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Miguel Ángel Curiel

Miguel Ángel Curiel es poeta y ensayista. Su familia procede del norte de Extremadura, pero ha residido en Talavera de la Reina y en Lugo. Es autor de libros como 'El Agua', 'Luminarias' y 'Astillas', entre una extensa producción literaria.

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Una bomba de agua

Sobre la mesa el informe sobre cambio climático de Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, el más pesimista y catastrófico de todos, “Masa y Poder” de Elias Canetti y “Hacia un saber sobre el alma” de María Zambrano. Estos son los alimentos de octubre, además de un plato de higos que ha traído esta mañana L. Entre otras obsesiones, algunas frases de Kafka se han clavado en mí estos días como astillas de lenguaje.

El paseo fluvial se llena de paseantes y corredores, -solo uno de ellos prepara la maratón de Sidney y se llama Filipides-. Miro el río y le doy vueltas a esas frases de Kafka clavadas en la pared. La que más me hace reír se refiere a un perro al que  hace entrega de todo el conocimiento y la totalidad de preguntas y respuestas que pueda generarse el hombre, después de que este viera en un muro blanco del Charcón un grafitti en el que un muchacho había pintarrajeado E=mc2, que quiere decir que la energía de un cuerpo en reposo (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado. Einstein a esto lo llamó “La inercia de un cuerpo depende de su contenido de energía", en el que incluía una fórmula que relaciona la masa y la energía, postulando que en realidad son una misma cosa. ¿Es eso el alma de un cuerpo? Me pregunto, o te lo pregunto -mi lector preferido- ¿Podríamos llamar a eso el alma de las cosas? Y entonces contesta de nuevo Kafka con una frase extraída de su cuaderno en octavos: “Afortunadamente la incongruencia del mundo es de índole cuantitativa”.

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Tiempo Groc (amarillo)

Quien mira demasiado tiempo un río se vuelve loco, ya no es capaz de ver más que el río. Todos deberíamos volvernos locos y mirar sólo el río. Eso prometí a B. Kolmar un 15 de septiembre de hace muchos años en la Rheinaue de Bonn, no dejar de mirar el río. En ese momento le regalé a B. el Rhein por donde iban barcos de plata cargados de carbón y barcazas con orquestas tocando la décima sinfónica de Beethoven.

En una de ellas iba el fantasma de Karl Holz tocando el fragmento de la introducción en mi♭. Beethoven nunca llegó a oírla, y el contundente allegro en do menor era una explosión sorda, como la de la bomba atómica en Hiroshima. Entonces ella se dio la vuelta, y riendo me dijo, me das la mierda, después se perdió en la niebla fluvial para siempre. Llevaba un impermeable de plástico amarillo cuando el color que solía quedarle mejor a juego con su cabellera pelirroja era el rojo. Desde entonces no me gusta el amarillo o el Groc.

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El veraneante (I)

Lo primero fue meter el teléfono en una caja negra, cada vez que suena la caja vibra y se mueve. Sonó tanto que la caja fue del punto W. al punto J. como una cucaracha sin patas. Un teléfono móvil es una cucaracha. Las palabras que no callamos terminan moviendo montañas.

La casa está perdida en un punto indeterminado del alto Tajo. Para llegar a ella, después de recorrer en coche una media hora por un camino de tierra afectado por las últimas tormentas, hay que seguir a pie unos doscientos metros por un camino estrecho entre sabinas y pinos. El arquitecto Bruno di Pastena se la deja en verano a amigos escritores y artistas para que se aíslen unos días y escriban.

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Los nombres del río

El río tenía muchos nombres. Un río además de una corriente de agua es también un continuum de nombres extraños. Cuando vuelvo a pronunciarlos después de muchos años la memoria se ilumina y se llena de lugares absurdos donde he estado una sola vez y a los que jamás volveré.

Los nombres del río eran los de los viejos vados  aguas abajo de T., Puente Pinos en la desembocadura del Uso cerca del Puente del Arzobispo, y el de Talavera la vieja en Valdecañas; también los viejos puentes, los molinos de agua, las fábricas de luz, las huertas, las vegas de los afluentes, los pequeños ríos, las ciudades muertas tras los canales de riego. Los nombres del agua son transparentes como el olvido cernudiano. “Sigue, sigue adelante y no regreses. Fiel hasta el fin del camino y tu vida. No eches de menos un destino más fácil”.

