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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

El caballo como símbolo de poder

Abascal con su poncho montando a caballo en Extremadura
23 de mayo de 2026 06:02 h

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Afirma Manu Martín en Contra el patrimonio, publicado por Barlin Libros, que la representación monumental masculina contiene violencia intrínseca: “Dictadores, esclavistas y genocidas que acaparan el pedestal” coronando plazas, monumentos y museos con una violencia simbólica cuya presencia en ciertos espacios queda legitimada como salvaguarda de los lugares comunes que transitamos muches, pero solo unes poques pueden habitar. Hablar de esa representación monumental es traer una imagen que viene a la cabeza inevitablemente y que podemos situar en infinidad de lugares y representaciones: el gran hombre blanco montado a caballo.

La domesticación de estos animales comenzó hace 4.000 años en las estepas euroasiáticas, extendiéndose su uso hasta nuestros días pero teniendo el máximo apogeo en la expansión de los diferentes imperios, que aprovecharon su fuerza de trabajo en pos de las ansias expansivas imperialistas por otros territorios que, a espaldas de un equino, resultaron mucho más sencillas de realizar.

Piezas clave de la revolución agraria e industrial, el uso de caballos y yeguas como herramientas de trabajo o elementos de transporte se ha visto reducido notablemente gracias al acceso mucho más extendido a elementos de trabajo más eficaces y maquinaria que facilita las labores de la tierra, el transporte y la construcción.

Jason Hribal cuenta en su libro Los animales son parte de la clase trabajadora, publicado por ochodoscuatro ediciones, que la vida media de un caballo en el siglo XIX era de cuatro años en carruajes rápidos y siete en lentos. Aporta, también, cifras relativas al número de estos animales utilizados en la Inglaterra industrial: el número de caballos y mulas utilizadas durante ese siglo pasó de 251.000 a 1.166.000.

Podríamos pensar entonces que, tras la revolución industrial, la explotación de mamíferos equinos se habría abandonado poco a poco y que su uso habría sido dejado a un lado, favoreciendo sus espaldas y abandonando, por fin, su consideración como herramientas de trabajo y fuerza de carga.

Sin embargo, existen espacios en los que el uso de yeguas y caballos sigue presente aún en nuestros días. Actividades destinadas al entretenimiento turístico, como el transporte en carros; festividades como la Rapa das bestas, la Festa des cavall o la Saca de las yeguas; o “disciplinas ecuestres” como la equitación, la doma o el salto de obstáculos, son deportes y actividades actuales que se realizan sobre un caballo o yegua; o, en su defecto, utilizándoles para que sean elles quienes, mediante su fuerza y sus destrezas aprendidas, lleven a cabo determinadas actividades que llevarán al humano que se ha encargado de su “entrenamiento” a conseguir un rédito económico o reconocimiento honorífico.

La “Guía de buenas prácticas de bienestar animal para el mantenimiento, cuidado, entrenamiento y uso de caballos” de la AVEE (Asociación de Veterinarios Especialistas en Équidos de España) aporta una serie de indicaciones que, en principio, garantizarán el bienestar de caballos y yeguas en sus alojamientos, sus contactos con otros animales, alimentación y tiempos para la perfecta “manipulación”, de manera que su domesticación sea la adecuada por parte de las personas cuidadoras y entrenadoras.

De las recomendaciones de la AVEE obtenemos una información muy valiosa, que nos habla de la situación real de los equinos que son utilizados aún hoy en día: “Nunca debe aplicarse una fuerza excesiva”, “deben estar entrenados para estar atados durante el tiempo necesario” y “debe evitarse una restricción excesiva”. Veamos estos elementos por partes.

Cuando hablamos de “entrenamiento” referido a un animal no estamos hablando, sencillamente, de potenciar unas capacidades físicas para que realice una serie determinada de actividades. Cuando entrenamos a les animales estamos imponiendo un comportamiento que se adecúe a nuestras necesidades, las humanas, y cumpla con una serie de requisitos que nosotres decidiremos, y cuyo límite se encontrará solo supeditado a nuestro criterio. Partiendo de esta realidad, obviamente las recomendaciones de la AVEE encajan a la perfección con los criterios esperables en la imposición de una conducta determinada sobre otro ser, cuyos intereses no residen (ni se acercan) en realizar las actividades adecuadas bajo el punto de vista humano: se usa la fuerza, se les ata durante prolongados intervalos de tiempo y se utilizan restricci ones ante las posibles oposiciones por su parte.

Páginas veterinarias especializadas en lesiones por la monta de caballos y yeguas afirman que el dolor del dorso (espalda del caballo) se da hasta en un 94 % de estos animales, y que de los que presentan cojeras o problemas del sistema musculoesquelético, “el 32 % de los caballos cojos presentaban problemas de dorso, y el 74 % de los caballos con problema de dorso estaban cojos”.

