'Hamburguesa', 'chorizo' o 'queso': el trasfondo de la nomenclatura
La Audiencia de Barcelona ha sentenciado que es legal y legítimo llamar “chorizo”, “burguer” o “salchicha” a estos productos, que “etiquetar un producto vegano como ‘burger’, ‘salchicha’ o ‘chorizo’ no supone un acto de competencia desleal contra la industria cárnica”, a pesar de que no estén elaborados con cuerpos animales, una victoria para las empresas de alimentación cuyos ingredientes incluyen únicamente productos de origen vegetal. Este hecho, aún por ver si será recurrido o no, le habrá picado sin duda a la industria cárnica, que esperaba conseguir una victoria con su denuncia a la empresa Heura, al igual que sucedió con la industria láctea, que logró que se considere ilegal y desleal denominar “leche” a la bebida obtenida de semillas o frutos secos, o “queso” a productos que, con igual proceso de elaboración y fermentos, tuvieran una base vegetal, siempre con la excusa de la “protección al consumidor”.
“Más allá de conseguir opciones veganas, es necesario mostrar desde nuestras acciones que esto es un movimiento político”, afirmaba el artículo publicado en este mismo medio: “Es necesario evitar un capitalismo vegano”; y es que el veganismo, el antiespecismo, no es sólo una cuestión de elección culinaria, es un movimiento de igualdad y liberación que lucha por visibilizar y evidenciar la violencia y la dominación que se esconde tras los productos con origen animal, sean estos destinados a la alimentación, a la vestimenta o a la investigación científica.
Esta realidad la conocen bien quienes tienen intereses económicos depositados en la industria de la alimentación basada en animales, que cuentan, además, con el respaldo de gobiernos y legislaciones creadas a su favor (por ejemplo, una Ley de Bienestar Animal, que obvia a la gran mayoría de les animales), de ahí que el lema “una hamburguesa de carne contamina más que tu coche”, que la empresa Heura colgó en una lona en el centro de Madrid, haya sido el único acto sancionable, considerado competencia desleal de la marca vegana contra la industria cárnica. Porque no se trata sólo de lo que ponemos en el plato, se trata de una lucha interseccional que aboga por un consumo ético que nos beneficie a todes: a les animales, por supuesto, y por extensión al planeta en sí mismo y a les humanes que lo habitamos.
El intento de la industria cárnica de separar elementos de la alimentación con los que tenemos un vínculo cultural, histórico y emocional de la realidad que estudios científicos avalan desde hace años y que el activismo antiespecista visibiliza incansablemente, no busca una publicidad sincera para con les consumidores, como afirman; de ser así, las etiquetas especificarían exactamente la huella ecológica generada en la producción o qué esconden exactamente los nuggets, los palitos de cangrejo o las salchichas, por no hablar, obviamente, de la violencia que supone que se consuman productos obtenidos del hacinamiento y el asesinato de millones de animales en todo el mundo. La mecanización de los procesos y asesinatos de los cuerpos animales que sustentan el entramado carnista y a las empresas que obtienen réditos de ellos es la realidad más distorsionada y dulcificada de toda la publicidad que recibimos como consumidores.
El argumento de la competencia o la publicidad engañosa por llamar a un queso vegetal “queso”, o a una hamburguesa de lentejas “hamburguesa”, no está luchando por nuestros derechos y nuestro bienestar, sino que busca evitar que establezcamos una relación entre un producto que conocemos notablemente con la violencia que se oculta tras su elaboración. Si integramos que podemos acceder a esos alimentos, disfrutar de su sabor y su variedad sin necesidad de que animales sufran y mueran para ello, se rompe el lazo que une la supuesta necesidad de la dominación animal para nuestra supervivencia y el mantenimiento de nuestros gustos y tradiciones.
La alimentación es uno de los componentes principales que caracterizan a las diferentes culturas. Pocos elementos generan una defensa tan férrea y una oposición tan exacerbada como ver nuestra comida, lo que ponemos cada día en el plato, puestos en cuestión. La renuncia a lo que llevamos a la boca, lo que condiciona nuestras festividades y celebraciones, parece una renuncia a nuestro yo más profundo, el que nos conecta con nuestro pasado, nuestra familia y nuestras raíces. De ahí que, por ejemplo, uno de los elementos principales de las reivindicaciones de la llamada “prioridad nacional” sea el consumo de cerdo, generando así una oposición a quienes, por cuestiones religiosas (las personas musulmanas), deciden no hacerlo. Mediante la alimentación, o lo que excluimos de ella, nos situamos, nos colectivizamos y nos oponemos a quienes eligen hacer las cosas de otra manera.
“Si somos lo que comemos, y lo que comemos cambia radicalmente en su base de fabricación, otros cambios pueden acercarse que se supongan más éticos, más justos, menos violentos para les otres”, afirmaba este misme autore en otro texto, y esa es la base sobre la que radica la oposición a que podamos llamar a determinados productos por su nombre. Un pequeño cambio puede generar algo mayor, y descubrir que nuestra vida, nuestra dieta, no tienen que cambiar necesariamente, que nuestros gustos, tradiciones y celebraciones pueden mantenerse eliminando la base de violencia a la que sometemos a les animales, es lo que aterra a estas empresas que han emprendido una lucha contra la nomenclatura que pretende obviar una realidad que es cada vez más imparable: no necesitamos explotar y matar animales para seguir viviendo. Tampoco para vivir mejor.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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