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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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Quietud y bucles

La tierra duerme ahora y exhala, los huertos descansan. En el río inmóvil nubes de morfina bajo el agua. Más allá de lo dormido, lo muerto, lo detenido. Todo te hace pensar que se podría caminar sobre el agua, y quien lo intenta se hunde y de pronto comienza a chapotear, y lo ves salir por la orilla, sucio, lleno de mierda y miedo. 

Lo vuelve a intentar más veces y siempre se hunde, en el último momento ves finalmente a un hombre caminando sobre las aguas del río. Ya no pesa, alcanza la otra orilla y se pierde en una oscuridad vaga. Desde la ventana del apartamento de ladrillos rojos la ciudad parece más pequeña y quieta ahora. Miras el río por si hay otro hombre caminando sobre las aguas, otro insomne hacia la otra orilla. Todo duerme y parece quieto.  Pero si te agarras a algo, la ciudad se mueve lentamente, parece ir a la deriva, o si te fijas en alguna estrella, o la mirada permanece quieta en algún punto lejano, notas mejor ese movimiento hacia la nada.

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Otros ríos

El Mür corta en dos la vieja ciudad de Graz. No sé de dónde viene este río ni hacia donde se dirige. Es el río de Estiria que se va hacia el Drava, o río de la guerra, y de este al Danubio. De noche, en estos días de adviento, en la negra corriente se oyen cantos de navidad en el dialecto alemán de Estiria. Algunos estudiantes de Erasmus beben vino italiano a las orillas del río al caer la tarde. Este río me recuerda otros ríos que cortan las ciudades en dos para unirlas. Tengo una lista. El Limia o río del olvido en Chaves, quien lo cruza lo olvida todo; el Arno, donde una vez me bañé desnudo, el Mondego en Coimbra o el Spree en Berlín. Tantos ríos se convocan ahora entorno a este. Los ojos sólo son un puente por el que pasa ese único río de la memoria.

El frío se lleva bien, unos cuantos copos se escapan de la inmensa y oscura bóveda del cielo. Invitado a esta ciudad por la escritora austriaca Miriam Lechner paso gran parte de la mañana en el café Wasserman, esa palabra significa hombre de agua. En ese café aún se puede fumar. Desde las grandes ventanas se ve el castillo de Eggenberg y el Murinsel, la isla flotante con forma de platillo volante que hay en medio del río desde hace más de diez años. Esta isla fue creada por el artista neoyorquino Vito Acconci, basado en una idea de Robert Punkenhofer, que nació en Graz. Gracias a esa isla, las dos partes de la ciudad están creciendo juntas otra vez.

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Noviembre

El cementerio de T. no tiene nombre. La mayoría de las tumbas miran al Oeste. El río pasa al lado. De los ojos vacíos de los muertos nace otra corriente de silencio hacia el mar, más pura y permanente que la del río, de esa manera ellos se duermen más tarde y su muerte está aún viva. La claridad del día poco daño puede hacerle ya a los ojos, la luz del fuerte ya no les deslumbra. El río pasa muy cerca de la tapia del mediodía y desde allí vira un poco hacia el Sur para volver a corregirse aguas abajo y tomar de nuevo su dirección original hacia el Oeste.

En este cementerio sin nombre se rompe la vieja tradición pagana de enterrar a los muertos de cara al sol naciente. En el de Père-Lachaise de Paris las tumbas y panteones no mantienen un orden especial, y las calles entre frondosos bosques de plátanos y grandes tilos son un laberinto que siempre te lleva a la vida. En él me perdí buscando la tumba de Modigliani. Allí había centenares de gatos gordos en estado semisalvaje a los que una anciana vestida de azul echaba mortadela. Ellos son la reencarnación de los que allí moran. Lo más normal es que te cague un pájaro en la cabeza mientras buscas la tumba de Jim Morrison.

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Una bomba de agua

Sobre la mesa el informe sobre cambio climático de Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, el más pesimista y catastrófico de todos, “Masa y Poder” de Elias Canetti y “Hacia un saber sobre el alma” de María Zambrano. Estos son los alimentos de octubre, además de un plato de higos que ha traído esta mañana L. Entre otras obsesiones, algunas frases de Kafka se han clavado en mí estos días como astillas de lenguaje.

