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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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El bañista

Antes de que el sol rompa su yema de luz cegadora sobre T., después de zambullirse en el río, el bañista regresa a su apartamento en la Ronda. Las persianas permanecen bajadas todo el verano, en invierno están levantadas y las ventanas abiertas. En T. lo conocen como el bañista, no tiene nombre. Un hombre sin nombre es un fantasma. Baja muy temprano al río en verano, deja el albornoz de Szechenyi sobre la arena y se da un baño. Es el último, nadie ya se baña en este río de aguas ponzoñosas y paradas.

Quizás ya esté muerto y sólo sea una luz y una sombra que camina hacia las aguas negras para darse un baño lisérgico por todos nosotros. Una alucinación que rompe el espejo negro del río en pedazos de imágenes coloridas y sofocantes. Se zambulle y bucea. Posiblemente el río le diera todo y aún él se deba al agua, a la corriente de su propia vida; una cosecha de veranos, el primer amor, el miedo a la muerte, el ahogado y sus largos brazos agarrados a la luz llamándole por su nombre. Lo que el río le quitó  a veces parece dárselo de nuevo. Esa es la magia que el bañista transmite, parece vivo estando muerto, y muerto incurre en lo fantasmagórico, como si esto fuera finalmente una posibilidad de vida, de renacer bajo esta luz fuerte en la que las sombras de los que no están se proyectan en el suelo transparente de la memoria.

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Lisboa (III)

En la paz de Gincho me vino a la memoria aquel libro maravilloso de José Cardoso Pires “Lisboa, diario de abordo” en el que disecciona la ciudad para ofrecernos sus vísceras aún calientes. Otra re-mitificación más de la ciudad. En ese libro uno termina perdido hasta aparecer delante de la iglesia de Arrolos, donde ya no vuelan ángeles sobre los borrachos y hay misterios que siguen animando la ciudad. Desde Almada, al otro lado del río, Lisboa parece un carrusel que gira al ritmo de la luz. Dos grandes cruceros en el Cais de Santa Apolonia vomitan hormigas amarillas hacia el corazón de la ciudad. Al caer la noche ves a las hormigas meter en el barco pedazos enteros de la ciudad.

¿No será en verdad una parte de Praga, Toledo, Roma, Budapest, Bratislava, Dubrovnik lo que está allí enfrente? Ya sólo hay una gran y única ciudad sin nombre, a sus diferentes partes las nombramos con letras, P. V. M. H. S. B. N.; Por debajo una red infinita de líneas de metro a modo de red arterial llevan la sangre y la carne de un lugar a otro. Entras en Saldanha para salir en Wittenbergplatz al lado del centro comercial KaDeWe, y si vuelves al agujero siguiendo la línea roja, después de muchas paradas y transbordos sales en Abbesses. Entraste en el subsuelo con un sol que te rompía los ojos y sales a un cielo metálico en Osteende. Ahora choca el tiempo con el tempus, de la sincronización absoluta de la ciudad a la desincronización del hombre consigo mismo.

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Diccionario

Escribí en la libreta de pastas azules, Artículo, 8 de abril, T. y la tierra se abrió a mis pies. A un lado de la falla estaba el pasado y al otro el futuro. Sólo había que saltarla. Debía elegir un tema para escribir. En ese momento tan vacío y húmedo de la noche me dejé guiar por Imre Kertész, y donde él decía, anoche escuché el tercer movimiento de la cuarta sinfonía de Mahler y luego los movimientos tercero y cuarta de la sexta. Yo hubiera dicho que en la oscuridad de la noche un canto de ballenas muy agudo y lejano se oía. Llovía cálidamente como en ‘Blade Runner’, y aunque nunca vi atacar naves en llamas más allá de Orión, ni rayos C brillar en la oscuridad, sí vi una vez la puerta de Tannhäuser en un momento en el que llovía como en ‘Singin’in the rain’. Llevaba un impermeable azul y estaba con Bárbara Macher arreglando un pinchazo de la rueda de la bicicleta. Desorientado miré por la ventana y como tantas veces me dejé llevar por el río.