Atendiendo a las herramientas utilizadas para imponer estos entrenamientos sobre los equinos, encontramos los bocados y filetes (herramientas para controlar sus movimientos mediante un aparato introducido en la boca del animal y su conexión con las riendas), fustas (vara flexible que permite “corregir” y enfocar la atención y el comportamiento del caballo), espuelas (herramientas metálicas en el pie del jinete para “afinar” la comunicación entre jinete-caballo y aumentar su capacidad de reacción), y tantos otros utensilios en los que suele aparecer la especificación de su uso como herramienta de trabajo, no de castigo. Queda en la mano humana darle una utilidad u otra, pero supone en ambos casos un mecanismo de control y dominación del comportamiento del animal.

Si entendemos que el uso de cualquier animal para beneficio humano, sea éste el entretenimiento, la fuerza de trabajo o la alimentación, choca frontalmente con su consideración de seres individuales y con derecho a una vida libre y digna, cualquier anotación que pretenda prescribir un uso adecuado, poco invasivo y con el menor daño posible de herramientas para su control, se enmarca dentro de medidas de bienestarismo, en las que, aunque el daño pretenda ser el mínimo, la opresión sobre el animal se sigue ejerciendo.

Es imposible condicionar el comportamiento de un animal sin someter su voluntad al deseo humano; no existe forma de conseguir que el caballo trote a nuestro gusto o nos cargue de la manera que queremos sin imponer sobre él un deseo de sojuzgar y una voluntad que nada tienen que ver con lo que serían sus intereses y actividades si viviera en plena libertad. Las cadenas, aun de terciopelo, son cadenas.

Pero, además de esta realidad, resulta muy interesante comprobar cómo el uso de les animales en general, y el de algunes en particular, tiene una estrecha vinculación con determinadas ideologías dominantes y opresoras. Al igual que la tauromaquia forma parte de un imaginario nacionalista concreto, el uso general de les animales esconde tras de sí una doctrina específica sobre cómo debería funcionar el mundo y, sobre todo, cómo deberíamos ocuparlo quienes habitamos en él.

En el caso de caballos y yeguas, y remitiendo al comienzo de este artículo, la representación sobre elles de personalidades históricas, mayoritariamente hombres eurocéntricos, poderosos y remarcados históricamente, pretende transmitir la idea de éxito, de dominio, de conquista de un territorio donde antes reinaba el desconocimiento, el salvajismo, lo incivilizado. “Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica” (cita de Walter Benjamin en En defensa de los animales, con edición de Jorge Riechmann y prólogo de Ruth Toledano. Ediciones Catarata), es la idea que estas estatuas transmiten en su vida de piedra como recordatorio atemporal de que hay quienes están arriba, y quienes estarán siempre abajo.

La historia del colonialismo es una historia de expropiación, de sometimiento. No solo de territorios y personas, sino de culturas y formas de hacer y de vivir, de maneras de entender la conexión e interdependencia entre animales (incluyendo aquí al ser humano) y naturaleza, diferentes a las del colonizador, y la monta de los caballos y las yeguas en determinados contextos pretende retrotraernos a esa imagen de conquista de lo ajeno.

La filósofa Alicia Puleo afirmó hace una década en este mismo blog (“Un ecofeminismo en defensa de los animales”) que la violencia contra les animales tiene dos objetivos fundamentales: la afirmación de la identidad de género y la experimentación de la voluntad de poder. El ecofeminismo viene defendiendo desde el siglo pasado, como ya hicieron las sufragistas en el siglo XIX y muches antes de ellas, que la misma lógica subyace a la dominación patriarcal sobre las mujeres, les animales y la naturaleza en general.

La lucha contra la hegemonía del sujeto masculino, blanco, cishetero y con poder ha permitido poner en el centro y otorgar relevancia a vidas y realidades que hasta hace poco habían permanecido abyectas, marginalizadas. Y ha permitido, también, aprehender que la masculinidad hegemónica y dominante no viene solamente encarnada por los cuerpos de los hombres blancos cishetero: todes encarnados elementos de la violencia vivida, pero también de la ejercida. Es en esta interseccionalidad de opresiones en la que podemos encontrar a personajes de la derecha fascista montando sobre un caballo como muestra de una defensa de los valores y los roles tradicionales, y también a presentadores de corte progresista alejados de la representación del macho dominante que, a pesar de ello, comienzan su programa montando un caballo blanco en las calles de Barcelona.

Y es que, en lo que al uso de animales no humanes se refiere, nadie se libra de ocupar una posición de poder, dañina y opresora para elles. La cuestión animal muestra de manera exacerbada la clasificación jerárquica en la consideración antropocéntrica del mundo, y la imperiosa necesidad que tenemos aún, como seres humanos, de realizar un acto de humildad para con nuestres compañeres de planeta, una profunda reflexión que asuma que, aun sin pretenderlo, podemos actuar como opresores y violentar sus vidas subides a su espalda.

La ruptura de la jerarquización entre seres humanos y animales, la inclusión de estes en nuestro campo de consideración moral, podría permitir una ruptura de otros pares binarios que los estudios queer, posthumanistas y decoloniales vienen reivindicando desde hace tiempo, podría enseñarnos el camino a un mejor trato hacia les otres, unas relaciones más igualitarias y unas alianzas entre todes de las que, sin duda, vamos a necesitar más que nunca.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

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