Una experta, sobre el uso individual o vecinal de placas solares: “Una instalación colectiva suele ser más interesante”

La energía fotovoltaica ofrece a nuestro país una competitividad energética sin precedentes. Sin embargo, el desconocimiento sobre qué tipo de instalación de paneles solares conviene llevar a cabo y cómo gestionarla aleja a muchos hogares de llevar a cabo la inversión y apostar por el autoconsumo.

“Una instalación colectiva, si está bien diseñada, suele ser económicamente más interesante”, afirma Sara Pizzinato, licenciada en Ciencias de los Materiales y responsable de Energías Renovables en Greenpeace España, que también advierte de que el proceso “puede ser más largo porque requiere de llegar a acuerdos con los vecinos” y enfrentarse a trámites más complejos con la distribuidora.

A la hora de tomar la decisión, es clave tener en cuenta los metros cuadrados de los que disponemos. Si compartimos un gran tejado y todos los participantes pueden cubrir sus necesidades, el autoconsumo compartido es ideal, según Pizzinato. Pero si el tejado es pequeño y hay muchos vecinos interesados, la experta matiza que la potencia podría ser insuficiente y “convendría [actuar] de forma individual” para asegurar la utilidad de la instalación.

Comunidades energéticas de vecinos

Para quienes quieren dar el paso pero no saben por dónde empezar, Greenpeace cuenta con una guía en la que se detallan los pasos a seguir y factores a tener en cuenta, así como una calculadora con la que analizar las cifras del ahorro en la factura tras la instalación de placas.

Aun así, Pizzinato subraya que la instalación compartida “puede ser algo más barata para cada uno de los participantes” y, además, abre la puerta a intercambios de energía entre vecinos si uno consume más que otro.

Una de las grandes posibilidades que señala la experta es el autoconsumo de proximidad, que permite compartir energía entre instalaciones situadas en un radio de hasta cinco kilómetros, algo que cambia totalmente las reglas del juego para quienes tienen tejados antiguos, en sombra, o viven en un entorno rural más disperso. “Es un primer paso para una comunidad energética”, destaca Pizzinato.

Estas comunidades permiten que hogares, pymes e incluso industrias compartan tejados industriales para alimentar viviendas cercanas. “Hay mucho potencial que no es ni económico ni técnico, pero sí social”, defiende la ingeniera, que aclara que “con el autoconsumo se puede hacer muchísimo hoy en día, por ejemplo que esa misma comunidad energética decida dejar unas cuotas, unos paneles fotovoltaicos, para familias en pobreza energética”.

Cómo se reparte la energía generada

Por supuesto, el sistema cuenta con margen de mejora. Actualmente el reparto de la energía se rige por coeficientes fijos, es decir, los vecinos deciden de antemano qué porcentaje de la energía producida le toca a cada uno según lo que hayan pagado. Desde Greenpeace se reclama que estos coeficientes sean dinámicos, “para que un vecino pueda aprovechar los excedentes de la instalación una vez que haya llegado al cupo de su parte”.

Mientras no haya una regulación más flexible y siempre que la instalación no cuente con baterías en las que almacenar la energía, la clave para rentabilizar la inversión es la gestión de la demanda, según la experta, siempre concentrando el consumo durante las horas de sol.

“Todos tenemos calentador de agua en casa y se puede aprovechar para calentar el agua en las horas de máxima producción, las horas centrales del día, es como tener una batería pero en forma de agua caliente”, sugiere Pizzinato, que insiste en que no es necesaria una domótica de vanguardia. También las lavadoras, la calefacción o el aire acondicionado se pueden programar para aprovechar la energía directa de las placas.

“El autoconsumo es un ejercicio maravilloso de tomar contacto con el sistema energético”, concluye la experta, que valora que, ya sea de forma individual o colectiva, puede convertirse en un valor de ahorro y conciencia social.