El éxito del ozono contra el atasco climático
La Organización Meteorológica Mundial acaba de publicar el pasado 16 de septiembre que el agujero de ozono antártico de 2025 fue uno de los más pequeños en décadas. Es el segundo año consecutivo en el que su profundidad y extensión están claramente por debajo de la media 1990-2010. No ha ocurrido por casualidad: es el resultado de ciencia y la cooperación internacional.
Cuarenta países adoptaron en 1987 el Protocolo de Montreal, acordando eliminar gradualmente el uso de los famosos clorofluorocarbonos (CFC) y otros compuestos químicos usados en refrigerantes, solventes y otros productos industriales que afectaban la capa de ozono que protege la Tierra. Fue un logro histórico, el ejemplo más exitoso de países unidos frente a una compleja amenaza colectiva para el medio ambiente. Algo más de tres décadas después, la capa de ozono atmosférico se está recuperando lentamente, protegiendo de los niveles adicionales de radiación ultravioleta que causan cáncer, daño ocular y otros problemas de salud.
El 16 de septiembre fue el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono, instaurado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1994, celebrándose por primera vez al año siguiente, en 1995. La elección del 16 de septiembre sirve para conmemorar el día de 1987 en que se firmó el Protocolo de Montreal, uno de los acuerdos ambientales más exitosos de la historia enfocado en eliminar las sustancias químicas que agotan este escudo protector.
Antes de valorar el éxito del Protocolo de Montreal, es fundamental aclarar algunos conceptos básicos. Para entender su verdadero impacto, primero debemos responder a tres preguntas clave: ¿qué es exactamente el “agujero” de la capa de ozono, dónde se encuentra y por qué se formó allí.
La capa de ozono es como un escudo invisible que rodea la Tierra (entre los 15 y 35 km de altura) y nos protege de los dañinos rayos ultravioleta (UV) del sol. Imagina que el ozono es un guardián que “atrapa” estos rayos y los destruye sacrificándose a sí mismo, aunque luego el propio planeta lo vuelve a fabricar de forma natural. El problema es que los contaminantes químicos (como el cloro o el bromo) actúan como “villanos” que destruyen miles de moléculas de ozono sin necesidad de usar los rayos del Sol. Al haber menos ozono, el escudo se debilita, los rayos ultravioletas pasan libremente y aumenta el riesgo de sufrir quemaduras, cáncer de piel o problemas oculares.
Aunque este fenómeno ocurre en todo el planeta, el verdadero drama se vive en el Polo Sur. Todo empieza durante el durísimo invierno antártico. En esa época, se forman unos vientos huracanados llamados vórtice polar que aíslan el aire de la zona, convirtiéndola en una gigantesca nevera extrema. Ese frío tan brutal crea unas nubes brillantes llamadas nubes estratosféricas polares. Son hermosas a la vista, pero peligrosas: actúan como laboratorios flotantes que transforman gases inofensivos en auténticos “monstruos” químicos destructores de ozono. Cómo el viento polar los mantiene encerrados en esa nevera, estos destructores se van acumulando durante meses. Sin embargo, les falta un ingrediente secreto para atacar: la luz del sol -recordemos que el invierno polar se pasa a oscuras-. El caos empieza con la llegada de la primavera. En cuanto los primeros rayos de sol tocan la Antártida, activan de golpe a todos los químicos atrapados, iniciando una destrucción masiva. El resultado es el famoso agujero de ozono. Cabe aclarar que no es un agujero real en el cielo, ni el ozono es una manta física; es, en realidad, un adelgazamiento extremo de la densidad de este gas, que nos deja temporalmente desprotegidos.
El agujero de la capa de ozono vuelve a aparecer cada año, y es algo natural. El problema es que los seres humanos añadimos gases destructores que duran décadas en la atmósfera. Por suerte, gracias al Protocolo de Montreal, se prohibieron los peores químicos y la capa de ozono se está recuperando de forma constante.
El Protocolo de Montreal demuestra que los grandes problemas ambientales no son necesariamente irreversibles cuando existe evidencia científica, acuerdos amplios y medidas mantenidas en el tiempo. También recuerda la importancia de distinguir las variaciones naturales de la tendencia general antes de sacar conclusiones por un año concreto.
El Protocolo de Montreal de 1987 es, sin duda, el ejemplo más exitoso de cooperación ambiental global y demuestra que la acción colectiva basada en la ciencia puede revertir daños de escala planetaria. Aunque el mecanismo de la acción multilateral ya esté probado, replicar ese éxito con los gases de efecto invernadero (GEI) y el cambio climático es un desafío exponencialmente más complejo debido a varias diferencias estructurales profundas. Así, mientras los clorofluorocarburos (CFC) eran producidos por un número muy reducido de empresas químicas (principalmente DuPont) y se usaban en industrias específicas (refrigeración, aerosoles), las emisiones de gases de efecto invernadero provienen de prácticamente cualquier actividad humana. La energía, el transporte, la agricultura, la construcción, la manufactura… dependen de los combustibles fósiles.
Combatir el cambio climático no consiste en hacer reparaciones superficiales ni en plantar algunos árboles. Equivale a reconfigurar todo el sistema circulatorio de la humanidad: transformar de raíz cómo nos movemos, cómo producimos energía y cómo fabricamos lo que consumimos.
Hoy en día, las olas de calor extremo, las sequías prolongadas y los fenómenos meteorológicos extremos nos demuestran que estamos llegando al límite de nuestra capacidad de adaptación. La única opción es recortar las emisiones de forma drástica para transitar por los escenarios menos dañinos posibles.