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Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de sus autores.

Dos caminos para la izquierda en Castilla-La Mancha

Dos caminos para la izquierda en Castilla-La Mancha

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En Castilla-La Mancha, la política se parece mucho a sus llanuras, que no se acaban nunca. A un lado, el horizonte de siempre; al otro, un horizonte que todavía no existe. Entre ambos camina el PSOE de Page, con traje de domingo, y Sumar, con la ropa todavía sin acabar de estrenarla del todo. Page promete estabilidad, Sumar promete cambio; y ambos, cada uno a su manera, afirman que lo suyo es el bien común.

Page se presenta como el gobernador de la tierra seria, la región de los objetivos abarcables y realistas, donde la política no se improvisa, se administra. Habla de una Castilla-La Mancha que no se deja arrastrar por las olas de Madrid, que pacta con quien haga falta siempre que jure la Constitución, aunque le duela, y que mira con recelo cualquier experimento que suene a privilegio territorial, sobre todo si lleva acento catalán.

En su relato, el peligro viene de dos lados: de la derecha que acecha y de la izquierda que se entusiasma demasiado. Su remedio es conocido, más centro, más cordura, más acuerdo de Estado, más “una sola España”. Su Castilla-La Mancha parece como una casa de campo bien barrida, con las goteras controladas y las paredes recién encaladas. Lo urgente se atiende, lo estructural se pospone: para eso están los discursos largos y los planes a 2030.

Desde Sumar se mira esa misma casa y ve otra cosa. Se ven las grietas en los muros, las goteras que se tapan con cubos y trapos, los contratos que se van a manos privadas mientras se jura amor eterno a lo público. Donde el presidente presume de gestión responsable, desde Sumar se ven parches, respuestas tardías y delegar cada vez más en empresas privadas en servicios que deberían ser la columna vertebral del Estado autonómico.

Para Page, reforzar lo público es compatible con un modelo que abre espacio a la empresa privada siempre que el edificio no se tambalee. La palabra que más le gusta es “estabilidad”: estabilidad para la inversión, para los presupuestos, para las instituciones. En esa gramática, lo público es un pilar, pero no necesariamente el único; es una pieza del puzzle, pero no todo el dibujo.

Para Sumar Castilla-La Mancha, lo público no es una pieza, es la mesa entera. Se reclama un giro claro hacia el refuerzo de lo público y la planificación a largo plazo, y acusa al Gobierno regional de practicar una política que parchea hoy lo que vuelve a romperse mañana. Hablan de pobreza, de que una de cada tres personas en la región está en riesgo de exclusión, y recuerdan que no son números, son vidas; que en cada porcentaje hay un frigorífico vacío, una hipoteca ahogada, una consulta saturada.

Page responde con otra música, la de la seriedad presupuestaria, la del equilibrio, la de hacer 'lo posible' y no 'lo deseable'. Sumar, en cambio, insiste en que lo deseable, si no se nombra, termina siendo políticamente imposible, cómo lo ha sido durante décadas.

En esta tierra, la política no se entiende sin campo. El Gobierno de Page habla el idioma del agricultor que mira al cielo y a Bruselas al mismo tiempo, y se presenta como dique frente a los excesos de unos y otros. Sumar habla de debilitamiento de la agricultura familiar, de concentración de la tierra y de unos recortes de la PAC que se justifican en nombre de la seguridad y que terminan robusteciendo la industria del miedo.

Aquí el miedo siempre cotiza al alza: miedo a perder la cosecha, miedo a perder la subvención, miedo a que la extrema derecha convierta ese miedo en moneda de cambio. Sumar denuncia que esas políticas europeas fomentan el miedo con el que engorda la extrema derecha, y se proclama defensora de las explotaciones familiares que sostienen el medio rural. Page, más prudente, evita las palabras gruesas y se mueve entre comunicados, reuniones y equilibrios para que el enfado no se convierta en incendio preelectoral.

En el mapa de Page, España es una: una bandera, una Constitución, un sistema de financiación que no debería trocearse. Esa defensa de la igualdad territorial le sirve para marcar distancia con los pactos que se cocinan lejos de Toledo y para presentarse como guardián de la cohesión frente a lo que llama  cambalaches de la política de bloques.

Pero mientras él pronuncia “una sola España”, Sumar habla de muchas Castillas-La Mancha dentro de la misma región: la del riesgo de pobreza, la de la vivienda que ya no puede ser solo un problema de mercado, la de los servicios públicos que llegan tarde o llegan privatizados. Reclama usar hasta el último milímetro de las competencias autonómicas para reforzar lo público, reducir desigualdades y garantizar derechos, y advierte que no es una opción ideológica sino una obligación institucional.

Ahí está la grieta principal: para Page, el límite es la unidad y la estabilidad; para Sumar, el límite es la desigualdad normalizada. Uno teme que el exceso de cambios rompa el mapa; el otro teme que la falta de cambios termine borrando a los de abajo del mapa.

En esta llanura manchega, los partidos hablan, pero quien escribe el último capítulo siempre es la gente. Página a página, voto a voto, abstención a abstención. Page ofrece seguir caminando por el camino conocido: menos sobresaltos, más centro, más acuerdos con quien toque, siempre que no se crucen ciertas líneas rojas constitucionales. Sumar propone salir del camino trillado y meterse por veredas nuevas: más vivienda pública, más servicios públicos directos, más planificación a largo plazo, aunque eso incomode a los de siempre.

En Castilla-La Mancha, la utopía no vive en los discursos, vive en el horizonte. Page mira ese horizonte y dice: no corramos, que podemos tropezar. Sumar lo mira y responde: si no caminamos más deprisa, algunos nunca llegarán.

Y mientras los castellanos manchegos piensen en quien lleva razón, el horizonte, testarudo, sigue alejándose dos pasos cada vez que la región avanza uno.

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