La acuicultura española, un pilar estratégico para la soberanía alimentaria y la sostenibilidad

Hace tantos años que hablamos de los peligros de la sobreexplotación de los recursos naturales del planeta, que nuestra capacidad de fabular se ha adaptado al pesimismo. Si imaginamos el futuro —y en esto la literatura y el cine postapocalíptico tiene gran parte de responsabilidad— siempre lo hacemos desde el peor escenario posible: coches que se persiguen por desiertos infinitos, ciudades destrozadas, naciones enfrentadas por controlar los escasos recursos naturales… ¿Pero y si no fuera así? 

Hay que aceptar que el 70% de la superficie terrestre ya está al límite de su capacidad para producir alimentos de forma sostenible. Y si tenemos en cuenta que para el año 2050 seremos unos 9.700 millones de personas conviviendo en la Tierra, tal vez lo primero que debemos pensar sobre esos futuros es: “¿Qué vamos a comer?”

La respuesta podría estar en el 70% del planeta que solemos ignorar: el agua. Aunque vivimos en un planeta azul, solo obtenemos de los mares y ríos el 5% de los alimentos de nuestras dietas. Durante mucho tiempo hemos confiado exclusivamente en la pesca convencional como actividad que nos ofrecía esa vía de alimentación, sin embargo, la pesca alcanzó su máximo productivo hace ya 30 años. Los complejos mecanismos de equilibrio y las cuotas que protegen la biodiversidad son necesarias para no agotar los mares, pero significan que la pesca, por sí sola, ya no puede dar de comer pescado a una población que no deja de crecer.

Y aquí es donde entra en juego la acuicultura, una actividad del sector primario que, de forma similar a como lo hacen los agricultores o ganaderos, cultiva alimentos en el agua. Es un cambio histórico: en 2022, por primera vez, la acuicultura superó a la pesca extractiva como principal fuente de alimentos acuáticos para los seres humanos. Hoy, más de la mitad del pescado que consumimos en todo el mundo proviene ya de este método de cultivo.

España tiene la suerte de estar en una posición privilegiada en este nuevo escenario. Somos el mayor productor de la Unión Europea y contamos con una geografía envidiable: 8.000 kilómetros de costa y ocho grandes ríos que albergan más de 5.200 instalaciones acuícolas. Pero más allá de las cifras, lo que realmente nos distingue es nuestro conocimiento. Tenemos más científicos e investigadores dedicados a este sector que cualquier otro país de Europa, lo que nos permite avanzar con rigor y seguridad.

El impacto ambiental de esta actividad no se puede pasar por alto. ¿Qué hay del agua que usa la acuicultura? Pues es de uso no consuntivo, que significa que nuestro modelo de acuicultura continental apenas consume agua; simplemente la toma prestada del río, la usa y la devuelve en condiciones muy parecidas. El pescado de acuicultura es, de hecho, uno de los alimentos con menor huella hídrica de todo nuestro sistema alimentario, animal y vegetal. ¿Y el consumo de otros recursos? A diferencia de las vacas o los cerdos, los peces son animales ectotermos; no gastan energía en calentarse a sí mismos ni en vencer la gravedad de la misma forma que un animal terrestre. Esto se traduce en que son increíblemente eficientes transformando su alimento en proteínas. En cifras: para producir un kilo de pescado de acuicultura española se necesitan entre 1,1 y 2 kilos de alimento, mientras que para un kilo de ternera pueden hacer falta hasta 10 kilos. Esta eficiencia tiene un impacto directo en el medio ambiente: la huella de carbono del pescado de acuicultura española es notablemente baja, situándose entre los 4 y los 5,5 kilos de dióxido de carbono por cada kilo de producto. Si lo comparamos con la carne de vacuno, que puede llegar a los 82 kilos, la diferencia se nos dibuja como algo abismal. 

Un motor económico de pueblos y costas 

La acuicultura española no solo es una alternativa fundamental para asegurarnos un futuro alimentario, también es una actividad económica que puede revitalizar zonas rurales de España. Se estima que por cada puesto de trabajo directo que se genera en una instalación de acuicultura española, se crean hasta ocho empleos indirectos en la economía local. Es decir que no es solo una cuestión de cultivar pescado, sino de crear comunidad. En lugares donde la pesca tradicional o la agricultura han ido perdiendo peso, este sector ofrece una oportunidad real para que biólogos, técnicos, electricistas, fontaneros y operarios puedan desarrollar su vida profesional sin tener que abandonar su tierra, ayudando así a frenar la despoblación.

Sin embargo, en España vivimos una paradoja. Somos líderes en cultivo y formación, pero todavía importamos el 65% del pescado que comemos. A menudo, un pescado que viene de países con normas sanitarias y ambientales mucho más relajadas que las nuestras. Nuestra autosuficiencia alimentaria en este ámbito es de apenas el 35%.

Como cualquier forma de producción de alimentos, la acuicultura española tiene un impacto en la naturaleza. Y la sostenibilidad medioambiental no es una meta que ya se haya alcanzado sin esfuerzo, sino un camino que los profesionales del sector recorren cada día con determinación. La acuicultura en nuestro país cada vez invierte más en I+D para reducir la dependencia de actividades extractivas, mejorar la alimentación y la selección genética del cultivo y mitigar el impacto ambiental de la actividad. De hecho, el 87% de las empresas españolas del sector utiliza energía solar en sus instalaciones, y casi toda la producción cuenta con certificaciones ambientales independientes. 

Con todo, la acuicultura española se dibuja como una opción de futuro, se diría que un pilar fundamental de la dieta de las futuras generaciones, si queremos un sistema alimentario menos dependiente, más soberano y más respetuoso con el planeta. Es la garantía de que el pescado siga siendo accesible para todas las familias y no un artículo de lujo para unos pocos. Por eso, cuidar y apoyar este método de cultivo es una forma inteligente de cuidar lo que comeremos mañana.