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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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Calor

Era la primera noche de calor del año. Tenía que terminar este artículo antes de San Juan, y nada salía de mi mano, sólo ese calor negro que desprenden todas las cosas, la fiebre extraña del mundo en las paredes. Daba vueltas por el apartamento de la Ronda como un fantasma insomne, las ventanas estaban abiertas, incluso la puerta permaneció así toda la noche procurando crear una corriente de aire. Del río subía el frescor, el aliento fresco de las aguas podridas.

Me tumbé en el balcón, junto a las macetas de flores había una pila de periódicos viejos, cogí uno. En primera página, antes incluso de los titulares, Mitsubishi Electric Aire Acondicionado había insertado su publicidad. Esto decía justo debajo: “Los últimos modelos en climatización se activan con la presencia humana, y regulan su funcionamiento de acuerdo con la temperatura corporal”. Después venía la letra pequeña, que nadie lee, subrayé esta frase con un lápiz “la pureza del aire es otra de las ventajas de este modelo”.

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Afluentes

Hace unos días que regresé de un viaje por el río Ponsul, no sé cuánto tiempo estuve allí y no sé si realmente llegué a estarlo, pero acaso lo llamé eternidad y a aquel lugar lleno de belleza antigua, río del Silencio. Para ir a ese lugar me subí de noche en T. a un tren que ya no existe y me bajé en Castelo Branco al amanecer de un tren que ya no existe. Quizás yo tampoco exista ya, y este brazo lo mueva ese nadie que siempre habita en cada uno de nosotros.

A la salida de la estación pregunté por el Ponsul o río del Silencio a un hombre que parecía ciego. El hombre levantó el brazo, y moviéndolo lentamente señaló a un coche negro que había al otro lado de la plaza. Un taxista que dormitaba dentro del coche, y al que desperté, me llevó finalmente hasta la vieja Egitania, hoy llamada Idanha-a-Vella. La vieja ciudad amurallada está en lo alto de una colina. Desde allí miré a lo lejos, al Este mi país, aquella tierra vacía de cielos altos. Los países que hay al otro lado de cualquier línea imaginaria o raya invisible siempre parecen vacíos, abandonados.

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El agua

Nos reunimos en Villa Valeria hace unos días JAB, J.L, t.P, Brodsky, a.N. p.B y n.L. La vieja guardia de corps. El paisaje junto a la vieja fábrica de tomate poco ha cambiado. Algunos chalets humildes con cipreses. Las higueras llenas de yemas a punto de rebentar a lo largo de la acequia V. Al fondo, tras las vías del ferrocarril a Lisboa, la gran muralla de ladrillos rojos de la ciudad. Amapolas a  los bordes del camino de Mejorada, como señal prematura del holocausto solar que se avecina.   

En la mesa quedaban  botellas de vino vacías junto a un plato con nueces e higos secos. JAB ha plantado ya en la huerta las espinacas, las cebollas, y las fresas; los semilleros se esparcen en cajas de madera por los bordes del muro blanco. La alberca se ha llenado de pétalos de flor de albaricoque. Todo parecía muy japonés, la brisa de seda azul de la tarde, el sol de finales de marzo en el cielo azul. Recordé el haiku de Matsuo Bashô -El hombre que diga, “Mis hijos son una carga” No habrá flores para él-.

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Viajes

Este artículo nace de una fotografía tomada en Estoril en agosto de 1988. Dos muchachos, JAB y Brodsky posan a media tarde envueltos en una bruma marítima, detrás de ellos la punta de tierra de Cascais. Durante estos días he tenido al lado del cuaderno la fotografía. Me la había mandado JAB hace un par de semanas, y se la hice llegar a Brodsky. Una metaimagen del tiempo muerto, una visión del instante, un sesentavo de segundo o el cuatromilavo que logra capturar la luz y con él, la esencia de esos muchachos.

Sin embargo, esa imagen apenas ha sido capturada, comienza a envejecer y a sentir el paso del tiempo, su evolución. La luz la ha blanqueado durante todos estos años en los que  permaneció olvidada en algún cajón, o entre las hojas de un libro. Dos muchachos de apenas veinte años posando en el estuario. Están envueltos en la bruma marítima, una luz cenital, de media tarde, detrás de ellos la punta de Cascais y los acantilados de la Boca del Infierno, donde un día de 1930 Pessoa y el ocultista inglés Alesister Crowley simularon un suicidio arrojandose a aquel agujero negro.

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Quietud y bucles

La tierra duerme ahora y exhala, los huertos descansan. En el río inmóvil nubes de morfina bajo el agua. Más allá de lo dormido, lo muerto, lo detenido. Todo te hace pensar que se podría caminar sobre el agua, y quien lo intenta se hunde y de pronto comienza a chapotear, y lo ves salir por la orilla, sucio, lleno de mierda y miedo. 

Lo vuelve a intentar más veces y siempre se hunde, en el último momento ves finalmente a un hombre caminando sobre las aguas del río. Ya no pesa, alcanza la otra orilla y se pierde en una oscuridad vaga. Desde la ventana del apartamento de ladrillos rojos la ciudad parece más pequeña y quieta ahora. Miras el río por si hay otro hombre caminando sobre las aguas, otro insomne hacia la otra orilla. Todo duerme y parece quieto.  Pero si te agarras a algo, la ciudad se mueve lentamente, parece ir a la deriva, o si te fijas en alguna estrella, o la mirada permanece quieta en algún punto lejano, notas mejor ese movimiento hacia la nada.

