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Noches rigurosas

Un dibujo de un árbol desintegrándose

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Te enfocan, estabas dormido. 5 de enero.

Leyendo Inferno de August Strindberg encuentro una frase que me hace reír: “Una mañana, pasado el año nuevo y los interminables días de fiesta, me vuelvo a encontrar solo”. No solo una frase como esta me hace reír, a partir de ahora todo me hace reír. ¿Y a los otros? No lo sé, no sé que es lo que les hace reír. La risa es de colores. Ahora estamos en los tiempos de la risa negra. Antes la risa tenía una relación directa con la felicidad y la alegría, ahora llega a través de las cosquillas de la desolación y el mal. El mal nos hace reír. Te enfocan, estabas dormido. Otra más de August Strindberg: “La vida está hecha de repeticiones”, esta también me hace reír, pero ya es otra risa; la risa de la verdad y la de las pequeñas verdades inmutables. Desde aquí, ¿a quién puedo agradecerle que todavía haya pequeñas verdades inmutables en el mundo? A “Nadie”, vuelve “Nadie” con toda su solemnidad. Al fin puedo volver a hablar con él, “Nadie” y tras la risa, el miedo, el manojo de miedos, y él, por una vez, rota su anhelada y rica relación con el nihilismo, comienza a tener miedo a no tener ya ningún miedo. He aquí una historia que nunca avanza. ¿A quién se la he oído? Por miedo a llegar a la página en la que pone “Fin” -The End en las películas americanas-, Fine en las italianas, das Ende en las alemanas. El cine ¿es hija o hijo del totalitarismo? Se lo oí a “Nadie”, pero estaba borracho.

El día más frío del año es también el más luminoso, el sol no logra calentar a pesar de mostrarse radiante, lo que si proporciona es un brillo intenso a todo aquello que es capaz de brillar; el azul del cielo es un azul apagado, la luz cristalina hace que lo lejano parezca más cerca, y lo cercano se agrande a la vez que se aleja. Incluso la alegría se dilata y se vuelve vaga al espíritu. Al fondo la Sierra de Mijares, con sus mantos de armiño en las faldas y cumbres. Antes, en otro tiempo, en este día, se oía al cerdo gruñir en el momento de la matanza. En el marco de la puerta alguien ha escrito con tiza las tres iniciales de los Reyes Magos. M.G.B.; este año preferiría carbón a plástico. En la ventana las viejas botas de ir a la sierra y unos higos secos. Si vinieran a caballo esta noche oiría los cascos en la calle. En las noches rigurosas, al despertar, les decían a los niños: ¿Te pisó el caballo blanco? El lenguaje en esta parte del país da rodeos para preguntar si alguien pasó frío de noche, ese caballo blanco te pisa y tienes frío. El lenguaje de invierno es más bello que el del verano. El carbón es mejor que el plástico. También se acuerdan de los muertos, y para sus libaciones se les deja en la tumba una botella de vino y un puñado de castañas e higos secos. En las tumbas, durante las noches rigurosas, en ocasiones, también se ven las iniciales, pero cambiadas de orden. G.M.B. o B.G.M.; si ellos llegaran a lomos de burros, y de madrugada alguno rebuznara, eso sería señal de buena suerte en el año que ha entrado. Te enfocan y te despiertan.

En el después, la frase que me he quedado es “Que-no-ocurra-nada”. Parece haber llegado la calma, ese después se vuelve más necesario en el lenguaje de estos días. Hubo tantas luces, tantas y tantas y tantas. “Que-no-ocurra-nada-más-allá-de-lo-que-debiera-ocurrir”. Tantas luces nos llevaron a la ceguera. Se competía con las constelaciones. Al sereno, en las noches rigurosas, bajo el cielo de tinta transparente de enero las estrellas tienen algo de huevecillos de mariposa a punto de abrirse. Después de un después llegan otros tantos después. La vida pestañea, tendemos a marcar las ruedas ¿ya sabes cuántas vueltas vas a dar? Cada vez que la marca pasa por el suelo duro y da con una piedra sientes la holgura del mundo. La memoria desprecia las marcas, tiende a lo vasto y a la inmovilidad. “Que-no-ocurra-nada”. Me falta sintetizarla en una sola palabra; para que ese “Que-no-ocurra-nada” tenga la fuerza de la profecía, la premonición, o la objeción, debe transformarse en una palabra con sustancia. Algunas drogas son hijas de una síntesis sutil y fortuita, algunas palabras también. El azar. Ahora estaríamos a la escucha de esa palabra que guardase dentro ese “Que-no-ocurra-nada”.

