea a Roma, la arrabbiata parte de una base similar a la napolitana —tomate, ajo, aceite de oliva—, pero añade guindilla roja, fresca o seca, que se sofríe junto al ajo para que libere todo su aceite picante antes de incorporar el tomate.

El resultado es una salsa directa, sin artificios, que funciona especialmente bien con formatos de pasta corta como la penne, capaces de atrapar el picante en su interior. Es, probablemente, la más fácil de las cuatro y también la más agradecida para quien quiera introducirse en la cocina italiana sin complicarse la vida.

Amatriciana: cerdo, queso y una polémica de origen

Si la pomodoro es la esencia y la arrabbiata, la variación picante, la amatriciana es la que añade proteína y carácter. Su origen es motivo de disputa —hay quien la reclama para Amatrice, en el Lacio, y quien defiende que fue en Roma donde se perfeccionó la receta definitiva, a raíz de las visitas de los pastores amatricianos a la capital para vender sus productos. El resultado final es incuestionable: tomate, guanciale (papada de cerdo curada), queso pecorino romano y, opcionalmente, un toque de guindilla.

La grasa del guanciale, al fundirse en la cazuela, aporta una untuosidad que ninguna de las otras tres salsas tiene, mientras que el pecorino cierra el plato con su punto salado y curado. Es la salsa perfecta para los días en que apetece algo más contundente, y explica por qué los espaguetis a la amatriciana se han convertido en uno de los platos más pedidos de cualquier trattoria romana.

Puttanesca: la salsa del misterio

Cierra el cuarteto la más intensa de todas: la puttanesca, con tomate, aceitunas negras, alcaparras, ajo, guindilla y, en su versión del Lacio, anchoas. Su nombre y origen siguen envueltos en el folclore. La teoría más extendida sitúa su nacimiento en los burdeles de Nápoles, donde se habría preparado como plato rápido y sabroso para saciar a los clientes. Otra versión más reciente atribuye su invención a Sandro Petti, copropietario de un restaurante en la isla de Ischia, que la habría improvisado con lo que tenía a mano una noche, calificándola él mismo de “una puttanata” (una tontería, algo sin importancia).

Lo cierto es que ingredientes como alcaparras, aceitunas y anchoas ya aparecían en recetas napolitanas del siglo XIX, mucho antes de que el nombre se popularizara. Sea cual sea su origen real, la puttanesca es la salsa más golosa para quien busca sabores salinos, mediterráneos y con carácter, sin necesidad de carne ni largas cocciones.