Antiespecismo y odio
Quien haya dejado de consumir animales hace tiempo sabe que un elemento imprescindible de autodefensa es la información: la capacidad de aportar datos y respuestas ante los diversos ataques que enfrentamos día a día es el mejor escudo que presentar para, aunque sea, irnos a casa con la sensación de no haber sido avasallades.
Forma parte de nuestro cotidiano recibir comentarios y acusaciones de extremistas, exagerades o incoherentes por elegir dejar a les no humanes fuera de nuestro plato. El típico “la lechuga también siente”, el “siempre se ha hecho así”, el “tenemos colmillos” o las burlas sobre los supuestos gritos de las verduras de nuestro plato (banalizando, a su vez, los gritos reales de les animales asesinades) son herramientas reaccionarias (y patriarcales) con las que te acostumbras a convivir, a pesar de lo curioso de que quien no quiere alimentarse de seres asesinados es quien recibe la violencia verbal por un acto de empatía, de coherencia política o de preocupación por el futuro.
Los colectivos y militancias, así como las redes sociales en los últimos años, han permitido compartir vivencias y herramientas y visibilizar que somos muches quienes sostenemos estas situaciones día a día, y en ellos hemos encontrado apoyo y comprensión. Sin embargo, creo que esta ha sido una lucha solitaria para muches durante muchos años, una soledad que no se olvida y que agota por su absurdez.
Y ahora, en un momento convulso de renacer de ideologías fascistas, dictatoriales y autoritarias, estas estrategias que consisten en acusar a les otres de las actitudes que mostramos nosotres mismes se utilizan cada día más como herramienta de acoso desde las políticas institucionales y las redes que legitiman el auge del fascismo y la difusión de discursos de odio cada vez más encarnizados (viene al pelo el término).
El control de los medios y del discurso público, la “iniciativa de la comunicación”, forman la base de la difusión de las ideologías de odio que estamos viendo crecer en estos últimos años, que nacen en la política institucional (bien lo sabían Goebbels y el nazismo) con la sencilla estrategia de acusar a les contraries de aquello que tú misme estás propiciando, generar ira en la población y crear ambientes hostiles para quienes viven las realidades más injustas. El fascismo lo sabe y lo pone en práctica en su día a día: acoso, persecución, amenazas y difusión de información falsa son actuaciones facilitadas por el uso masivo de las redes sociales y, para todas aquellas personas que se atreven a alzar la voz, su cotidianidad resulta perturbadora.
Exactamente lo mismo que sucede cuando se acusa a una persona de extremista por no querer comer a un animal, cuando se culpa a las personas veganas de la deforestación o de romper tradiciones históricas y costumbres grabadas en piedra. Son las mismas herramientas de violencia verbal que generan y perpetúan injusticias de las que creemos que no somos responsables.
Es esclarecedor que las mismas tácticas de ataque a quienes plantean formas más amables de convivir con otros seres sean las mismas de quienes ansían la vuelta a políticas dictatoriales y la hostilidad entre la población, al enfrentamiento entre iguales que liberará a quienes ostentan el poder de cualquier responsabilidad y les permitirá entretenerse mientras se enriquecen a nuestra costa, situando en el foco social a les más débiles como causantes de sus desgracias.
Y, mientras tanto, las personas empobrecidas siguen sin llegar a fin de mes, los discursos racistas y misóginos obtienen respaldo, las agresiones a personas LGTBIQA+ aumentan cada día y les animales siguen encerrades en jaulas enfrentando vidas de miseria para acabar en nuestros platos.
Quizás es momento de dar a la lucha animal el protagonismo que merece. Quizá trabajar nuestro antropocentrismo nos permita aprender un poco más de las dinámicas destructivas que imponemos en el mundo, deconstruirnos con humildad para empatizar con otras vivencias y otras luchas que pueden ser, por increíble que parezca, incluso más despiadadas que las nuestras. Aprender de quienes han alzado la voz por los seres más indefensos puede aportar, y sin duda lo hará, formas de entender la realidad que nos enfrenten con lo más crudo del ser humano y, a la vez, con la inmensa capacidad de bondad que puede existir en este mundo.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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