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No son tiempos para hacer lo de siempre

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Pedro Sánchez ha convocado elecciones. En una declaración hábil y completa, ha hecho balance de la legislatura, reivindicando los avances alcanzados por este Gobierno de coalición. Unos avances que, sin la participación decisiva de las izquierdas, no habrían sido posibles. Ha aceptado, con menos énfasis, que persisten malestares profundos en la sociedad y desigualdades que no se han conseguido revertir. Los avances son reales, pero también lo es la sensación de que demasiadas personas siguen viendo vulnerados sus derechos más básicos. 

El desahucio de Mari Carmen ha sido la gota que ha colmado el vaso de un clamor social cada vez más extendido frente a la vulneración del derecho a la vivienda y el encarecimiento de la cesta de la compra. Un contraste entre las subidas del salario mínimo, la mejora de la calidad del empleo y los salarios y los precios. Un reto pendiente. 

Un ciclo político ha terminado, pero eso no significa que el proyecto transformador esté derrotado. Hay una mayoría social en el Estado  que no quiere retrocesos en derechos y libertades. Como ya ha señalado Feijóo, estas no son unas elecciones más y por tanto toca estar a la altura. 

Estas elecciones decidirán si se continúa avanzando en la ampliación de derechos, en la protección social y en la resolución de las cuestiones territoriales aún pendientes, o si, por el contrario, regresa a una visión reaccionaria del Estado. Una visión que ( supuestamente) reconoce derechos al concebido no nacido mientras expulsa de su casa a una señora de 87 años. 

Por tanto, la clave va a ser la capacidad de movilizar a esa mayoría social, escuchar el malestar acumulado y ofrecer respuestas a quienes sienten que los cambios han llegado demasiado lentamente o que aún no han llegado a sus vidas. Porque el reto ya no es únicamente defender lo conquistado durante estos años sino transformar de una vez por todas la realidad de la gente, de afrontar la democratización de la economía y la cuestión territorial pendiente. 

En última instancia, estas elecciones son una elección entre dos modelos de sociedad. Entre uno que amplía derechos y fortalece la democracia para que nadie quede atrás, y otro que aspira a restaurar viejas prioridades y viejos privilegios. El resultado dependerá de si esa mayoría plural, democrática y progresista es capaz de convertir su fuerza social en una mayoría política que permita seguir avanzando. 

Preparar unas elecciones expecionales

Los momentos excepcionales no se afrontan con respuestas ordinarias. Ni en los programas, ni en las alianzas, ni en los métodos. No voy a entrar aquí en la definición de las coaliciones ni de los liderazgos que deban representar los distintos proyectos. Pero, desde la experiencia de haber pasado años en la sala de máquinas de la política institucional, y de haber conocido de cerca el funcionamiento del Congreso y del Senado durante esta legislatura, quiero reiterar una propuesta que otras voces llevan tiempo planteando: no regalemos el Senado a la derecha. 

La excepcionalidad del momento obliga a pensar de otra manera. Los sondeos apuntan a una posible mayoría absoluta de la derecha y la extrema derecha. Precisamente por eso cobra sentido una iniciativa que diversos intelectuales, académicos y responsables públicos han puesto sobre la mesa: promover candidaturas conjuntas de las fuerzas progresistas al Senado en cada provincia o territorio. No por un afán de uniformidad ni por la negación de las diferencias ideológicas existentes, sino por la comprensión de la naturaleza extraordinaria del desafío que tenemos delante. 

El Senado no es la principal cámara legislativa, pero quienes lo consideran irrelevante se equivocan. Durante los últimos años hemos visto cómo su composición ha condicionado debates fundamentales y cómo puede convertirse en un instrumento de impulso o bloqueo institucional. Además, en los próximos años deberá participar en decisiones de enorme trascendencia para el funcionamiento democrático del Estado y la renovación de órganos constitucionales clave. 

Nuestro sistema electoral para la Cámara Alta sigue respondiendo a una lógica diseñada en tiempos de bipartidismo ya que otorga una prima extraordinaria a la fuerza más votada en cada provincia, en contraste con un Congreso algo más proporcional. Diferencias relativamente reducidas en votos pueden transformarse en mayorías muy amplias en escaños. Y la fragmentación de candidaturas puede acabar entregando una representación desproporcionada a quienes apenas cuentan con una ventaja electoral limitada. 

Por eso la cuestión no debería plantearse en términos de siglas, sino de responsabilidad histórica. La izquierda ha cometido demasiadas veces el error de convertir diferencias legítimas en divisiones insalvables. Ha confundido pluralidad con fragmentación y ha terminado facilitando victorias institucionales que no se correspondían con la correlación real de fuerzas existente en la sociedad. 

No se trata de renunciar a proyectos políticos propios, ni de diluir identidades, ni de imponer uniformidades artificiales. Se trata de comprender que hay momentos en los que la cooperación se convierte en una obligación democrática. Hay momentos en los que defender las propias convicciones exige también inteligencia estratégica. 

Por tanto, hay soluciones para que los 11 millones de votos que puedan tener los partidos de la antigua mayoría de investidura se trasladen de la forma más efectiva posible al Senado. Ya se hizo en Navarra o Catalunya, se hace en Eivissa. No hay razón para no buscar la fórmula o las fórmulas ahora.

Por eso no son unas elecciones más. Son unas elecciones de época. Y cuando lo que está en juego es tan importante, la respuesta no puede ser ordinaria. Hace falta audacia, inteligencia, generosidad y altura de miras. Hace falta comprender que hay momentos en los que la unidad de acción no es una renuncia, sino la condición necesaria para seguir avanzando. 

No les regalemos nada.