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La defensa del autogobierno y el autogobierno como defensa

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Hoy hace 47 años, Euskadi se citó con la historia. Fue un jueves de tiempo otoñal, fresco y lluvioso. Casi seis de cada diez vascos acudieron a votar en el referéndum del Estatuto de Gernika. El 90,27% lo hizo a favor: 831.839 ‘sí’-es y 47.529 ‘no’-es. Yo tenía cuatro años, pero con el tiempo tomé conciencia de lo determinante que fue aquel día en la historia de Euskadi. Familiares y amigos que vivieron aquel momento en primera persona, me transmitieron los nervios del recuento, la alegría desbordada en La Casilla, la ilusión ante una nueva etapa en la que todo estaba por hacer. También el vértigo, la incertidumbre y el peso de la responsabilidad de todo un Pueblo. Euskadi decía 'BAI!' a un nuevo futuro de prosperidad y libertad en verde, rojo y blanco.

El lehendakari Carlos Garaikoetxea, presidente del Consejo General Vasco en aquel momento, fue capaz de expresarlo de forma clarividente: “A mí no me preocupa el día 25, a mí me preocupa el día 26”. No era para menos. El Estatuto se aprobó tras 40 años de dictadura, en una democracia tambaleante y amenazada por los militares, tal y como se demostraría solo dos años después, con el golpe del 23F. Euskadi sufría el lastre de la violencia y el terrorismo, con un asesinato cada tres días. Explotada fiscalmente, con infraestructuras de inicios del siglo XX, con una economía en recesión, castigada por la crisis internacional, en declive industrial -siderurgia, astilleros- y con el paro en máximos. Y con la pesada losa de cuatro décadas de persecución de nuestra identidad y cultura.

Era el momento de reconstruir la Casa Vasca. Una casa cuya estructura estaba muy dañada, pero con pilares sólidos y profundos: la legitimidad histórica y democrática, custodiada contra viento y marea por los lehendakaris Agirre y Leizaola en el exilio. El Pueblo Vasco aprobó el pacto político más importante en décadas, y retomó el camino del primer Gobierno Vasco, cuyo nonagésimo aniversario estamos celebrando. El camino de la democracia, la libertad y el autogobierno. Euskadi decidió hacerse cargo de sí misma y de su destino, como siempre ha hecho a lo largo de su historia. Confiando en sus propias capacidades, sin tutelas y sin una red de seguridad en caso de que las cosas fueran mal. Con el Estatuto primero, y el Concierto Económico después, asumimos el riesgo y la responsabilidad de gobernar nuestra propia casa.

El espíritu de pacto político entre diferentes y con el Estado dejó, durante la campaña del referéndum, imágenes para la posteridad: Manuel Irujo y Dolores Ibarruri en un mitin unitario; líderes tan dispares como Arzalluz (PNV), Benegas (PSE), Castells (ESEI), Bandrés (EE), Zufia (EKA) o Lertxundi (PCE) compartiendo escenario; o Garaikoetxea y Rubial fundiéndose en un abrazo. Aquella unidad cristalizó en el respaldo mayoritario a la vía del autogobierno el 25 de octubre.

La excepción vino de la mano de la Alianza Popular de Manuel Fraga, que pidió el voto en contra; y de Herri Batasuna, que menospreció el Estatuto de Gernika promoviendo activamente la abstención.

El balance de estos 47 años nos lleva a una triple constatación. La primera, que el Estatuto ha sido un instrumento político de primera magnitud. Nos ha permitido asentar el autogobierno, levantar un país en ruinas y vertebrar Euskadi en torno a un proyecto compartido de prosperidad y justicia social. Hemos dado forma al modelo de bienestar vasco, equiparándonos con los países europeos más avanzados y contamos con instituciones propias en los servicios públicos esenciales de salud (Osakidetza), formación (escuela pública, EHU), economía y empleo (Lanbide, SPRI, EVE), seguridad (Ertzaintza), emergencias (SOS Deiak, Euskalmet), protección social (RGI) o vivienda (Etxebide, Visesa, Alokabide). Organismos y políticas que nos han permitido construir un país moderno, competitivo y avanzado, sin dejar a nadie atrás.

La segunda constatación es que el Estatuto constituyó un ejercicio de ‘Realpolitik’; un acuerdo de mínimos, producto de la desigual relación de fuerzas y la presión de los sectores más conservadores del Estado. A pesar de todo, el buen hacer negociador de los equipos vascos y el talante constructivo de Suárez permitió alumbrar un texto de altura, con contenidos de relevancia política: reconocimiento del autogobierno como derecho originario, no como resultado de una concesión; no renuncia a este derecho y a los que pudieran correspondernos en virtud de nuestra historia; y condición de pacto político bilateral. Así queda recogido en el artículo primero y la disposición adicional del Estatuto de Gernika.

La tercera constatación es más amarga: este pacto aprobado por ley y referéndum fue, desde su nacimiento, desnaturalizado y erosionado a través de distintos mecanismos: ‘café para todos’, LOAPA, leyes de bases, judicialización, ... Ha sido sometido, siempre de forma unilateral, a una lógica transaccional por parte de los sucesivos Gobiernos españoles. La realidad es que 47 años después, sigue sin cumplirse íntegramente. Esta legislatura hemos avanzado, consiguiendo 14 nuevas competencias. Entre ellas, las políticas pasivas de empleo, prestaciones no contributivas en la Seguridad Social, salvamento marítimo y litoral, o los permisos de trabajo de personas extranjeras. Ahora bien, quedan pendientes la gestión del régimen económico de la Seguridad Social, incluyendo las prestaciones contributivas, o los puertos de Bilbao y Pasaia. El pacto estatutario sigue sin cumplirse.

Defender el autogobierno vasco es defender algo vital: la posibilidad de gobernar nuestra propia casa. De contar con las capacidades necesarias para defender nuestros intereses. Que quienes vivimos y trabajamos aquí podamos decidir sobre lo que afecta a nuestra vida y a nuestra comunidad. Que quienes somos parte de este pueblo podamos cuidar y atender nuestro hogar.

Esto nos permite convertir la Casa Vasca en un refugio ante un mundo cada vez más incierto y acometer los nuevos retos de futuro: cambio climático, migración, disrupción tecnológica. También protegernos ante un clima político cada vez más deteriorado en el Estado, y ante fuerzas políticas que cuestionan nuestro autogobierno. Porque no olvidemos que, en pocas semanas, se celebrarán unas elecciones en las que concurre, con importantes opciones de gobernar, un partido que niega nuestra identidad y aboga por la supresión de nuestras libertades.

Muchos de los avances que hoy damos por sentados no hubieran sido posibles sin el Estatuto de Gernika. Y esta herencia lleva aparejado un compromiso. Todas y todos tenemos una responsabilidad, también el millón y medio de personas que no pudimos votar por edad: defender el autogobierno vasco; valorarlo como merece; e utilizar todas las herramientas que nos ofrece para seguir creciendo como país y en bienestar. Es nuestra obligación histórica cuidar lo que nos es propio, y lograr las nuevas capacidades políticas que necesitamos para seguir construyendo el futuro. En positivo, sin ir contra nadie, ni hacer bandera de la confrontación. Aplicando los mismos valores y principios, y la misma firmeza y entusiasmo de quienes nos precedieron porque, en un mundo tan incierto y convulso, el autogobierno sigue siendo la mejor defensa de la Casa Vasca ante todo lo que pueda venir. No olvidemos que, somos porque decidimos, y, decidimos porque somos.