Justicia en las aulas y dignidad en la historia: el fin del olvido del pueblo gitano
Sentada frente a la televisión, viendo las imágenes de este homenaje institucional, no pude evitar que la emoción me desbordara. Como maestra jubilada, alguien que ha dedicado décadas a abrir puertas desde el aula, sentí que esas palabras no eran sólo protocolo; eran el acto de reparación histórica que este país le debía a sus propios hijos. “España está incompleta sin el pueblo gitano; este acto no es un regalo, es una deuda saldada”. Con esa contundencia arrancó un encuentro donde las lágrimas de los asistentes no eran de tristeza, sino de un alivio profundo: el de quien ve cómo el Estado, tras siglos de silencio y prejuicio, otorga por fin el lugar que su gente merece.
Mientras las notas del Gelem, Gelem empezaban a sonar, mi memoria voló hacia aquellos años en los que la educación era una batalla diaria contra la necesidad.
Recuerdo bien cómo mis alumnos gitanos desaparecían del aula durante épocas enteras porque sus padres marchaban a la recolección. Pero recuerdo aún mejor las horas de charla con esas familias; cómo, poco a poco, comprendieron que la escuela era el futuro. El cambio fue asombroso: decidieron empezar a dejar a los niños en el pueblo para que no perdieran ni una clase, bajo el cuidado de los abuelos o la comunidad. Fue una apuesta por la educación que hoy, años después, da sus frutos más brillantes. Conozco a muchas de aquellas niñas que hoy son mujeres con estudios superiores, con sus trabajos y sus carreras, dueñas de una vida independiente que no las aleja de su identidad, sino que la dignifica.
Esa resistencia histórica hoy se alimenta del talento que inunda cada rincón de nuestra sociedad. Porque el pueblo gitano no habita en las afueras; ha estado en mis clases y hoy está en los centros de trabajo, en las universidades y en los parlamentos. Sé bien, por tantos años de tiza y pizarra, que la educación es el único puente real hacia la libertad. En esos pupitres es donde forjamos la ciudadanía plena, recordando siempre que “el éxito de un niño gitano no debe ser una excepción heroica, sino el derecho natural de quien tiene talento y recibe justicia”.
Sin embargo, este avance no ocurre en el vacío. Hoy, más que nunca, este homenaje es un acto de rebeldía frente a quienes siembran el odio. En un tiempo donde las redes sociales se han convertido en refugio de grupos racistas que escupen discriminación tras una pantalla, este acto fue el muro de contención necesario. “Frente al algoritmo del odio en las redes, hoy España ha respondido con la verdad de la convivencia”. Sentí un orgullo inmenso al ver que no permitimos que el anonimato digital erosione la dignidad de los que fueron mis alumnos; frente a los defensores de la exclusión, hoy se alzó la voz de la decencia.
Pero si hubo un momento que me erizó la piel fue ver el protagonismo de la mujer gitana. En ellas confluyen todas las fronteras: la de un pueblo que lucha por su identidad y la de un género que rompe los techos de cristal que otros intentan imponerle. Esas mujeres independientes que hoy caminan seguras por nuestras calles son las protagonistas de una revolución silenciosa que transforma el país. “La mujer gitana es la protagonista de una revolución que transforma el país de abajo arriba”. Su liderazgo es, para todas nosotras, una lección de coraje y feminismo.
El compromiso sellado hoy debe ser la 'Anduve' que garantice que el origen de una persona jamás determine su destino. Al final, tras una vida dedicada a la enseñanza, lo que me queda es algo mucho más auténtico: el respeto y la bondad. Hoy, al escuchar de nuevo ese 'Gelem, gelem lungone dromensa' (Anduve, anduve por largos caminos), sentí que, por fin, ese camino se ensancha para todos.
Se ha escrito una página de reparación histórica necesaria en la que se admite que la igualdad real no es una meta lejana, sino un proceso que ya estamos recorriendo juntos. Ya tocaba, y qué bien sienta que, por fin, sea verdad.
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