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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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Aporías de enero

1 de enero de 2020, y la voz interior te dice, desapréndelo todo. Regresa, vadea todos estos años, deshazte en la corriente y diluye todos los pesados pensamientos en las aguas del río. Apenas quince kilómetros aguas abajo de T. y el río parece venir de otro lugar. Todo cambia de perspectiva desde aquí, siguiendo las aguas, al fondo entre la ligera bruma el San Vicente, la montaña totémica. El pueblo, H. en la orilla aún somnoliento. No se ve a nadie.

Un año comienza puro, limpio, cerramos los ojos y sólo vemos el sol. ¿Pero qué dice la verdad? ¿Qué nos susurra al oído de hielo el tiempo? Por un momento las aguas parecen limpias, patos negros se reflejan en las aguas donde el cielo disuelve su morfina blanca. Esto quita el dolor; al otro lado el color de cobre de los árboles invernales y los carrizos. De pronto, desde la otra orilla alguien con una traje de neopreno se lanza al agua y comienza a nadar hacia aquí. Un baño ritual de año nuevo, y te preguntas: ¿Tendrá frío? ¿Saldrá de las aguas limpio y purificado?

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Berlin ma non troppo

Habría que haberle cambiado el nombre a B., y así mismo el nombre de todo lo que allí había, hasta el de los muertos. El exorcismo ha sido de dimensiones planetarias, y lo ejercen a cada día cientos de performers frente a un muro de papel que cada noche se quema junto a las heridas cerradas de la ciudad. Yo la hubiera llamado Narbe, y al Spree también Narbe, que significa cicatriz en alemán, a todo lo habría llamado Narbe. El Spree es una cicatriz hacia el Havel, por cada país que haya pasado cambia de nombre. El Spréva, que significa juerga.

El río lento, o más que un río una sucesión de canales que convergen y divergen. El llamado hilo azul, es en realidad un curso de aguas negras deshilachadas. El río más lento del mundo, está quieto como una cicatriz de agua, y las estelas de las barcazas son la escritura de la historia del miedo. Hay tantos rostros sumergidos en el Spree de cara al cielo, rostros desencajados con muecas de hielo. Eso ves si afinas en las aguas. Lucien Stern dice que el Spree es el único río del mundo que va a contracorriente, y que los barquitos de papel en los que se ha escrito una vida se hunden por el peso ingente de las palabras.

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En el país de los cien ríos

Unos días antes de salir hacia Cuacos de Yuste llegó a T. desde Hospitalet una postal de A.G. con una inscripción. –Al albur de un soplo de aire Sierra de Peloche en la Apertura de la Hoz, Cantos Negros en La Borera, Las barbas de Oro de la Consolación–.

Al final con letra minúscula decía debajo “Dejo C. allí han comenzado a tratarme como a un judío ” A. G. ya habrá bajado a Badajoz, a La Serena, a su pueblo llamado Peñalsordo, a las orillas del Zújar, o Sujaira, río de las penas en árabe, que ahora irá seco. Ya desde Cuacos, unos días antes del 1 de noviembre, le mandé una postal como acuse de recibo a su vieja dirección del Carrer dels Banys Nous en Barcelona. En algún momento se cruzarían las palabras inscritas en el papel en algún lugar del espacio, pero no creo que me oiga en Peñalsordo por mucho que grite desde aquí.

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Sequía

El verano eterno en T. podría ser el título de un libro que nunca se va a escribir. Primeros días de octubre, mes de Tishrei, año 5780, año nuevo judío, Rosch Hashaná, literalmente "cabeza de año". 4 de octubre de 2019, a las afueras de T. en las huertas del camino viejo de Mejorada.

Bajo una higuera centenaria, al lado de la acequia V del canal general del Alberche, más allá de la Fábrica de tomate. Enfrente un campo con grandes placas solares. Un rebaño de ovejas pasta hierba a la sombra de las estructuras de silicio cristalino, los cardos resecos crujen en el aire, en tus sienes las palabras de nuestro tiempo se desmoronan dentro del tapial. Todo está seco y el pozo del lenguaje envenenado. El pastor marroquí sentado a la sombra del tapial de la granja de energía solar se cubre toda la cabeza y la cara con una gasa blanca. La gasa permite respirar y hablar a través de ella. Ver a través de la gasa es más difícil, a lo sumo te sientes rodeado de luz, una luz que te comprime los ojos, bajo los párpados arde la incandescencia de un verano eterno.

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Septiembre (I)

Este artículo debería haber sido escrito debajo de un árbol y no postrado en una cama de hospital. Las noches son eternas, los días no tienen final. El techo se convierte en una pantalla ideal donde proyectar alucinaciones y recuerdos. El blanco de los hospitales es el blanco perfecto, white². Elevar una palabra al cuadrado o un color hasta que revienta en una luz irisada e irradia el miedo hasta diseminarlo en los otros. En los hospitales una mezcla extraña de miedo y alegría. De noche la luz nocturna refleja el agua y todo se mece en el techo. En la mesilla el Amyntas de André Gide.

Nunca deberíamos comparar el momento que vivimos con ningún otro anterior, la felicidad no existe a partir de ese retrotraerse. Nunca supimos gozar de ningún momento por compararlo siempre con los momentos que habían de llegar. Si la felicidad existe es ahora y para siempre, no había experiencia de ella, por eso siempre es virgen. No sé cómo le iba a decir esto a ese hombre que compartía habitación y se recuperaba de una herida de asta de toro. Para calmarlo por la noche hablaba a oscuras. Estamos en zona inundable, pero nunca más volverá a llover, y cuando vuelva a hacerlo, no dejará de llover.