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El bañista

Antes de que el sol rompa su yema de luz cegadora sobre T., después de zambullirse en el río, el bañista regresa a su apartamento en la Ronda. Las persianas permanecen bajadas todo el verano, en invierno están levantadas y las ventanas abiertas. En T. lo conocen como el bañista, no tiene nombre. Un hombre sin nombre es un fantasma. Baja muy temprano al río en verano, deja el albornoz de Szechenyi sobre la arena y se da un baño. Es el último, nadie ya se baña en este río de aguas ponzoñosas y paradas.

Quizás ya esté muerto y sólo sea una luz y una sombra que camina hacia las aguas negras para darse un baño lisérgico por todos nosotros. Una alucinación que rompe el espejo negro del río en pedazos de imágenes coloridas y sofocantes. Se zambulle y bucea. Posiblemente el río le diera todo y aún él se deba al agua, a la corriente de su propia vida; una cosecha de veranos, el primer amor, el miedo a la muerte, el ahogado y sus largos brazos agarrados a la luz llamándole por su nombre. Lo que el río le quitó  a veces parece dárselo de nuevo. Esa es la magia que el bañista transmite, parece vivo estando muerto, y muerto incurre en lo fantasmagórico, como si esto fuera finalmente una posibilidad de vida, de renacer bajo esta luz fuerte en la que las sombras de los que no están se proyectan en el suelo transparente de la memoria.

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Lisboa (III)

En la paz de Gincho me vino a la memoria aquel libro maravilloso de José Cardoso Pires “Lisboa, diario de abordo” en el que disecciona la ciudad para ofrecernos sus vísceras aún calientes. Otra re-mitificación más de la ciudad. En ese libro uno termina perdido hasta aparecer delante de la iglesia de Arrolos, donde ya no vuelan ángeles sobre los borrachos y hay misterios que siguen animando la ciudad. Desde Almada, al otro lado del río, Lisboa parece un carrusel que gira al ritmo de la luz. Dos grandes cruceros en el Cais de Santa Apolonia vomitan hormigas amarillas hacia el corazón de la ciudad. Al caer la noche ves a las hormigas meter en el barco pedazos enteros de la ciudad.

¿No será en verdad una parte de Praga, Toledo, Roma, Budapest, Bratislava, Dubrovnik lo que está allí enfrente? Ya sólo hay una gran y única ciudad sin nombre, a sus diferentes partes las nombramos con letras, P. V. M. H. S. B. N.; Por debajo una red infinita de líneas de metro a modo de red arterial llevan la sangre y la carne de un lugar a otro. Entras en Saldanha para salir en Wittenbergplatz al lado del centro comercial KaDeWe, y si vuelves al agujero siguiendo la línea roja, después de muchas paradas y transbordos sales en Abbesses. Entraste en el subsuelo con un sol que te rompía los ojos y sales a un cielo metálico en Osteende. Ahora choca el tiempo con el tempus, de la sincronización absoluta de la ciudad a la desincronización del hombre consigo mismo.

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Diccionario

Escribí en la libreta de pastas azules, Artículo, 8 de abril, T. y la tierra se abrió a mis pies. A un lado de la falla estaba el pasado y al otro el futuro. Sólo había que saltarla. Debía elegir un tema para escribir. En ese momento tan vacío y húmedo de la noche me dejé guiar por Imre Kertész, y donde él decía, anoche escuché el tercer movimiento de la cuarta sinfonía de Mahler y luego los movimientos tercero y cuarta de la sexta. Yo hubiera dicho que en la oscuridad de la noche un canto de ballenas muy agudo y lejano se oía. Llovía cálidamente como en ‘Blade Runner’, y aunque nunca vi atacar naves en llamas más allá de Orión, ni rayos C brillar en la oscuridad, sí vi una vez la puerta de Tannhäuser en un momento en el que llovía como en ‘Singin’in the rain’. Llevaba un impermeable azul y estaba con Bárbara Macher arreglando un pinchazo de la rueda de la bicicleta. Desorientado miré por la ventana y como tantas veces me dejé llevar por el río.

Todo es absurdo en una pequeña ciudad como esta. Una ciudad pequeña siempre está disfrazada de una grande, y si no tienes una ventana que dé al río terminas perdiendo la medida de las cosas y la perspectiva del mundo. La tentación es el narcisismo. Una ciudad así es un laberinto. Un escritor para no perderse debe mirar el cielo y guiarse por ella como en una navegación antigua. Mucho antes de que existiera la menor idea de la brújula los hombres conocían el Este y el Oeste por la aurora y el ocaso. Conocían el Norte y el Sur observando algunas estrellas que rodean el Polo Norte. Navegar, guiándose por el sol y las estrellas, significaba depender del movimiento constante de tales cuerpos celestes; este tipo de navegación, por lo tanto, lograba acertarse, ensayando y errando. La verdad está escondida en las pequeñas cosas.

