Querida Angela Merkel, líbranos del apocalipsis: el Nobel Krasznahorkai se zambulle en el mundo del odio
“La esperanza es un error”. Con esta sentencia, más provocadora que pesimista, se abre Herscht 07769 (2021; Acantilado, 2026, trad. Adam Kovacsics), la última novela en traducirse al castellano de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954), autor galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2025. Y, en efecto, lo que sigue después de esa frase es un viaje sin tregua por lo peor y lo mejor de la naturaleza humana, una deriva que invita a cuestionarse de forma constante si el enunciado tiene razón o no.
Desde un pueblo de Turingia, Florian Herscht, un tipo grandullón cuya imponencia física contrasta con la candidez de su carácter, escribe cartas a Angela Merkel, siempre con su apellido y el código postal como remitente, de ahí el título de la novela. En sus misivas, le pide ayuda para salvar el mundo de lo que percibe como una amenaza que, al contrario de lo que podría parecer, no se fundamenta en la realidad que observa en su día a día, sino en lo que ha averiguado gracias al estudio de las ciencias del universo (la excanciller es física de formación).
Además de redactar esas cartas que en la oficina de correos nunca se toman en serio, el protagonista dedica su tiempo a acompañar a un hombre apodado el Jefe, un neonazi para el que trabaja limpiando grafitis. Este Jefe y sus secuaces encarnan los principios de la ultraderecha contemporánea: odio, discriminación, machismo, violencia, grosería. Esos rasgos, sin embargo, conviven con un gusto exquisito por Bach, una ¿paradoja? que, sí, remite al culto de Hitler por Wagner.
Junto al Jefe, el protagonista se convierte en una esponja que absorbe lo que lo rodea. No se convierte en un neonazi al uso —su interior se mantiene, en cierto modo, “puro”; no nace de él un impulso hacia el odio o la brutalidad—; pero, a su manera, comienza a asumir que su superior tiene razón, que su visión del mundo es acertada. Como un alumno que confía en su maestro, cree sin dar réplica.

El protagonista recibe más influencias, como la de un viejo profesor de física retirado, de quien aprendió esa curiosidad por la astronomía. Él es solo uno de los (abundantes y jugosos) personajes secundarios que pueblan esta novela, y, si el Jefe representa esa ola ultra, el profesor es el intelectual pesimista que ve cómo sus esfuerzos, concretados en la educación de Herscht, caen en saco roto en cuanto el chico sale del microcosmos de la escuela para perderse en los confines de la vida adulta, donde no mandan ni guían los sabios, sino los especímenes como el Jefe.
El libro, que conserva la ironía y el humor negro distintivos del autor, puede leerse como una metáfora de la sociedad occidental contemporánea, con ese protagonista que teme más lo incierto, lo que no ve (las fuerzas del universo), que lo que sucede ante sus ojos. Porque el discurso neonazi siembra miedo, y, por eso mismo, adeptos: lugareños que comienzan a temer al vecino, que extienden el peligro al dar pábulo a quienes justifican sus acciones en prejuicios. Como una onda expansiva, la ideología ultra se extiende sin que Herscht tome conciencia de sus implicaciones. Y Herscht no es único: para cuando la población se da cuenta, ya es demasiado tarde para reaccionar; de hecho, a sus temores se ha añadido ese, el de plantar cara.
La salvación vía Bach
No es casualidad que Krasznahorkai elija como localización un territorio que integró la República Democrática de Alemania (RDA), es decir, un país que en apenas un siglo ha vivido la decadencia de un imperio, una república frágil atenazada por numerosas crisis, el totalitarismo del Tercer Reich, el desencantado sueño comunista y una reunificación que, a pesar de la ilusión, no ha cumplido las expectativas. Y, dentro de ese país, en un pueblo ficticio imaginario que podría ser cualquier rincón de Occidente: un lugar donde todos se conocen y, tal vez precisamente por tenerse tan vistos, no perciben la amenaza que se va fraguando, no perciben la gravedad del cambio en curso.
Lo que ocurre hoy es inseparable del pasado reciente, en el que la estabilidad política ha durado menos que sus promesas; el autoritarismo dejó secuelas que la democracia no ha sabido resolver. ¿Está a tiempo aún de frenar ese cataclismo inminente? En contra de la afirmación inicial, Krasznahorkai sugiere una posible redención a través de Bach, de la música que transforma al protagonista de forma mucho más profunda que los discursos tan airados como superficiales del Jefe. Porque Bach, que nació en el mismo Estado que él, demostró que incluso desde ahí, desde esas mismas raíces, uno se puede forjar otro camino: el de la elevación espiritual a través de la sublimación artística.