El paseo fluvial se llena de paseantes y corredores, -solo uno de ellos prepara la maratón de Sidney y se llama Filipides-. Miro el río y le doy vueltas a esas frases de Kafka clavadas en la pared. La que más me hace reír se refiere a un perro al que  hace entrega de todo el conocimiento y la totalidad de preguntas y respuestas que pueda generarse el hombre, después de que este viera en un muro blanco del Charcón un grafitti en el que un muchacho había pintarrajeado E=mc2, que quiere decir que la energía de un cuerpo en reposo (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado. Einstein a esto lo llamó “La inercia de un cuerpo depende de su contenido de energía", en el que incluía una fórmula que relaciona la masa y la energía, postulando que en realidad son una misma cosa. ¿Es eso el alma de un cuerpo? Me pregunto, o te lo pregunto -mi lector preferido- ¿Podríamos llamar a eso el alma de las cosas? Y entonces contesta de nuevo Kafka con una frase extraída de su cuaderno en octavos: “Afortunadamente la incongruencia del mundo es de índole cuantitativa”.

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Tiempo Groc (amarillo)

Quien mira demasiado tiempo un río se vuelve loco, ya no es capaz de ver más que el río. Todos deberíamos volvernos locos y mirar sólo el río. Eso prometí a B. Kolmar un 15 de septiembre de hace muchos años en la Rheinaue de Bonn, no dejar de mirar el río. En ese momento le regalé a B. el Rhein por donde iban barcos de plata cargados de carbón y barcazas con orquestas tocando la décima sinfónica de Beethoven.

En una de ellas iba el fantasma de Karl Holz tocando el fragmento de la introducción en mi♭. Beethoven nunca llegó a oírla, y el contundente allegro en do menor era una explosión sorda, como la de la bomba atómica en Hiroshima. Entonces ella se dio la vuelta, y riendo me dijo, me das la mierda, después se perdió en la niebla fluvial para siempre. Llevaba un impermeable de plástico amarillo cuando el color que solía quedarle mejor a juego con su cabellera pelirroja era el rojo. Desde entonces no me gusta el amarillo o el Groc.

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El veraneante (I)

Lo primero fue meter el teléfono en una caja negra, cada vez que suena la caja vibra y se mueve. Sonó tanto que la caja fue del punto W. al punto J. como una cucaracha sin patas. Un teléfono móvil es una cucaracha. Las palabras que no callamos terminan moviendo montañas.

La casa está perdida en un punto indeterminado del alto Tajo. Para llegar a ella, después de recorrer en coche una media hora por un camino de tierra afectado por las últimas tormentas, hay que seguir a pie unos doscientos metros por un camino estrecho entre sabinas y pinos. El arquitecto Bruno di Pastena se la deja en verano a amigos escritores y artistas para que se aíslen unos días y escriban.

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Los nombres del río

El río tenía muchos nombres. Un río además de una corriente de agua es también un continuum de nombres extraños. Cuando vuelvo a pronunciarlos después de muchos años la memoria se ilumina y se llena de lugares absurdos donde he estado una sola vez y a los que jamás volveré.

Los nombres del río eran los de los viejos vados  aguas abajo de T., Puente Pinos en la desembocadura del Uso cerca del Puente del Arzobispo, y el de Talavera la vieja en Valdecañas; también los viejos puentes, los molinos de agua, las fábricas de luz, las huertas, las vegas de los afluentes, los pequeños ríos, las ciudades muertas tras los canales de riego. Los nombres del agua son transparentes como el olvido cernudiano. “Sigue, sigue adelante y no regreses. Fiel hasta el fin del camino y tu vida. No eches de menos un destino más fácil”.

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El bañista

Antes de que el sol rompa su yema de luz cegadora sobre T., después de zambullirse en el río, el bañista regresa a su apartamento en la Ronda. Las persianas permanecen bajadas todo el verano, en invierno están levantadas y las ventanas abiertas. En T. lo conocen como el bañista, no tiene nombre. Un hombre sin nombre es un fantasma. Baja muy temprano al río en verano, deja el albornoz de Szechenyi sobre la arena y se da un baño. Es el último, nadie ya se baña en este río de aguas ponzoñosas y paradas.