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Lisboa (II)

Cojo muy temprano en Lisboa-Portela el avión a Roma. El avión se eleva como un pato saliendo del agua hacia el sol. La luz de marzo arde en el río con fuerza. El Tajo es un pan de oro que se extiende desde la Baixa hasta Vilafranca de Xira. Lisboa  parece una inmensa tarta blanca y el barrio de Amadora una cantera de mármol. Enseguida todo se empequeñece. Desde el cielo el río es una línea negra muy fina, un cable muy largo que se mete en los ojos alumbrando otros días de sol ya lejanos. A los pocos minutos sobrevuelo T. que desde el cielo es como una costra roja en la tierra.

En un cuaderno tomo notas. Son nombres de ríos, y junto al nombre trazo una línea negra, algunas veces cuando el río es muy corto solamente subrayo el nombre. Bien, ya está desvelado el misterio, pero eso no lo resuelve. Cuando se trata de un río muy largo, la línea que sigue o lo simboliza llega hasta el final de la hoja. También hay un par de hojas al final del cuaderno reservadas para los ríos más sucios donde aún se baña el hombre para purificarse. Estos los escribo con tinta roja. Ni yo mismo sé por qué lo hago, y si lo supiera quizás no lo haría. El río del habla, del lenguaje humano, que nace de las bocas de los insomnes y sigue siendo un misterio. A ese inmenso misterio que jamás será revelado, le sigue el misterio de la escritura, el río que nace de la mano. El que nace de la boca termina confluyendo en el río que nace de la mano. Cuando alguien lea un texto o lo escrito en voz alta, nacerá el río de lo escrito; este río sale de una boca por donde nace el río de la oralidad.

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Lisboa

Desde el Cais de Sodre se ve un río. Esta frase seca y precisa me atrapa desde hace días. Me pregunto si la frase abre algo o lo cierra simplemente. Podría estar de igual forma al final como al principio de un libro alterando la narración de igual forma. La frase se ha interpuesto como un brillo mate ante la realidad. “Lo que pinto está fuera de la pintura” escribió el pintor holandés Van Velde, o sea, es algo invisible, querría pintar lo invisible.

Yo no puedo ya ver el río verdadero. Las palabras casi siempre se interponen como muros ciegos entre otras palabras más visibles y cristalinas, y termino escribiendo finalmente lo que no veo con la intención de encontrar la verdad absoluta de las cosas. Ese es uno de los misterios del lenguaje, oscurecer lo que aclara y al contrario. Unas palabras absorben la luz y otras las rechazan. En mi cuaderno negro copié ayer unos versos de Herberto Helder. El libro me lo había prestado la poeta portuguesa Carina Valente. “O río cego em Lisboa é bem mais fondo que o río cego e rápido em Paris”. No lo traduzco, no es necesario. Mi memoria del río son trozos del río, líneas quebradas, rayas en hojas blancas que a veces junto para reconocer un 'continuum', y sus afluentes otras rayas y líneas rotas.

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Piragüistas

En T. hoy salió el sol a las 8:36, y se puso a las 18:30. El día duró 9 horas y 36 minutos. En Barcelona, los primeros rayos del sol se detectaron a las 6:30 a lo lejos en el mar de Menorca, la salida real fue a las 8:14 y la puesta a las 17:48; allí el día duró 9h, 33m. En Vic y en Solsona unos segundos después. Los nazis y feixistes catalanes se quejan de tener el mismo sol que España, no lo pueden bajar del cielo y cambiarlo por otro más grande, ese sol español que quema el rostro y hace del pasto estopa blanquecina en verano; preferirían el sol alemán, el amarillo frío que calma los ojos azules del Volk, y de un único poble ensimismado mientras masturban el gran falo del edificio Agbar.

En Berlín hoy amaneció a las 6:07, despuntó por la llanura patatera a las 8:10 y cayó al mar belga a las 16:23. En realidad minucias solares si las comparamos con Nueva York respecto a Juneau en Alaska. Nada. Desencajar el sol y guiarlo como una oveja no es fácil, y menos a un pueblo hacia los acantilados de mármol con mentiras racistas. Desde la ventana de ladrillos un poco antes de que amanezca en T. veo a los primeros piragüistas paleando de espaldas al sol.

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