Todo es absurdo en una pequeña ciudad como esta. Una ciudad pequeña siempre está disfrazada de una grande, y si no tienes una ventana que dé al río terminas perdiendo la medida de las cosas y la perspectiva del mundo. La tentación es el narcisismo. Una ciudad así es un laberinto. Un escritor para no perderse debe mirar el cielo y guiarse por ella como en una navegación antigua. Mucho antes de que existiera la menor idea de la brújula los hombres conocían el Este y el Oeste por la aurora y el ocaso. Conocían el Norte y el Sur observando algunas estrellas que rodean el Polo Norte. Navegar, guiándose por el sol y las estrellas, significaba depender del movimiento constante de tales cuerpos celestes; este tipo de navegación, por lo tanto, lograba acertarse, ensayando y errando. La verdad está escondida en las pequeñas cosas.

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Lisboa (II)

Cojo muy temprano en Lisboa-Portela el avión a Roma. El avión se eleva como un pato saliendo del agua hacia el sol. La luz de marzo arde en el río con fuerza. El Tajo es un pan de oro que se extiende desde la Baixa hasta Vilafranca de Xira. Lisboa  parece una inmensa tarta blanca y el barrio de Amadora una cantera de mármol. Enseguida todo se empequeñece. Desde el cielo el río es una línea negra muy fina, un cable muy largo que se mete en los ojos alumbrando otros días de sol ya lejanos. A los pocos minutos sobrevuelo T. que desde el cielo es como una costra roja en la tierra.

En un cuaderno tomo notas. Son nombres de ríos, y junto al nombre trazo una línea negra, algunas veces cuando el río es muy corto solamente subrayo el nombre. Bien, ya está desvelado el misterio, pero eso no lo resuelve. Cuando se trata de un río muy largo, la línea que sigue o lo simboliza llega hasta el final de la hoja. También hay un par de hojas al final del cuaderno reservadas para los ríos más sucios donde aún se baña el hombre para purificarse. Estos los escribo con tinta roja. Ni yo mismo sé por qué lo hago, y si lo supiera quizás no lo haría. El río del habla, del lenguaje humano, que nace de las bocas de los insomnes y sigue siendo un misterio. A ese inmenso misterio que jamás será revelado, le sigue el misterio de la escritura, el río que nace de la mano. El que nace de la boca termina confluyendo en el río que nace de la mano. Cuando alguien lea un texto o lo escrito en voz alta, nacerá el río de lo escrito; este río sale de una boca por donde nace el río de la oralidad.

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Lisboa

Desde el Cais de Sodre se ve un río. Esta frase seca y precisa me atrapa desde hace días. Me pregunto si la frase abre algo o lo cierra simplemente. Podría estar de igual forma al final como al principio de un libro alterando la narración de igual forma. La frase se ha interpuesto como un brillo mate ante la realidad. “Lo que pinto está fuera de la pintura” escribió el pintor holandés Van Velde, o sea, es algo invisible, querría pintar lo invisible.

Yo no puedo ya ver el río verdadero. Las palabras casi siempre se interponen como muros ciegos entre otras palabras más visibles y cristalinas, y termino escribiendo finalmente lo que no veo con la intención de encontrar la verdad absoluta de las cosas. Ese es uno de los misterios del lenguaje, oscurecer lo que aclara y al contrario. Unas palabras absorben la luz y otras las rechazan. En mi cuaderno negro copié ayer unos versos de Herberto Helder. El libro me lo había prestado la poeta portuguesa Carina Valente. “O río cego em Lisboa é bem mais fondo que o río cego e rápido em Paris”. No lo traduzco, no es necesario. Mi memoria del río son trozos del río, líneas quebradas, rayas en hojas blancas que a veces junto para reconocer un 'continuum', y sus afluentes otras rayas y líneas rotas.