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El veraneante (II)

Este agosto en Alvalade, en el apartamento de la Henrique Cardoso que me ha prestado V.A. Dejé T. el 1 de agosto. Viajé a Lisboa en un autobús de color pistacho. T. vuelve a estar comunicado con Lisboa después de mucho tiempo con una línea de autobuses de color pistacho que viene desde París. Al cruzar el río por el Vasco de Gama, la misma sensación de siempre, la nulidad y el asombro, la luz restañada, y los barquitos de papel meciéndose en las plata de las aguas. Unas vacaciones indefinidas, vacaciones de mí mismo y contra mí mismo.

El misterio de una casa que te dejan es que todo debe quedar como si no hubieras estado allí, y que tu presencia sólo deje una imprecisa y rara huella. De la misma forma te dejan la ciudad, y de ti en ella no debe quedar más que la sombra de un fantasma que vaga por las calles sin buscar nada, y sin nada que llevarte de ella, cuando te marches no quedará estigma o culpa de tu presencia, y sí la idea de que tarde o temprano volverás cuando te llame. Te la prestan para que la vivas con una normalidad extraña, espúrea e insignificante.

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El Bañista I

A.R. me llevó hace unos días a Cazalegas, debía ser la doscientos cincuenta y una vez en mi vida que iba a “Caz Beach”, así lo llamábamos en los años de oro. Si hubiera hecho una muesca en la corteza de un álamo por cada baño que me he dado en este embalse, el tronco ya estaría lleno de hendiduras secas, cicatrices de los días de agua y sol. La tarde era abrasadora, bajo los sauces polvorientos de la orilla, junto al viejo embarcadero de tablas podridas me eché sobre la toalla blanca del balneario de Széchenyi.

Los tres galgos italianos de mi amigo se tiraron al agua nada más salir del coche, corrieron hacia la orilla tras el sol que se reflejaba en las aguas verdosas, del color de un vidrio viejo. Así deberían perseguir a las liebres en nuestras cabezas los sicólogos, como esos galgos corriendo hacia la nada envuelta en una luz muy blanca. T. era el horno de un panadero, y el sol la única hogaza. A. R. apenas habla, los panaderos hablan poco. Al verme después de algún tiempo suele decirme -Un libro es como un pan, alimenta como un pan- Habla poco, en el cielo siempre ve harina. Le gustan los monólogos largos. Si nadie lo ve, termina hablando sólo en voz alta.

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Calor

Era la primera noche de calor del año. Tenía que terminar este artículo antes de San Juan, y nada salía de mi mano, sólo ese calor negro que desprenden todas las cosas, la fiebre extraña del mundo en las paredes. Daba vueltas por el apartamento de la Ronda como un fantasma insomne, las ventanas estaban abiertas, incluso la puerta permaneció así toda la noche procurando crear una corriente de aire. Del río subía el frescor, el aliento fresco de las aguas podridas.

Me tumbé en el balcón, junto a las macetas de flores había una pila de periódicos viejos, cogí uno. En primera página, antes incluso de los titulares, Mitsubishi Electric Aire Acondicionado había insertado su publicidad. Esto decía justo debajo: “Los últimos modelos en climatización se activan con la presencia humana, y regulan su funcionamiento de acuerdo con la temperatura corporal”. Después venía la letra pequeña, que nadie lee, subrayé esta frase con un lápiz “la pureza del aire es otra de las ventajas de este modelo”.

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Afluentes

Hace unos días que regresé de un viaje por el río Ponsul, no sé cuánto tiempo estuve allí y no sé si realmente llegué a estarlo, pero acaso lo llamé eternidad y a aquel lugar lleno de belleza antigua, río del Silencio. Para ir a ese lugar me subí de noche en T. a un tren que ya no existe y me bajé en Castelo Branco al amanecer de un tren que ya no existe. Quizás yo tampoco exista ya, y este brazo lo mueva ese nadie que siempre habita en cada uno de nosotros.

A la salida de la estación pregunté por el Ponsul o río del Silencio a un hombre que parecía ciego. El hombre levantó el brazo, y moviéndolo lentamente señaló a un coche negro que había al otro lado de la plaza. Un taxista que dormitaba dentro del coche, y al que desperté, me llevó finalmente hasta la vieja Egitania, hoy llamada Idanha-a-Vella. La vieja ciudad amurallada está en lo alto de una colina. Desde allí miré a lo lejos, al Este mi país, aquella tierra vacía de cielos altos. Los países que hay al otro lado de cualquier línea imaginaria o raya invisible siempre parecen vacíos, abandonados.

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El agua

Nos reunimos en Villa Valeria hace unos días JAB, J.L, t.P, Brodsky, a.N. p.B y n.L. La vieja guardia de corps. El paisaje junto a la vieja fábrica de tomate poco ha cambiado. Algunos chalets humildes con cipreses. Las higueras llenas de yemas a punto de rebentar a lo largo de la acequia V. Al fondo, tras las vías del ferrocarril a Lisboa, la gran muralla de ladrillos rojos de la ciudad. Amapolas a  los bordes del camino de Mejorada, como señal prematura del holocausto solar que se avecina.   

En la mesa quedaban  botellas de vino vacías junto a un plato con nueces e higos secos. JAB ha plantado ya en la huerta las espinacas, las cebollas, y las fresas; los semilleros se esparcen en cajas de madera por los bordes del muro blanco. La alberca se ha llenado de pétalos de flor de albaricoque. Todo parecía muy japonés, la brisa de seda azul de la tarde, el sol de finales de marzo en el cielo azul. Recordé el haiku de Matsuo Bashô -El hombre que diga, “Mis hijos son una carga” No habrá flores para él-.

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