Es la fuerza del arte en todas sus manifestaciones: la música, pero también la literatura, la pintura, la escultura, el cine, la arquitectura, la danza, la fotografía y un largo etcétera. Todo escritor, como todo artista, sabe que, si hay una salvación posible, es a través de la creación, de la entrega a un cometido que le llevará, no solo a trascender lo mundano y caduco, sino a conectar con sus semejantes en lo más íntimo, a entregarles un sentido, un anclaje, una pertenencia que no encuentran en un entorno donde cada vez se sienten más solos, más perdidos, más asustados.
Escribir a pesar de todo, seguir escribiendo después de las calamidades, es en sí un salto (laico) de fe en pos de la esperanza. Y leer, al igual que escuchar las composiciones de Bach, un acto de resistencia. Porque se oponen al ruido, lo silencian o lo contrarrestan, aunque sea por un rato, y proporcionan herramientas para protegerse ante él. El hecho de que Krasznahorkai siga escribiendo es en sí mismo un gesto de esperanza. Que los lectores podamos contar con sus libros nos garantiza otro puerto seguro donde arraigar, si estamos dispuestos a emprender una travesía arriesgada sobre aguas turbulentas.
Hipnótico y adictivo
Porque Krasznahorkai hace honor a esa fama del Nobel de premiar a autores “difíciles”. La dificultad de lectura puede ser, hasta cierto punto, un concepto relativo, que depende de la experiencia previa del lector, de sus preferencias e incluso de su receptividad en el momento de comenzar a leer. Aun así, hay aspectos objetivos que permiten delimitar el grado de complejidad, y en el caso de este escritor son siempre evidentes. En primer lugar, su estilo, de frases largas, ramificadas, que, más que trazar una línea recta, cavan socavones, giran para captar otros ángulos, se disgregan hasta que parece que se pierden para luego enderezar de nuevo el rumbo, más pesadas, eso sí, con nuevas piedras en los hombros, que hacen ir despacio pero también proporcionan una solidez desconocida.
Esta prosa, que para muchos lectores puede resultar ardua, es, sin embargo, para quien conecta con el narrador húngaro, hipnótica e incluso adictiva, capaz de envolver en una atmósfera que no por inquietante y oscura deja de ser fascinante; basta pensar en Tango satánico (1985), su primera novela y la brillante adaptación de Béla Tarr, para entender ese magnetismo, ese esplendor de un mundo decadente, esa búsqueda de un lenguaje sin concesiones que sacude convenciones y alcanza planos metafísicos. Porque las obras de Krasznahorkai, y Herscht 07769 no es una excepción, son también y ante todo una exploración del alma humana, una meditación existencial que, más que revelarse de inmediato, se desvela poco a poco, como una araña que se va adhiriendo al cuerpo casi de forma inapreciable, hasta llegar a un punto en el que ya no es posible liberarse.
Esta larga frase que es Herscht 07769 deja respirar en algunos momentos, con unos sintagmas separados del cuerpo del texto que se perciben como cambios de capítulo. Estos conjuntos de palabras, cuando se ponen uno detrás de otro, componen una suerte de poema que condensa la esencia de la novela: “de la nada en la nada / de alguna parte a alguna parte / el mundo desaparece / […] en Bach no hay nada fácil / ofrecía un consuelo más profundo / servía bolas de helado grandes / […] no hay nada más perfecto que / pero de color celeste / el vacío absoluto”.
No, en Bach no hay nada fácil, y en Krasznahorkai tampoco; por eso mismo leerlo deja una huella más profunda que muchas publicaciones contemporáneas. Herscht 07769, en concreto, además de dialogar con el presente con un ojo clínico poco habitual, sintetiza todas las obsesiones del autor —la danza tambaleante hacia el abismo que es la existencia humana, la desintegración de un orden político a través del retrato de una pequeña comunidad, la atmósfera lúgubre, por el espacio pero sobre todo por la negrura de quienes lo pueblan— y es, en sí mismo, un antídoto contra el conformismo, contra la vacuidad, la furia y lo volátil que se imponen en estos tiempos.
Porque Florian Herscht es un personaje especial: bonachón, manipulable y, por eso mismo, peligroso; pero también es sensible, atento, receptivo para escuchar a Bach y dejar que anide en él con más fuerza que el odio; un hombre-esponja, para lo bueno y para lo malo. Todos, a nuestra manera, lo somos; de nosotros depende permitir que nos cale: el miedo… o las novelas de un autor como Krasznahorkai.