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Piragüistas

En T. hoy salió el sol a las 8:36, y se puso a las 18:30. El día duró 9 horas y 36 minutos. En Barcelona, los primeros rayos del sol se detectaron a las 6:30 a lo lejos en el mar de Menorca, la salida real fue a las 8:14 y la puesta a las 17:48; allí el día duró 9h, 33m. En Vic y en Solsona unos segundos después. Los nazis y feixistes catalanes se quejan de tener el mismo sol que España, no lo pueden bajar del cielo y cambiarlo por otro más grande, ese sol español que quema el rostro y hace del pasto estopa blanquecina en verano; preferirían el sol alemán, el amarillo frío que calma los ojos azules del Volk, y de un único poble ensimismado mientras masturban el gran falo del edificio Agbar.

En Berlín hoy amaneció a las 6:07, despuntó por la llanura patatera a las 8:10 y cayó al mar belga a las 16:23. En realidad minucias solares si las comparamos con Nueva York respecto a Juneau en Alaska. Nada. Desencajar el sol y guiarlo como una oveja no es fácil, y menos a un pueblo hacia los acantilados de mármol con mentiras racistas. Desde la ventana de ladrillos un poco antes de que amanezca en T. veo a los primeros piragüistas paleando de espaldas al sol.

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Puentes

El fotógrafo portugués Oscar Andrade pasó hace unos días por T. Nos citamos a la entrada del viejo puente de Santa Catalina y cruzamos el río a paso lento. A la manera de Robert Kincaid lleva desde hace años fotografiando los puentes sobre el Tajo y el Guadiana. Cuando culmine este trabajo lo celebraremos en el café Ofelia de Alfama. Un puente se ve a la vez desde los dos extremos, y une fuerzas antagónicas, uniéndose sobre las aguas sin violencia, en paz, así lo vio una vez el poeta norteamericano Hart Crane en una de sus visiones autodestructivas.

Un libro de puentes es más que un libro sobre puentes, ese [ sobre] hace que todo fluya por encima. Nos imaginamos un puente de cristal y lo atravesamos llenos de vértigo sobre un río de pureza escarnecida. Nos vemos reflejados en el agua mientras lo cruzamos, nos vemos bocabajo, inmersos en pensamientos de cristal que se rompen a cada paso. T. tiene cuatro puentes sobre el río. El puente de Luis Baber, el de Santa Catalina, el Arpa de los vientos y el puente sin nombre. El Arpa de los vientos es un puente con ciento cincuenta y dos cables tensados a un pilono de 192 metros de altura donde el aire crea melodías extrañas al rozar los cables atirantados. En el pilono de hormigón un anónimo escribió a una altura considerable “Es tan importante la voz, el viento de la voz, el sol de la voz. Cuando lo escribas no podrás leerlo, está esparcida en el aire la vida”. Y así es, para leer esos versos anónimos debes mirar hacia lo alto del pilono y perderte con los ojos en el cielo. Oscar Andrade lo captó gracias al potente objetivo de su cámara y fue a través de la fotografía como pudimos leerlo. La luz nos acerca aquello que el hombre aleja. Ahora este puente es uno de esos lugares donde los familiares esparcen la ceniza de sus muertos al río. Un puente es un registro de vivencias, demasiadas veces no lo atravesamos sino que nos quedamos en él a vivir. 

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Buda-pest

Hace unos días me encontraba en el Opera café de la avenida Andrássy en Budapest. A mi lado se sentaba Miklos Radnóti, que me hablaba sin cesar de un viaje que había hecho a España hacía ya mucho tiempo. Después de pasar por París, queriendo emular a Rilke bajó hasta Toledo. Allí escribió un poema titulado 'Danubio' y se bañó en el río una tarde de marzo. Radnóti coleccionaba baños fluviales, en unas hojas negras apuntaba los lugares donde se había sumergido. Me dijo, los ríos envejecen. El Danubio es una bella señora a punto de morir.