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Otros ríos

El Mür corta en dos la vieja ciudad de Graz. No sé de dónde viene este río ni hacia donde se dirige. Es el río de Estiria que se va hacia el Drava, o río de la guerra, y de este al Danubio. De noche, en estos días de adviento, en la negra corriente se oyen cantos de navidad en el dialecto alemán de Estiria. Algunos estudiantes de Erasmus beben vino italiano a las orillas del río al caer la tarde. Este río me recuerda otros ríos que cortan las ciudades en dos para unirlas. Tengo una lista. El Limia o río del olvido en Chaves, quien lo cruza lo olvida todo; el Arno, donde una vez me bañé desnudo, el Mondego en Coimbra o el Spree en Berlín. Tantos ríos se convocan ahora entorno a este. Los ojos sólo son un puente por el que pasa ese único río de la memoria.

El frío se lleva bien, unos cuantos copos se escapan de la inmensa y oscura bóveda del cielo. Invitado a esta ciudad por la escritora austriaca Miriam Lechner paso gran parte de la mañana en el café Wasserman, esa palabra significa hombre de agua. En ese café aún se puede fumar. Desde las grandes ventanas se ve el castillo de Eggenberg y el Murinsel, la isla flotante con forma de platillo volante que hay en medio del río desde hace más de diez años. Esta isla fue creada por el artista neoyorquino Vito Acconci, basado en una idea de Robert Punkenhofer, que nació en Graz. Gracias a esa isla, las dos partes de la ciudad están creciendo juntas otra vez.

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Noviembre

El cementerio de T. no tiene nombre. La mayoría de las tumbas miran al Oeste. El río pasa al lado. De los ojos vacíos de los muertos nace otra corriente de silencio hacia el mar, más pura y permanente que la del río, de esa manera ellos se duermen más tarde y su muerte está aún viva. La claridad del día poco daño puede hacerle ya a los ojos, la luz del fuerte ya no les deslumbra. El río pasa muy cerca de la tapia del mediodía y desde allí vira un poco hacia el Sur para volver a corregirse aguas abajo y tomar de nuevo su dirección original hacia el Oeste.

En este cementerio sin nombre se rompe la vieja tradición pagana de enterrar a los muertos de cara al sol naciente. En el de Père-Lachaise de Paris las tumbas y panteones no mantienen un orden especial, y las calles entre frondosos bosques de plátanos y grandes tilos son un laberinto que siempre te lleva a la vida. En él me perdí buscando la tumba de Modigliani. Allí había centenares de gatos gordos en estado semisalvaje a los que una anciana vestida de azul echaba mortadela. Ellos son la reencarnación de los que allí moran. Lo más normal es que te cague un pájaro en la cabeza mientras buscas la tumba de Jim Morrison.

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Una bomba de agua

Sobre la mesa el informe sobre cambio climático de Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, el más pesimista y catastrófico de todos, “Masa y Poder” de Elias Canetti y “Hacia un saber sobre el alma” de María Zambrano. Estos son los alimentos de octubre, además de un plato de higos que ha traído esta mañana L. Entre otras obsesiones, algunas frases de Kafka se han clavado en mí estos días como astillas de lenguaje.

El paseo fluvial se llena de paseantes y corredores, -solo uno de ellos prepara la maratón de Sidney y se llama Filipides-. Miro el río y le doy vueltas a esas frases de Kafka clavadas en la pared. La que más me hace reír se refiere a un perro al que  hace entrega de todo el conocimiento y la totalidad de preguntas y respuestas que pueda generarse el hombre, después de que este viera en un muro blanco del Charcón un grafitti en el que un muchacho había pintarrajeado E=mc2, que quiere decir que la energía de un cuerpo en reposo (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado. Einstein a esto lo llamó “La inercia de un cuerpo depende de su contenido de energía", en el que incluía una fórmula que relaciona la masa y la energía, postulando que en realidad son una misma cosa. ¿Es eso el alma de un cuerpo? Me pregunto, o te lo pregunto -mi lector preferido- ¿Podríamos llamar a eso el alma de las cosas? Y entonces contesta de nuevo Kafka con una frase extraída de su cuaderno en octavos: “Afortunadamente la incongruencia del mundo es de índole cuantitativa”.

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Tiempo Groc (amarillo)

Quien mira demasiado tiempo un río se vuelve loco, ya no es capaz de ver más que el río. Todos deberíamos volvernos locos y mirar sólo el río. Eso prometí a B. Kolmar un 15 de septiembre de hace muchos años en la Rheinaue de Bonn, no dejar de mirar el río. En ese momento le regalé a B. el Rhein por donde iban barcos de plata cargados de carbón y barcazas con orquestas tocando la décima sinfónica de Beethoven.

En una de ellas iba el fantasma de Karl Holz tocando el fragmento de la introducción en mi♭. Beethoven nunca llegó a oírla, y el contundente allegro en do menor era una explosión sorda, como la de la bomba atómica en Hiroshima. Entonces ella se dio la vuelta, y riendo me dijo, me das la mierda, después se perdió en la niebla fluvial para siempre. Llevaba un impermeable de plástico amarillo cuando el color que solía quedarle mejor a juego con su cabellera pelirroja era el rojo. Desde entonces no me gusta el amarillo o el Groc.

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El veraneante (I)

Lo primero fue meter el teléfono en una caja negra, cada vez que suena la caja vibra y se mueve. Sonó tanto que la caja fue del punto W. al punto J. como una cucaracha sin patas. Un teléfono móvil es una cucaracha. Las palabras que no callamos terminan moviendo montañas.

La casa está perdida en un punto indeterminado del alto Tajo. Para llegar a ella, después de recorrer en coche una media hora por un camino de tierra afectado por las últimas tormentas, hay que seguir a pie unos doscientos metros por un camino estrecho entre sabinas y pinos. El arquitecto Bruno di Pastena se la deja en verano a amigos escritores y artistas para que se aíslen unos días y escriban.

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