Quizás ya esté muerto y sólo sea una luz y una sombra que camina hacia las aguas negras para darse un baño lisérgico por todos nosotros. Una alucinación que rompe el espejo negro del río en pedazos de imágenes coloridas y sofocantes. Se zambulle y bucea. Posiblemente el río le diera todo y aún él se deba al agua, a la corriente de su propia vida; una cosecha de veranos, el primer amor, el miedo a la muerte, el ahogado y sus largos brazos agarrados a la luz llamándole por su nombre. Lo que el río le quitó  a veces parece dárselo de nuevo. Esa es la magia que el bañista transmite, parece vivo estando muerto, y muerto incurre en lo fantasmagórico, como si esto fuera finalmente una posibilidad de vida, de renacer bajo esta luz fuerte en la que las sombras de los que no están se proyectan en el suelo transparente de la memoria.

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Lisboa (III)

En la paz de Gincho me vino a la memoria aquel libro maravilloso de José Cardoso Pires “Lisboa, diario de abordo” en el que disecciona la ciudad para ofrecernos sus vísceras aún calientes. Otra re-mitificación más de la ciudad. En ese libro uno termina perdido hasta aparecer delante de la iglesia de Arrolos, donde ya no vuelan ángeles sobre los borrachos y hay misterios que siguen animando la ciudad. Desde Almada, al otro lado del río, Lisboa parece un carrusel que gira al ritmo de la luz. Dos grandes cruceros en el Cais de Santa Apolonia vomitan hormigas amarillas hacia el corazón de la ciudad. Al caer la noche ves a las hormigas meter en el barco pedazos enteros de la ciudad.

¿No será en verdad una parte de Praga, Toledo, Roma, Budapest, Bratislava, Dubrovnik lo que está allí enfrente? Ya sólo hay una gran y única ciudad sin nombre, a sus diferentes partes las nombramos con letras, P. V. M. H. S. B. N.; Por debajo una red infinita de líneas de metro a modo de red arterial llevan la sangre y la carne de un lugar a otro. Entras en Saldanha para salir en Wittenbergplatz al lado del centro comercial KaDeWe, y si vuelves al agujero siguiendo la línea roja, después de muchas paradas y transbordos sales en Abbesses. Entraste en el subsuelo con un sol que te rompía los ojos y sales a un cielo metálico en Osteende. Ahora choca el tiempo con el tempus, de la sincronización absoluta de la ciudad a la desincronización del hombre consigo mismo.

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Diccionario

Escribí en la libreta de pastas azules, Artículo, 8 de abril, T. y la tierra se abrió a mis pies. A un lado de la falla estaba el pasado y al otro el futuro. Sólo había que saltarla. Debía elegir un tema para escribir. En ese momento tan vacío y húmedo de la noche me dejé guiar por Imre Kertész, y donde él decía, anoche escuché el tercer movimiento de la cuarta sinfonía de Mahler y luego los movimientos tercero y cuarta de la sexta. Yo hubiera dicho que en la oscuridad de la noche un canto de ballenas muy agudo y lejano se oía. Llovía cálidamente como en ‘Blade Runner’, y aunque nunca vi atacar naves en llamas más allá de Orión, ni rayos C brillar en la oscuridad, sí vi una vez la puerta de Tannhäuser en un momento en el que llovía como en ‘Singin’in the rain’. Llevaba un impermeable azul y estaba con Bárbara Macher arreglando un pinchazo de la rueda de la bicicleta. Desorientado miré por la ventana y como tantas veces me dejé llevar por el río.

Todo es absurdo en una pequeña ciudad como esta. Una ciudad pequeña siempre está disfrazada de una grande, y si no tienes una ventana que dé al río terminas perdiendo la medida de las cosas y la perspectiva del mundo. La tentación es el narcisismo. Una ciudad así es un laberinto. Un escritor para no perderse debe mirar el cielo y guiarse por ella como en una navegación antigua. Mucho antes de que existiera la menor idea de la brújula los hombres conocían el Este y el Oeste por la aurora y el ocaso. Conocían el Norte y el Sur observando algunas estrellas que rodean el Polo Norte. Navegar, guiándose por el sol y las estrellas, significaba depender del movimiento constante de tales cuerpos celestes; este tipo de navegación, por lo tanto, lograba acertarse, ensayando y errando. La verdad está escondida en las pequeñas cosas.

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