Desde la avenida Andrássy, cruzando Belváros y el barrio judío se tarda una media hora a pie hasta llegar al puente Lánchíd. De noche todas las luces de la ciudad arden en la corriente del Danubio. Yo había dejado las primeras hojas de mi nuevo cuaderno en blanco a la espera de algo, de una señal, y abrir así, más seguro surcos en la nieve. El señor Radnóti no dejaba de mirar el bolsillo de mi abrigo donde  llevaba el cuaderno. Me dijo: Un río arrastra a sus muertos hasta las puertas del mar, y el mal y el mar son tan grandes que sólo podemos decirlos con palabras muy cortas. Palabras que entran por los ojos y nunca son capaces de salir por la boca.

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Octubre

Detrás del centro comercial, en un muro blanco muy cerca del río, alguien ha escrito con espray rojo  'Il est interdit de pleurer', así en francés resulta extraño encontrar esto escrito en un muro a las afueras de T. Octubre siempre fue un mes vacío y tranquilo, 'Mais c´est le mois des révolutions' . El tiempo de la lucidez lo llamaba Axel Rielman en su libro 'El membrillo negro'. Esperabas sacar todavía hoy una gota de almíbar de la vida antes de la llegada del mal tiempo. No habías reparado en que todas las guerras comienzan en un día de sol, y que el grillo ha cantado por debajo del mar toda la noche. No te fíes de esa paz luminosa de hoy, es engañosa como la sombra de una red para pájaros en la arena. Como planchas de luz los días aplastados van haciendo la memoria con la que hablamos a lo que está por venir. Al final queda el peso de lo anhelado en lo sucio.

Quizás alguien se haya marchado de T. y esté ahora bordeando el mar, inaugurando sin saberlo una nueva forma de dar la vuelta a la tierra. Cree que de esa forma redondeará lo ya conocido. Si seguía la línea que marca la orilla del mar nunca se perdería en el mundo. Apenas se diferencian de esa manera los países; las fronteras al lado del agua son unívocas y casi siempre se esfuman en la luz. Yendo de esa forma nunca sabría finalmente si había dejado atrás Italia estando ya en Eslovenia, o si las dunas de las playas de Argelia eran ya los arenales de Marruecos. Sin embargo hay fronteras que son líneas imaginarias allí donde un velero quieto antes del horizonte se mece a la espera de ser traído a la orilla.

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Feixisme

Un país de cristal a la espera de un meteorito que lo rompa, de apenas cincuenta por treinta y cinco de grosor, una piedra amorfa venida de otro mundo con mensaje dentro, un bólido con su estela anaranjada. Lo mejor es salirse de cualquier guerra. Herman Hesse lo hizo, la pléyade de quienes lo hicieron merece ser entendida o releída. En el cabaret Voltaire de Zürich, liderado por Hugo Ball y Tristan Tzara nació el dadaísmo, un grito vacío de humanidad contra la guerra y los nacionalismos que la provocaron. En ellos, en sus libros se guarda el corazón y el alma de Europa. Yo haré como estos alemanes, irme de la guerra. Sin soldados no hay guerra. (W.B., G.S., A.E., I.G., C.S., A.K., M.D.) Todo este mar de iniciales lo encarna pero la lista es mucho más larga. Desde T. sale una carretera que lleva a Córdoba atravesando La Siberia y la Serena extremeñas.

Un territorio casi del tamaño de Suiza. Llamémoslo ahora S; la S es el signo que encarna el silencio y el sonido, una letra sinuosa marca la contradicción entre lo que suena en lo que calla y lo que calla en lo que podría sonar. Una duna silenciosa que arrastra el sonido del mundo, un signo que forma curvas de infinito silencioso en el ruido humano. Así esta tierra de nadie al Sur de T., este lugar amarillo llamado S. sería una Suiza vaciada o nunca llenada, y en concomitancia con un absurdo lejanamente kafkiano, pero por eso enteramente visible, en vez de afiladas cimas y grandes ventisqueros como avenidas y glaciares donde nacen los grandes ríos de los Alpes, sierras carcomidas y chatas, y a sus pies manantiales y fuentes secas, loberas y antiguas guaridas de maquis.

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