Te enfocan, estabas dormido. Y querías dormir, dormir todavía mucho a la espera de los días largos. Estamos amenazados por un tiempo en que lo mejor nos está es dormir, y mientras tanto caminar hacia allí, hacia la Sierra arropada ahora con su manto de armiño. En el imaginar es imposible que dos imaginen lo mismo, de la misma manera, pueden formar un coro a dos voces, pintar un cuadro a medias, compartir un plato o beber un armagnac de la misma copa. Más allá de la imaginación sigue la realidad, prefiero el carbón al plástico. Si podía, “Nadie” al ir campo a través, elegía cruzar las tierras labradas atravesando los surcos en vez de ir siguiendo sus líneas. Si podía, elegía lo más difícil, por ejemplo, salía a la peor hora, y llegaba ya con el día anochecido, en ese momento en el que ya no le esperaba nadie. Si podía le gustaba tener siempre detrás y delante la presencia de la muerte, aunque esta fuera solo marginal e improbable, o pudiera llegarle por la acción de un animal o un accidente. De ninguna manera quería ser ayudado en situaciones difíciles. Esto le hubiera producido una amargura que le habría alejado de la felicidad con la que se conquista la alegría. Eso que tenía suficientes días por delante, y todos para él. “Nadie” seguía creyendo es ese después “Que-no-ocurra-nada”. Tenía que ser así, tenía que recordar cada día por algún hecho insignificante y sin importancia. Una vida que fluye por sí misma.

De todas maneras estás dormido y te enfocan. Septembriseur: Puesto que estamos reunidos entre bestias, aullad, 7 de octubre de 2023, Rave Supernova.

El azul es el color, al menos el tuyo, prevalece por ser el más lejano, el más alto y profundo, es el color que envuelve los espacios. Cielos, mares, montañas y sierras. Ya ¿pero qué azul? Cuando nos movemos entre gamas, demasiadas posibilidades y escalas infinitas, la libertad de elección se resiente, la libertad misma sufre la atrofia de la voluntad. Si dijéramos, hay solo dos de tres, cuatro de uno, podrías elegir sin resentirte, seguirías siendo tú por encima y por debajo de ti, y aunque la libertad, la tuya, se tensa como un arco, y en esa tensión, sientes las fuerzas de la naturaleza; al menos la flecha sale lanzada lejos.

Elegiste el añil frente al azul blando del cielo del verano, no había muchas más gamas del mismo color, solo aquellas que se dan en el día a día de la naturaleza. Tu libertad no era la libertad de elección, en los sueños ya no había vallas, muros de zarzas escondiendo las piedras, y si líneas imaginarias que solo tú podías entrever o sentir, también lo supremo para sentirlo todo con más fuerza en ese después “Que-no-ocurra-nada”. Se necesitaban los días nublados, las noches rigurosas en la que ninguna luz te enfoca, y las tardes lluviosos; era así, que luego, de pronto, al abrirse ese día del después, de “Que-no-ocurra-nada” todo tenía su sentido, y si ese era el sentido de todo, tú formabas parte de ello.

Epifanías de las nevadas próximas. Recuerdo, solo recuerdo todo lo que no quiero recordar.

La memoria, si tiene un sonido, una música, es la de la nieve al caer, y días en la que cae de golpe de las ramas de los pinos. Se cargó demasiado la higuera, la zarza está abrigada y querrías tirarte sobre ella. Se derrite. Ante la gran nevada sabemos esperar, días, años, incluso toda la vida. Hay pocas cosas que nos lleven a una paciencia mayor como la de la espera de la nieve. Esta espera es un atisbo de eternidad. Embelésate, sé el embelesado. He ahí los primeros copos. Mira, mira, no dejes de mirar en ese “Que-no-ocurra-nada”. Ahora el viejo zorro te lo dice al oído “la edad no se siente en el trabajo, sino en las fiestas, no cuando avanzas, sino cuando saltas”. En lo vegetal hay respuestas para todo -sigo prefiriendo el carbón al plástico- la lentitud y la rapidez en ese mundo de ramas y sombras tiene una relación de escalas inapreciable al principio. El árbol que va a durar mucho, atravesando las generaciones, siendo un testigo silencioso de la vida a su alrededor, va a comenzar con un desarrollo lento, en esas pequeñas encinas se ve muy bien esto; en los años por venir, en cada rama nueva se multiplica el crecimiento, pone más fuerza en todo, domina un círculo y profundiza hacia abajo. ¿Braque o Nolde? Los dos, renuncia a la elección, Les oiseaux noirs de Braque en el Seascape de 1946 de Nolde. Verlos volar reflejados en los ojos de K. E., verlos en el agua helada de enero yendo hacia el sol en ese “Que-no-ocurra-nada”.

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