Pueden apretar más, pero no es normal que duelan: cómo aprovechar el otoño para saber si hay que cambiar de zapatos
El cambio de estación no solo conlleva volver de nuevo a las rutinas y a los horarios laborales. También significa adaptar el vestuario y el calzado a las nuevas temperaturas. Y es que el otoño tiene la capacidad de cambiarlo todo de golpe. Una semana llevamos sandalias y, a la siguiente, ya nos ponemos calcetines y botas. Detrás de este gesto aparentemente inofensivo puede esconderse una desagradable sensación de dolor en los pies que reciben de nuevo los zapatos cerrados.
Muchas veces podemos tener la sensación de que se han encogido porque nos aprietan, pero en realidad son los mismos que nos calzábamos antes del verano. ¿Por qué ocurre? ¿Qué podemos hacer para evitarlo? ¿Debemos preparar los pies para la nueva estación? Un buen cuidado de los pies en otoño consiste en acostumbrarse poco a poco al calzado de temporada y detectar pequeños problemas antes de que los zapatos los oculten. Que los pies queden fuera de la vista no significa que sus necesidades también lo hagan.
¿Vuelven la presión y las rozaduras?
“Durante el verano, hemos pasado más tiempo con sandalias, que suelen dejar los dedos y el empeine más libres. Al volver al zapato cerrado, el pie entra de nuevo en contacto con la puntera, la pala y el talón y, además, añadimos el calcetín, que también ocupa espacio”, explica Neus Moya, podóloga.
Cuando pasamos de las sandalias al calzado cerrado entramos de lleno en un proceso de adaptación que afecta de manera particular a ciertas zonas sensibles, como el talón, la parte posterior del pie y la punta de los dedos, que pueden experimentar la fricción más intensa.
Es común que, en este cambio, “notemos presión o rozaduras en zonas que durante meses no habían tenido ese contacto”, admite la podóloga, que explica también que, pese a todo, “el dolor no debe considerarse una parte normal del cambio de temporada: si un zapato duele, hay que comprobar qué está pasando”.
Consejos para volver al calzado de otoño
No todos los zapatos son iguales. Determinadas particularidades marcan la diferencia en cómo nuestros pies se adaptan a la transición. Para Moya, lo primero que debemos hacer cuando nos calzamos de nuevo los zapatos cerrados es “probarnos los dos, de pie y con los calcetines que usaremos habitualmente”. Al hacerlo, debemos comprobar que “queda espacio delante de los dedos, que la puntera no los comprime, que la pala no presiona el empeine y que el talón queda sujeto”, afirma Moya.
Puede ocurrir que el zapato sea demasiado estrecho o que tenga la pala demasiado baja. Si es así, aunque “sea más largo, seguirá apretando donde molesta, incluso puede hacer que el pie se deslice al caminar”, advierte Moya.
Para evitar problemas como este la especialista recomienda usar “una horma que se adapte a nuestro pie, y no aguantar el dolor esperando que el zapato ‘se dé de sí’: si aparece dolor, rozaduras o adormecimiento, hay que dejar de llevarlo y revisar la causa”. El zapato no debe hacer daño nunca y debe evitarse la compresión mantenida, aunque sí puede ocurrir que los primeros días sintamos que “aprieta más que la última vez que nos lo pusimos”, reconoce Moya.
Cuidados de los pies y zapatos antes de ‘encerrarlos’ este invierno: cómo anticiparnos a los problemas
Nuestros pies acaban de sobrevivir a un verano sofocante con chanclas y sandalias y, de repente, los calzaremos con zapatos cerrados. Y esto puede tener algunas consecuencias. Por tanto, antes de ponernos las botas del año pasado y olvidarnos de las sandalias hasta la primavera, debemos revisarlas bien. Es importante comprobar cómo están las plantillas, si están desgastadas, los forros dañados, las costuras rígidas o la amortiguación aplastada, así como asegurarnos de que todavía hay espacio para los dedos.
Si una costura roza o la bota presiona donde no debería, no debemos pensar que simplemente necesitamos amoldarla. El roce y la presión son la causa de durezas, así que si una bota duele, conviene arreglarla.
“Que sea ‘nuestro número’ no garantiza que siga resultando cómodo”, advierte Moya. Por tanto, tendremos que “probárnoslo con los calcetines que usaremos ahora y comprobar que los dedos tienen espacio, que no presiona el empeine y que el talón queda sujeto”, afirma la experta. “También merece la pena dejar ventilar los zapatos. Una revisión sencilla que ayuda a detectar pequeños problemas antes de volver a llevar ese calzado durante muchas horas”, afirma Moya.
El cambio de calzado puede afectar a los pies de varias maneras: mayor humedad, ya que con los zapatos cerrados pueden atrapar el calor y la humedad; piel seca, ya que el clima frío y la calefacción en interiores pueden resecarla; presión del calzado que, como hemos comentado, puede provocar ampollas o callosidades en los pies.
Para Moya, es importante “dedicar unos minutos a revisar los pies: mirar si hay durezas, grietas, rozaduras o zonas enrojecidas, sobre todo en los talones, entre los dedos y alrededor de las uñas”. Además, es clave comprobar si la piel está seca. Si es así, “conviene hidratarla con regularidad, evitando aplicar crema entre los dedos” y prestando especial atención a las zonas propensas a la sequedad y las grietas, como los talones y la planta de los pies. Esta revisión no debe pasar por alto las uñas, que “deben estar cortadas sin apurar demasiado y sin dejar esquinas que puedan clavarse”, explica Moya.